Este es mi pariente, y bien sé yo que si su padre le viese, había de estar tan embobado con su hijo como lo estoy yo con mi sobrino, por tan buena cualidad como en él se ha llegado a reunir. Conoce mi Joaquín esta fragilidad y aun suele prevalerse de ella.
Las ocho serían y vestíame yo, cuando entra mi criado y me anuncia mi sobrino.
—¿Mi sobrino? Pues debe ser la una.
—No, señor, son las ocho no más.
Abro los ojos asombrado y me encuentro a mi elegante de pie, vestido, y en mi casa a las ocho de la mañana.
—Joaquín, tú a estas horas.
—Querido tío, buenos días.
—¿Vas de viaje?
—No, señor.
—¿Qué madrugón es este?