—Volvamos, y el diablo le lleve.

—Llévele en buen hora. ¡Ah!

—¿Qué es eso? ¿Os caéis?

—Voto á tal que con el lodo está el piso que parece mármol. Heme caído.

—¿Con el lodo? ¿eh? á ver, volveos: poneos á la luz de la luna. Por el alma del cobarde, que es el diablo quien le ha llevado ó el hechicero, porque aquí ha dejado... toda... su... vida...

—¿Qué decís?

—¿No veis cómo os habéis puesto?

—¿De qué?

—¡De sangre, voto á tal! ¡Y que esto pase por alguna desvanecida!

El diálogo era en todas sus partes destrozador para la infeliz Elvira, que por los antecedentes que tenía no podía prescindir de ver claro en este desdichado asunto; cada palabra retumbaba en su alma como el golpe del martillo que hace entrar á trozos la cuña en la madera: así entraba la horrible realidad en el alma de Elvira. Pero al oir la palabra sangre, un estremecimiento involuntario la sobrecogió; la atmósfera pesó como plomo sobre su cabeza al resonar en el aire el amargo reproche con que la frase concluyó; un ¡ay! penetrante se escapó de su pecho desgarrado, dió consigo en tierra privada de sentido la triste camarera, sonando su cabeza sobre el pavimento como piedra sobre piedra, y nada volvió á oir.