Hablaba el bárbaro, y Sotomayor, que en dos años que su larga embajada había durado, había tenido ocasión de aprender algún tanto su lengua, le sirvió de truchimán.

—El rey Tamurbec el Honrado, Tabor Bermacian, mi señor, me envía á ti, rey de las ciudades y lugares de Castilla y de León y España. Dure tu tiempo y buena fama en noblezas generales y en gracias cumplidas. El rey mi amo, noticioso de la grandeza de tu reino, acepta la amistad y buena correspondencia que con tus embajadores le enviaste á ofrecer. El Profeta te sea en ayuda, te dé sus saludaciones. En muestra de buena amistad, envíate el rey mi señor el presente de joyas y las dos hermosas damas, que te traje para tu harem, que al hijo de Osmín ha cogido en la gran victoria que le ha ganado. El rey de los reyes ha humillado la soberbia condición del hijo de Osmín Tamorlán, y hoy en una jaula de hierro sirve de estribo al poderoso Tamurbec, rayo de Dios.

—Recibo vuestra embajada, valiente Mahomat Alcagí, y no os doy respuesta, dijo don Enrique, porque quiero que tornen embajadores míos á vuestro amo y señor el muy honrado Tamurbec con mis cartas y presentes. Rui González de Clavijo, añadió vuelto á este su camarero que entre la turba de cortesanos andaba oscurecido, quiero que vos y fray Alonso Páez de Santa María, maestro en santa teología, y Gómez de Salazar mi guarda, hagáis este viaje como embajadores míos.

Adelantóse entonces Rui González de Clavijo, y poniendo en tierra una rodilla,—Beso á tu alteza los pies, dijo, por la lisonjera distinción con que honras á tu vasallo.

Retiróse el embajador de Tamorlán, y salieron con él algunos caballeros, curiosos de preguntarle y saber las varias noticias que de tan luengas tierras y afamadas hazañas podía darles.

Entraron en seguida los embajadores del rey Carlos de Francia, sexto de este nombre, los cuales dijeron á su alteza, después de las primeras fórmulas de etiqueta, cómo se hallaba bastante malo el rey su amo de resultas de habérsele prendido fuego en un baile de máscaras á una piel de salvaje de que iba vestido. Aseguraron después á los cortesanos en confianza, que lo que en Francia más se temía no eran las resultas de este accidente, sino que corría el rumor de que el buen rey Carlos VI estaba á punto de perder la razón; que se había observado ya muchas veces tal cual desatino en su conducta, que pasaba los días enteros sin hablar, y otras extravagancias de esta especie. Estos embajadores trajeron en presente dos truenos grandes, como entonces se llamaban, que fueron la admiración de los cortesanos, por haberse reducido ya á tan cortos límites una arma que había empezado por no poderse usar sino en las murallas de una plaza sitiada, que se había podido trasladar de un punto á otro después por medio de una máquina convenientemente montada, y que ya podía manejar y disparar casi un hombre solo, si bien con trabajo. Apreció mucho este regalo el rey Enrique, y despachó á los embajadores, los cuales volvieron para su tierra, no sin dejar alguna moda de las de su traje en la corte del rey de Castilla, pues eran muy galanos, y venían lindamente ataviados. Al día siguiente salieron ya varios jóvenes donceles con el pantalón muy ajustado, y dos mangas perdidas recortadas como las habían visto en los embajadores: moderaron la barba que antes se dejaban crecer en derredor de la cara, porque los embajadores no la traían, y hubo quien sacó el zapato retorcido y puntiagudo, que entonces se llevaba, con más de seis pulgadas de punta, ni más ni menos que el asta de un toro.

Presentóse en seguida de los embajadores franceses un demandadero de Calatrava, el cual anunció á su alteza la infausta noticia de la muerte del maestre.

—La sabíamos, dijo el rey, y hoy mismo le nombraré sucesor.

—Hernán Pérez, dijo el de Villena dándole con el codo.

—Entiendo, señor, contestó el taimado escudero.