—Perdóneme tu alteza, exclamó la dama arrojándose en medio del rey y de Macías: permite que no reciba de mi mano ese anillo hasta el día en que haya de verificarse el combate. Yo informaré á la persona de tu confianza que elijas de mis circunstancias, y quedaré hasta que las sepas en tu poder, si necesario fuese. Como prenda de que os admito por mi campeón, aceptad ese lazo, noble caballero.

Arrodillóse el mancebo, á quien palpitaba violentamente el corazón dentro del pecho, y mientras que su dama rodeaba su cuello con una banda negra que tenía por lema estas dos palabras bordadas: imposible, venganza:—¿Será posible, le dijo en voz baja, que insistáis en ocultaros de quien ha de ser vuestro caballero, no sólo acaso en la lid?...

Imposible, repuso por lo bajo también la tapada.

—¿Qué tenéis, pues, derecho á exigir de mí?... repuso Macías.

Venganza, volvió á contestar la dama concluyendo de anudarle el lazo.

—Y bien, Macías, ¿tenéis que pedirme alguna gracia? dijo el rey.

—Ninguna, respondió el doncel, sino que oiga tu alteza y apruebe mi desafío. Oíd, ricos-hombres, caballeros y escuderos. Yo, Macías, doncel del poderoso rey de Castilla don Enrique III, á ti, don Enrique de Aragón y Villena, conde de Cangas y Tineo, tomamos por testigos á todos los aquí presentes, te desafiamos de mal caballero, descortés y aleve, y te retamos á muerte como matador de tu esposa la muy ilustre doña María de Albornoz, á ti y á todos los caballeros de tu casa, á lanza ó á espada, á pie ó á caballo, mientras corra la sangre en las venas, renunciando á tu merced, como tú debes renunciar á la mía, y sobre esto Dios y la Virgen de Atocha me ayuden. Á ti solo, ó á varios.

Al decir estas palabras arrojó Macías su guante. Gran suspensión y silencio siguió á esta acción determinada.

—Conde de Cangas y Tineo, dijo el rey volviéndose á alzar en el trono y comenzando á bajar los escalones, Macías, mi doncel, ricos-hombres, caballeros, escuderos aquí presentes, yo don Enrique, rey de Castilla, concedo el juicio de Dios á mi doncel Macías y á don Enrique de Villena para que en combate singular riñan cuerpo á cuerpo, y declaro traidor y aleve y digno de muerte al que fuere en la lid vencido si saliere del vencimiento con vida. Dios sea en favor de la inocencia y de la justicia. Conde, ¿qué hacéis? añadió viendo que don Enrique inmóvil no recogía el guante que le había arrojado su contrario.

—Espero, señor, que no permitirás que yo descienda de la clase en que el parentesco que nos une y los honores con que me has distinguido me han colocado para rebatir cuerpo á cuerpo con un simple doncel de tu alteza una calumnia que desprecio y...