Entre tanto rodeaban á Macías varios caballeros, quién á darle la bien venida, quién á preguntarle nuevas de Calatrava. Entre los muchos que se le acercaban, tocóle uno en el hombro con misteriosa familiaridad.

—¡Ah! sois vos, padre mío, buen Abrahem, le dijo Macías con un estremecimiento involuntario, y una nube de tristezas envolvió su frente.—Bien venido á la corte. —¡Á la corte!—Sí: á Dios, joven osado.—Escuchad; esas palabras... me dijisteis, es verdad... ¡corte, corte funesta!—Á Dios.—¿No podéis explicaros?—Ahora imposible: si queréis verme, al anochecer os esperaré en mi cámara.—¿Cierto, Abrahem? Esperadme.—Á Dios.—Á Dios.

Siguió el astrólogo con su aparente prisa la dirección de su cámara, y Macías, distraído, revolviendo mil confusas ideas en su imaginación, quedó entre sus curiosos amigos, á quienes ni contestaba ya acorde, ni podía apenas atender. ¡Tal era la impresión que la palabra corte, pronunciada por el físico, había hecho en su imaginación!—Macías ha perdido la cabeza, iban diciendo sus amigos al despedirse de él: ese maldito hechicero, en cuyas comisiones ha andado, le ha turbado el juicio. ¡Habéis visto qué desconcierto! ¡qué distracción! Ó está enamorado, ó ha perdido el seso.


CAPÍTULO XVIII

Melisendra está en Sansueña,
Vos en París descuidado,
Vos ausente, ella mujer.
Harto os he dicho; miraldo.

Rom. de Gaiferos

En cuanto había llegado á su habitación don Enrique de Villena, se había despedido de él el escudero, ansioso de saber definitivamente si era su esposa la que por obsequio á la memoria de la condesa se había presentado con tanta osadía en la corte del rey de Castilla. Pesábale en gran manera que hubiese cabido en la imaginación de su consorte tan heroica determinación, pero lo que con más cuidado le traía era la circunstancia de haber llegado tan á punto el doncel para tomar sobre sí su demanda, y la exclamación de la tapada al oir la voz de su defensor, circunstancias entrambas que ligaba mal que bien con el músico de la noche anterior á la desaparición de la condesa. Podía ser casual esta coincidencia; podían muy bien, su consorte por amistad á doña María de Albornoz, y Macías por amor á esa misma, ó por cortesanía de caballero ocioso, encontrarse en el mismo camino. Esta reflexión, sin embargo, no bastaba á declarar sus dudas, y pensó en el partido que debería tomar si no encontraba á Elvira en su cuarto.

Sucedióle sin embargo lo que no pensaba. Llamó el escudero á su habitación, y la primera persona con quien dió fué con el listo paje, el cual con aire sumamente alegre:

—Buenos días, le dijo, señor Hernán Pérez; bien hacéis en venir, porque desde que la señora condesa ha desaparecido no hay medio de alegrar á mi prima. Venid, venid á consolarla; mis esfuerzos todos son inútiles.