—Como la muerte, respondió el paje. Dichas estas palabras, Elvira y el paje pasaron á otra pieza, donde no nos es lícito penetrar con ellos.
Hernán Pérez entre tanto recorría con más terror que celos las inmensas galerías del alcázar: cada pisada suya le parecía las de la condesa. Hay muchos hombres valientes, temerarios contra un millar de enemigos armados en un día de batalla, y que perecen de terror ante la idea de un muerto y el recuerdo de una fantasma; que treparían los primeros á la brecha, y no subirían nunca solos una escalera oscura. En aquel momento Hernán Pérez era de éstos: el menor ruido que hubiera oído realmente, la menor sombra que se hubiera puesto delante de sus ojos le hubiera derribado por tierra sin sentido. Tal traía él la imaginación llena de ideas de muertes y apariciones, de sombras y emplazamientos. Llegó por fin á la cámara de don Enrique. Abrióla de golpe, y precipitóse dentro con los cabellos erizados y los ojos casi fuera del cráneo.
—¿Qué traes, Vadillo? dijo levantándose don Enrique al ver el desorden de su escudero.
—Es su sombra, señor, es su sombra, repuso Vadillo mirando atrás todavía, y procurando componer su semblante.
—¿Qué sombra? replicó don Enrique. Será la que hace vuestro cuerpo al pasar por delante de la lámpara de la galería.
—No es eso, señor, no es eso.
—¿Qué es, pues? explicaos.
—Mi esposa...
—¿Vuestra esposa es sombra? ¿Qué decís?
Temblaba ya Ferrus de pies á cabeza con la explicación del escudero, y no sabía don Enrique qué creer de semejante asombro.