—Deliráis, Vadillo, deliráis. Verdad es que ahora pierdo yo el hilo de mis observaciones, y no sé... Puesto que decís que estáis seguro de haber visto á vuestra esposa, confieso que no entiendo... De todos modos es necesario que vayáis á buscar al astrólogo: os aguarda para darme una razón que espero con ansia. ¿Os atreveríais, ya que vais, Vadillo, á averiguar quién sea la tapada? ¿Tendríais resolución?...

—Manda, señor, á tu escudero.

—Bien, pues yo confío á vuestro talento esa intriga: si el nigromántico lo sabe, os lo dirá: si no, ved de tocar siquiera esa sombra, que como la toquéis, y como ella ofrezca cuerpo y resistencia, añadió riéndose don Enrique, podéis estar seguro, no quiero yo decir de que sea vuestra esposa, pero á lo menos, sí, de que es persona; y á ser hombre como parece mujer...

—Entonces, señor, yo os prometo que mi espada hiciera pronto la experiencia. Perdona si el sobrecogimiento de una escena que he tenido tan rara, tan extraordinaria, me ha hecho parecer á tus ojos, señor...

—Vadillo, os he visto pelear; sé que tenéis valor. Conozco por otra parte á los hombres: son débiles y miserables en todo. Una preocupación es más fuerte que cien ballesteros.

Iba á despedirse el escudero para la cámara del astrólogo, donde le esperaban acontecimientos más extraordinarios cien veces que los pasados; pero don Enrique le detuvo para dar lugar, lo uno á las intrigas que debía preparar el nigromante, y lo otro porque entonces que en realidad le engañaba, una voz interior le gritaba que debía tratarle con más amistad y consideración que nunca. No debía faltarles tampoco qué hablar desde que don Enrique era maestre, desde que iba á ser Hernán Pérez caballero, y desde que el singular duelo de la mañana había venido á complicar tan extraordinariamente los negocios y los intereses de los principales personajes de nuestra verídica historia.


CAPÍTULO XIX

Y después de haber propuesto
Su intento y sus pretensiones
Á los de guerra y estado
Que atento le escuchan y oyen,
En confuso conferir
Se oye un susurro discorde,
Que sala y palacio asorda
La diversidad de voces.

Rom. de Bernardo del Carpio