—Donde no haya hombres, Elvira; donde la envidia no penetre. Una cueva nos cederán los bosques: amor la adornará; tú misma con tu presencia. Sólo nosotros hablaremos de nosotros. El león allí no contará á la leona, con maligna sonrisa, que Macías ama á Elvira. Las fieras se aman también, y no se cuidan como el hombre del amor de su vecino. El viento sólo lo dirá á los ecos, que nos lo repetirán á nosotros mismos. Ven, Elvira, bien mío.
—Macías, dijo Elvira desasiéndose de los opresores lazos del doncel, vos os dejáis llevar de vuestro loco arrebato. Vos me tuteáis...
—¿Y qué importa, señora, que no se tuteen nuestros labios, si nuestros ojos se tutean?
—¡Ea! partid, dejadme, añadió Elvira con una emoción difícil de explicar. Por la última vez, dejadme.
—Decidme que me amáis, y partiré. Una vez sola, una vez; decidme que he de volver á veros, que he de volver á hablaros...
—Soltad; es imposible.
—Amadme, Elvira: ¡por piedad!
—¡Nunca! ¡jamás! os aborrezco.
—¿Me aborrecéis? ¿no hay en el cielo rayos? ¿no hay quien me mate? ¡Fernán Pérez!
—¿Qué hacéis?