—¡Maldito viejo! refunfuñó Villena entre dientes. ¿Cuándo queréis acabar de fundirme esa cabeza de bronce que ha de responder á todo el que la pregunte, y que me habéis tantas veces prometido? Yo os aseguro que si la tuviera en mi poder, como debiera, á la hora ésta ya la habría hecho, decir cosas buenas y oportunas acerca del asunto. No habría combate, yo os lo aseguro: no lo habría. Os juro que ésa sería la mejor cabeza de Castilla, sin contar la mía, Abenzarsal, se entiende.

—Mientras la mía, señor, esté sobre mis hombros, que será todo el tiempo que yo pueda, paréceme que la de bronce ha de estar de más.

—Veamos, Abenzarsal, esa prodigiosa fecundidad de recursos. Ya imaginaba yo que no dejaríais de sacarme de este molesto apuro.

—¿Has visto alguna vez á tu juglar Ferrus desempeñar con singular destreza y maestría el famoso juego de cubiletes que de Italia han traído á España algunos juglares y juglaresas de Provenza?

—Adelante, Abenzarsal.

—Bueno: pues es preciso que aprendas ahora de Ferrus tan peregrina habilidad, y esto sin remedio.

—¿Os volvéis loco, ú os burláis de mí?

—Ni lo uno ni lo otro. Lo primero no me tiene cuenta á mí, lo segundo no te la tiene, señor, á ti; sin embargo afírmome en lo dicho; no tienes, conde, otro remedio, á no ser que quieras valerte del agua aquella que poseo, que no sería tan mal recurso. Pero has dado en apreciar la vida del hombre...

—¡Qué horror, Abenzarsal, qué horror! ¿Habéis tomado á vuestro cargo endurecer mi alma, y hacer de mí un pícaro tan redomado como vos? ¿no tembláis el crimen?

—¿Qué es el crimen? ¿lo que han querido llamar tal los hombres? Soy uno de ellos; tengo derecho á no adoptar sus definiciones.