La llama del hogar, oscilante, y tan indecisa como un gobierno del justo medio, alumbraba á relámpagos los barbados rostros de unos cuantos arrieros y trajineros que secaban en la brasa sus húmedas alpargatas, ó disponían su cena en ollas y sartenes, asaineteando su rústica conversación con más votos y por vidas que palabras.

Pero como no podía bastar el resplandor intermitente de la leña para iluminar debidamente á los que ya en las mesas cenaban, el inteligente dueño del establecimiento, lleno de previsión, había provisto á esta necesidad con un magnífico candil, cuya materia no era fácil adivinar al través del ollín y grasa que le enmascaraba, el cual daba de sí más aceite que luz. Pendíase unas veces de la misma pared, asegurando su gancho en un agujero practicado sencillamente al efecto, colgábase otras en una cuerdecita embreada de manchas de moscas: en el segundo caso columpiábase el luminar aquel de la noche de tal suerte que de buena gana le hubiera comparado un poeta del siglo xvi con el aura meciéndose blandamente en las ondeantes hebras de oro de Belisa, de Filis, ó de otra cualquiera no menos bella inspiradora. Había además en la misma cocina, y como si dijéramos ocupando el estrado y sirviendo de diván, un corpulento arcón que así era de paja como de cebada, y adonde acudía no pocas veces el mozo de la posada, con detrimento notable de las ropas de los concurrentes, á los cuales no podía favorecer gran cosa el polvillo que, al cerner la cebada, del honrado harnero se desprendía. En días de viento tenía la cocina la singular ventaja de parecerse al Olimpo, mansión de los dioses, en las densas y misteriosas nubes que formaba el humo oprimido y rechazado en el cañón de la chimenea por las corrientes de aire que en la región atmosférica discurrían.

Cenaban á un lado dos paisanos que parecían, si no del pueblo, por lo menos de la tierra, y á otra parte solo, enteramente solo, un individuo muy conocido nuestro y de nuestros lectores, á quien parecía dedicar mil atenciones el dueño de la posada. Servíale primeramente en persona, mientras que servía á los demás, ó no los servía, una robusta Maritornes, que nada tenía que envidiar á la de Cervantes sino es la pluma de su historiador y cronista. En segundo lugar quitábase la montera cada vez que aquél le dirigía la palabra, lo cual hacía éste siempre, preciso es decirlo todo, con aire imperioso, y hablando como superior á inferior. En tercer lugar reíase á la menor palabra que decía el forastero. Y en cuarto le había sacado de las provisiones reservadas de su hostalería unas aceitunas algo aventajadas, y cierto vino, no precisamente puro, pero en fin, del que tenía menos agua en su bodega.

El forastero cenaba más bien como un gañán que como un señor; pero, fuera de esto, era preciso confesar que entre todos los que formaban aquella escogida reunión no había nadie que tuviese un interior tan cortesano, ni que más se apartase del tipo primordial del hombre de la naturaleza, al cual estaban demasiado cerca en honor de la verdad aquellos sencillos Arjonillanos. De todo el comportamiento del huésped para con el forastero no era preciso ser un lince para inferir que éste era hombre que disponía de más que de medianas facultades, y que aquél se prometía una lucida paga de sus esmeradas y particulares atenciones.

—Traedme más vino, dijo el forastero apurando la primera vasija que á su derecha había puesto el posadero.

—Como gustéis, dijo éste riéndose, y no tardó un minuto en estar servido el huésped.—No se bebe mejor, señor caballero, dijo aquél, en toda la tierra.

—El pan es el que es malo, dijo el viajero.

—¡Ah! sí, señor, como gustéis, muy malo, repuso riéndose obsequiosamente el hostalero. ¡Ya veis! añadió acercándosele al oído. Esta semana no se ha cocido en casa todavía, y ha cargado tanta gente que he tenido que recurrir á un vecino...

—Bien: basta, dijo con tono imperante el huésped.

—¡Eh! ¡eh! como gustéis, repuso el hostalero.