—He aquí lo que digo, iba refunfuñando el montero. Dad el pie, y os tomarán la mano. Ofrecíme á hacer un servicio á Peransúrez, y exigióme ciento. ¿No era bastante andar un día entero tras unos hábitos viejos de nuestro padre san Francisco, que no fué poca fortuna encontrar, merced á las muchas liebres que regala uno al padre sacristán? No, sino veníos después con letras para el señor justicia mayor de no sé qué dueña ó qué doncella encantada... ¡Voto va! ¡Muchacho! añadió el montero deteniendo á uno que corría hacia la plaza del pueblo, ¿nos daréis razón del señor justicia mayor?
—¡Ah señor! en mala hora venís, repuso el muchacho; ya no dejan pasar los archeros y ballesteros hacia palacio; la corte va á salir al palenque... ¿no veis cómo corre todo el mundo? Si venís á ver el duelo, mejor haréis en llegaros á la plaza. Acaso podréis acercaros al señor justicia mayor, que ha de estar allí, dijo el muchacho, y siguió corriendo. Agrupábase la gente cada vez más por todas partes, y bien vieron nuestros viajeros que no les quedaba más recurso que seguir el consejo del muchacho.
—¡Ea! vamos, dijo Nuño; si allí le podemos dar alcance, sea en buen hora; si no, tenga Peransúrez paciencia, y acabada la fiesta haréis su comisión: ¿ha de correr tanta prisa?
—Mucho me dijo que urgía, pero á la buena de Dios. El hombre propone...
—Y Dios dispone, concluyó el buen Nuño. Siguieron en seguida el curso de la gente, y no tardaron en llegar á la plaza.
Habíase construido un palenque de ochenta pasos de ancho y de cuarenta de largo: en una extremidad un cadalso se hallaba levantado, y ricamente entapizado de paños negros; en él debían sentarse los jueces del campo. Hacia el comedio de uno de los lados un balconcillo de madera, forrado de paño color de grana bordado de oro, debía servir para el rey y su comitiva. Al uno y otro lado del palenque dos garitas, semejantes á las que se construyen en el día para los centinelas, estaban destinadas para dos hombres, que debían dar desde ellas lanzas y armas nuevas á los combatientes, en el caso de romper las suyas en los primeros encuentros sin acabarse el duelo.
Al rededor del palenque, y donde habían dejado lugar para ello las bocas-calles, habían arrimado los habitantes carros y carretas para ver más cómodamente el tremendo combate. Coronaba ya la concurrencia los puntos más altos de la plaza, y empujábanse las gentes unas á otras en los más bajos para alcanzar puesto cuando llegaron Nuño y su compañero.
—¿Habéis oído decir por qué es el duelo? preguntaban unos.
—Sí, respondían otros. El nigromante de don Enrique de Villena, que hechizó á su mujer, es acusado por ello.
—Bien hecho; no, sino que nos hechicen cada y cuando quieran esas gentes que tienen pacto con el diablo.