Un caballero bien montado y armado de todas armas acababa de entrar en la liza, y dirigiéndose hacia el mariscal del campo, que preguntaba ya á su alteza si había de procederse á la ejecución de la acusadora, le hablaba con voz agitada y resuelto continente.
Traía el caballero echada la visera; sus armas negras, el penacho negro que sobre su reluciente almete ondeaba á la merced del viento, y más que todo una divisa que en el brazo derecho llevaba ricamente obrada, y que decía en letras de plata imposible, venganza, llamaron la atención general.—¡Él es! ¡él es! respondieron en el acto mil y mil voces confusas y repetidas.
—¿Habráse salido Hernando con la suya? dijo el montero á Nuño. ¡Hase salvado el doncel!
Proseguía, sin embargo, el altercado del caballero y del mariscal: llegó éste al tablado de los jueces, y después de una corta explicación, pareció que éstos habían decidido acerca de la duda que tenía el mariscal.
Grande fué el asombro de don Enrique de Villena, y mayor aún su indignación.
¿Era posible que Ferrus hubiese dado suelta al encerrado doncel? Conocióse su turbación en toda la plaza, y hubo de parecer buen agüero á los que se inclinaban á la parte de la acusadora.
El rostro de Hernán Pérez por el contrario brilló de un resplandor singular. Afirmóse en los estribos, registró con su vista relumbrante á su contrario, y dando con el cuento de la lanza en el suelo, «¡Venganza, sí! clamó: ¡venganza!». Dió en seguida media vuelta á su caballo, y ocupó el lado izquierdo del palenque en la terrible actitud ya de acometer.
Otro tanto hizo el recién venido, y tomó de mano de uno de sus dos pajes una ponderosa lanza.
El rey de armas, acompañado de dos farautes, descendió entonces del tablado; midieron en seguida el suelo, dividieron el sol, é indicaron su debido puesto á ambos combatientes.
Dirigiéndose en seguida Hernán Pérez de Vadillo, conducido por el rey de armas, hacia el crucifijo, y tocándole con la diestra mano, juró á fe de cristiano y de caballero, por su alma y la vida que iba á perder acaso en aquel trance, que su demanda era justa y buena, y que no traía sobre sí ni sobre su caballo armas ocultas, ni yerbas, ni hechizos, ni piastrón, ni ventaja alguna de las reprobadas por la orden de caballería; vuelto á su puesto, igual juramento repitió, y en la misma forma, el caballero de las armas negras, colocándose de nuevo en seguida al frente de su adversario.