Pero insistieron también los padres, y después de haber intentado infructuosamente varios medios de seducción y rapto, no dudó nuestro paladín, vista la obstinación de las familias, en recurrir al medio en boga de sacar á la niña por el vicario; púsose el plan en ejecución y á los quince días mi sobrino había reñido ya decididamente con su madre; había sido arrojado de su casa, privado de sus cortos alimentos, y Elena depositada en poder de una potencia neutral; pero se entiende, de esta especie de neutralidad que se usa en el día; de suerte que nuestra Angélica y Medoro se veían más cada día, y se amaban más cada noche. Por fin amaneció el día feliz, otorgóse la demanda; un amigo prestó á mi sobrino algún dinero, uniéronse con el lazo conyugal, estableciéronse en su casa, y nunca hubo felicidad igual á la que aquellos buenos hijos disfrutaron mientras duraron los pesos duros del amigo.

Pero ¡oh dolor! pasó un mes y la niña no sabía más que acariciar á su Medoro, cantarle una aria, ir al teatro y bailar una mazurca; y Medoro no sabía más que disputar. Ello sin embargo el amor no alimenta, y era indispensable buscar recursos.

Mi sobrino salía de mañana á buscar dinero, cosa más difícil de encontrar de lo que parece, y la vergüenza de no poder llevar á su casa con qué dar de comer á su mujer le detenía hasta la noche. Pasemos un velo sobre las escenas horribles de tan amarga posición. Mientras que Augusto pasa el día lejos de ella en sufrir humillaciones, la infeliz consorte gime luchando entre los celos y la rabia. Todavía se quieren; pero en casa donde no hay harina todo es mohína; las más inocentes expresiones se interpretan en la lengua del mal humor como ofensas mortales; el amor propio ofendido es el más seguro antídoto del amor, y las injurias acaban de apagar un resto de la antigua llama que amortiguada en ambos corazones ardía; se suceden unos á otros los reproches; y el infeliz Augusto insulta á la mujer que le ha sacrificado su familia y su suerte, echándole en cara aquella desobediencia á la cual no ha mucho tiempo él mismo la inducía; á los continuos reproches se sigue en fin el odio.

¡Oh si hubiera quedado aquí el mal! Pero un resto de honor mal entendido que bulle en el pecho de mi sobrino, y que le impide prestarse para sustentar á su familia á ocupaciones groseras, no le impide precipitarse en el juego, y en todos los vicios y bajezas, en todos los peligros que son su consecuencia. Corramos de nuevo, corramos un velo sobre el cuadro á que dió la locura la primera pincelada, y apresurémonos á dar nosotros la última.

En este miserable estado pasan tres años, y ya tres hijos más rollizos que sus padres alborotan la casa con sus juegos infantiles. Ya el himeneo y las privaciones han roto la venda que ofuscaba la vista de los infelices: aquella amabilidad de Elena es coquetería á los ojos de su esposo; su noble orgullo, insufrible altanería; su garrulidad divertida y graciosa, locuacidad insolente y cáustica: sus ojos brillantes se han marchitado, sus encantos están ajados, su talle perdió sus esbeltas formas, y ahora conoce que sus pies son grandes y sus manos feas; ninguna amabilidad, pues, para ella, ninguna consideración. Augusto no es á los ojos de su esposa aquel hombre amable y seductor, flexible y condescendiente; es un holgazán, un hombre sin ninguna habilidad, sin talento alguno, celoso y soberbio, déspota y no marido... en fin, ¡cuánto más vale el amigo generoso de su esposo, que les presta dinero, y les promete aun protección! ¡Qué movimiento en él! ¡qué actividad! ¡qué heroísmo! ¡qué amabilidad! ¡qué adivinar los pensamientos y prevenir los deseos! ¡qué no permitir que ella trabaje en labores groseras! ¡qué asiduidad, y qué delicadeza en acompañarla los días enteros que Augusto la deja sola! ¡qué interés, en fin, el que se toma cuando le descubre por su bien que su marido se distrae con otra!...

¡Oh, poder de la calumnia y de la miseria! Aquella mujer que, si hubiera escogido un compañero que la hubiera podido sostener, hubiera sido acaso una Lucrecia, sucumbe por fin á la seducción y á la falaz esperanza de mejor suerte.

Una noche vuelve mi sobrino á su casa; sus hijos están solos.—¿Y mi mujer? ¿y sus ropas?—Corre á casa de su amigo.—¿No está en Madrid? ¡Cielos! ¡Qué rayo de luz! ¿Será posible? Vuela á la policía, se informa. Una joven de tales y tales señas con un supuesto hermano han salido en la diligencia para Cádiz. Reúne mi sobrino sus pocos muebles, los vende, toma un asiento en el primer carruaje, y hétele persiguiendo á los fugitivos. Pero le llevan mucha ventaja, y no es posible alcanzarlos hasta el mismo Cádiz. Llega; son las diez de la noche, corre á la fonda que le indican, pregunta, sube precipitadamente la escalera, le señalan un cuarto cerrado por dentro; llama; la voz que le responde le es harto conocida y resuena en su corazón; redobla los golpes; una persona desnuda levanta el pestillo. Augusto ya no es hombre, es un rayo que cae en la habitación; un chillido agudo le convence de que le han conocido; asesta una pistola, de dos que trae, al seno de su amigo, y el seductor cae revolcándose en su sangre; persigue á su miserable esposa, pero una ventana inmediata se abre y la adúltera, poseída del terror y de la culpa, se arroja sin reflexionar de una altura de más de sesenta varas. El grito de la agonía le anuncia su última desgracia y la venganza más completa; sale precipitado del teatro del crimen, y encerrándose, antes que le sorprendan, en su habitación, coge aceleradamente la pluma y apenas tiene tiempo para dictar á su madre la carta siguiente:

«Madre mía, dentro de media hora no existiré; cuidad de mis hijos, y si queréis hacerlos verdaderamente despreocupados, empezad por instruirlos... Que aprendan en el ejemplo de su padre á respetar lo que es peligroso despreciar sin tener antes más sabiduría. Si no les podéis dar otra cosa mejor, no les quitéis una religión consoladora. Que aprendan á domar sus pasiones y á respetar á aquéllos á quien lo deben todo. Perdonadme mis faltas: harto castigado estoy con mi deshonra y mi crimen; harto cara pago mi falsa despreocupación. Perdonadme las lágrimas que os hago derramar. Á Dios para siempre».

Acabada esta carta, se oyó otra detonación que resonó en toda la fonda, y la catástrofe que le sucedió me privó para siempre de un sobrino, que con el más bello corazón se ha hecho desgraciado á sí y á cuantos le rodean.

No hace dos horas que mi desgraciada hermana, después de haber leído aquella carta, y llamádome, para mostrármela, postrada en su lecho, y entregada al más funesto delirio, ha sido desahuciada por los médicos.