Otro tanto decimos de las empresas. Si una buena comedia cae al lado de un melodrama furibundo, si una mala traducción llena el teatro y sus arcas más veces que la obra original del ingenio, ¿se podrá exigir de una empresa que sacrifique sus caudales generosamente en beneficio del buen gusto, que tan pocos representantes tiene entre nosotros para agradecérselo? ¿Podremos pedirle que recompense más lo que menos le produce? Un delirio fuera exigir semejantes sacrificios.

El público es, pues, la primera causa del abatimiento de nuestra escena. Lo repetimos á voces: instrucción, educación para este público; instrucción sana, sí, religiosa, morigerada, pero instrucción en fin. Los enemigos de la instrucción la han querido pintar siempre como perjudicial: ciertamente si es mal dirigida es un puñal en manos de un niño. Pero cuando está fundada en la religión, en la virtud y en la verdadera sabiduría, entonces no puede ser más que un bien para todos; entonces sólo puede conducir al hombre á conocer sus verdaderos intereses en sociedad, puesto que no puede vivir de otra manera. Si el interés de un hombre puede estar tal cual vez momentáneamente en contradicción con el bien en general, á la larga el interés de todos los hombres está en la virtud, en el orden. Esto es lo que sólo puede enseñar una sólida instrucción, que no se quede á medio camino: estamos seguros de que el interés es el gran móvil del hombre; toda la dificultad está en hacerle conocer cuál es su verdadero interés. Esto se lo proporciona la sólida instrucción, que es la única de que hablamos: en este caso ésta será en todo y por todo para el hombre el manantial de su felicidad.

Cuando el público verdaderamente instruido y educado conozca y aprecie todas las bellezas de las obras de imaginación, cuando su orgullo nacional, despertado de nuevo, le haga exigir de los ingenios originales trabajos dignos de consideración, á los cuales puedan ligarse recuerdos patrióticos, cuando esté en el camino del buen gusto, entonces él mismo formará á los actores, porque él es sólo quien puede formarlos. Entonces los autores escribirán con placer, los actores representarán con perfección, y las empresas recompensarán con generosidad. Entonces el mismo círculo vicioso, establecido en el día para el mal, se establecerá para el bien.

Ahora bien, si el público y su falta de instrucción es la primera causa del daño, ¿quién ha de instruirle? 1.º. Causas que no son de nuestra inspección; 2.º á falta ó en cooperación de éstas, los autores. Sí, estamos enredados en un verdadero laberinto de círculos viciosos; es preciso para salir de ellos que rompa alguno por medio: es preciso que alguno empiece sacrificando algo. ¡Unos por otros están las mejoras sin hacer! ¿Quién deberá, quién estará más obligado á dar principio á esta grande obra? Lo repetimos claramente, los poetas. Los que saben más tienen de ello más obligación. Los hombres de talento, los hombres extraordinarios[16] han sido los que en todas las naciones han dado siempre los primeros este primer impulso; por una parte los periódicos con su imparcialidad, por otro los autores con sus obras. La naturaleza, al concederles el inmenso privilegio de su superioridad, la incalculable influencia que ejerce el talento sobre el común de los hombres, no les dió arma tan poderosa para volverla contra sus altos fines, sino para contribuir al bien de la humanidad, para abrirle los primeros el camino. Esta obligación sagrada es la que no pueden echar en olvido sin cubrirse de ignorancia y de culpabilidad. Los hombres de talento son los que empiezan á instruir las naciones. ¿No tendremos ninguno entre nosotros? Salgan, pues, si los hay, y conquisten con su generosidad y su mérito el premio y el tributo de consideración que se les niega. ¡Triste verdad! Verdad es que necesitan algún apoyo. Empero verdad no hay más que hasta cierto punto. Mil caminos hay; si el más ancho, si el más recto no está expedito, ¿para qué es el talento? Tome los rodeos, y cumpla con su alta misión. En ninguna época, por desastrada que sea, faltarán materias para el hombre de talento; si no las tiene todas á su disposición, tendrá algunas. ¡No se puede decir! ¡No se puede hacer! Miserables efugios, tristes pretextos de nuestra pereza. ¿Son dobles los esfuerzos que se necesitan? Hacerlos. Doble será el premio que los espere, mayor la gloria que los corone. ¡Oh si nosotros pudiéramos lisonjearnos de ese talento superior! ni un momento vacilaríamos. Desgraciadamente no alcanzan nuestras fuerzas sino á decir verdades; si alcanzasen para remediarlas, no seríamos los últimos á dar el paso vencedor.

Hagan los poetas obras de mérito; el público las aprecia poco al principio; redoblen sus esfuerzos, y hagan ostentación de constancia, mañana las apreciará, y pasado mañana no podrá pasar sin ellas. ¿Ó pretendemos que antes de hacer nada nos traigan á nuestra casa la corona de la victoria? ¿Todo lo ha de hacer la protección? Haga algo el mérito, y obligará á que se le proteja. ¡No me protegen! clama la medianía. ¿Dónde está el mérito, pues, para protegerle? ¿Dónde los autores? ¿Dónde las obras[17]? ¿Quién le ha de proteger, si no existe, ó existe envilecido? Salgamos primero nosotros de nuestro envilecimiento y nos protegerán. Hagamos las obras y los protectores. Obliguémosles á que nos protejan, y nos lo deberemos todo á nosotros solos.

Cuando los poetas y la instrucción hayan formado el gusto del público, cuando éste haya formado á los actores, todos juntos formarán á las empresas, obligándolas á recompensar, porque entonces el mérito podrá imponerles la ley. Éste es el camino, el que estamos obligados á tomar, por lo mismo que no tenemos otro más cómodo ni más expedito.

Hecho esto, todavía quedarán por vencer algunos obstáculos, sin cuyo desvanecimiento aún les ha de costar trabajo á las empresas de teatros recompensar dignamente el mérito de cada uno en el grado que se merezca, y sostener este primer entusiasmo. Además, si al paso que los poetas hiciesen un esfuerzo tan heroico encontrasen algún auxilio superior, ¡cuánto más fácil y halagüeño sería el logro de nuestros deseos! Recordaremos, pues, ligeramente los demás medios que pueden contribuir á facilitar la prosperidad de los teatros, después de los dos agentes principales que dejamos indicados.

Pedimos en primer lugar para los poetas, sin miedo de parecer exigentes, lo que sólo ellos no tienen en la sociedad: el derecho de propiedad. «Repartiéronse mis vestiduras, y sobre mi túnica echaron suertes», puede exclamar el poeta con mucha razón, si se nos permite mezclar esta expresión sagrada entre nuestras habladurías.

En un país en donde las letras han sido casi siempre el recurso del que no ha tenido otro, y donde ha sido tan escasa la gloria que han alcanzado, parece que el premio debiera haber sido mayor; más por desgracia no han recibido ni premio[18] ni consideración.

Ya en otro lugar dejamos enumerados algunos de los trabajos que esperan al vate en su aventurada carrera: efectivamente en ocasiones se le disputa hasta el derecho de ensayar y repartir sus papeles á los actores que más le convengan, que de todo hemos visto. Apláudese en fin. ¿Cómo se paga? ¿Quién valúa la cosa vendida? Sólo el comprador. ¿Cómo la premia? Á su arbitrio. ¿Se sabe lo que vale una comedia? ¿Se deduce su valor de lo que cuesta y de lo que produce? ¿Puede nunca reconocer el poeta más juez capaz de valuar su talento que el público bueno ó malo para quien escribe, ó el mismo gobierno asesorado de los inteligentes que para ello crea necesarios?