Fórmese, pues, el público; y si otras causas no concurren, como es de desear, á esta instrucción general tan necesaria, tomen sobre sí los que escriben para él tan ardua empresa: más generosos que hasta ahora, no doblen la cerviz al mal gusto: den la ley, y no la reciban. Reconózcase la propiedad, y séalo el talento; descárguense los teatros de las inmensas cargas que los abruman; mejórense los actores, y prémiense generosamente. Vigile una censura juiciosa para que nuestra religión y nuestras leyes sean respetadas de los escritores, pero sin oponer obstáculos jamás á la representación de las obras inocentes. Entonces, nosotros lo afirmamos, entonces tendremos teatro español, entonces el suelo de los Lopes y Calderones, de los Tirsos y los Moretos, volverá á retoñar ingenios; entonces citaremos con orgullo una literatura nuestra y una diversión racional que tienen todos los países cultos, y que nosotros hasta ahora hemos dejado perecer al poderoso influjo de una infinidad de concausas ominosas.
Cuando empezamos nuestro número dijimos que creíamos que no se podía presentar ocasión más favorable para exponer á la luz del día estas ideas; ahora al concluirle añadimos que no pudiera ofrecerse mejor coyuntura para lograr su verificación. Nuestra reina, á quien tanto tenemos ya que agradecer, es quien nos inspira esta confianza: su protección decidida á todo lo bueno, un mes glorioso que puede contar más grandezas que tres siglos anteriores, cosas tan grandes que con sólo quererlas ha llevado á cabo, nos hacen esperar que esta reforma que proponemos, y que ofrece tantas dificultades menos, se deberá también algún día á su benéfico impulso.
En el ínterin nos contentamos con desearlo, y poner todos los medios que están á nuestro alcance para cooperar á tan grande obra, y concluimos como concluía don Gutierre de Cárdenas el parecer que dió á don Fernando el Católico.
«Éste, señor, es mi parecer: si acertado, sean á Dios las gracias; si contra el vuestro, merece perdón mi lealtad: lo que vos determináredes, eso será lo mejor y más acertado».
El Bachiller
NOTAS:
[16] Si esta verdad grandiosa necesitase pruebas, citaríamos solamente el nombre de Moratín. ¿Qué revolución hizo en nuestro teatro? Más había que mejorar que en el día. Por eso, después de él, pueden arrostrar las mejoras que faltan hombres que no sean Moratines, puesto que no sería fácil encontrar muchos en cada siglo.
[17] Ya en otro lugar hemos dicho que no contamos por nada una ó dos excepciones.
[18] Con gran dolor nuestro nos obliga el propio argumento de nuestro artículo á prescindir un momento de la gloria en favor del vil interés. Mucho tiempo hemos considerado si deberíamos hacer mérito del interés. Ciertamente que en un poema épico sería un pobrísimo episodio, y en una oda estaría tan mal colocado como el hospital en las Delicias. Pero en un papelucho de poco lucimiento y de menos provecho, en boca de un Hablador y de un Pobrecito, nos parece que está tan perfectamente como una pedrada en el ojo de un boticario, y no ignora el vulgo, en cuya boca anda este caritativo refrán, la exactitud de nuestra comparación. Maguer que pobrecitos bien traslucimos que los poetas que más gloria han alcanzado han comido, y no se nos diga que ésta es una paradoja. No pocas veces se complacía Homero en la descripción de los más suculentos banquetes; Horacio se burla amargamente de un mal convite. De nuestro Cervantes juramos que escribió con más que mediana hambre y apetito el capítulo de las bodas de Camacho. No hablemos de Anacreonte y de todos sus discípulos, porque sabido es que éstos han trocado siempre por una gota del zumo del Liéo todo el jugo que puede dar el arbusto de Dafne. Sabemos cuánto apreciaba nuestro Villegas el ruido de las castañas y el buen aloque, y en qué consideración tenía Baltasar de Alcázar la oronda morcilla, que nunca le dejó acabar su cuento. En fin, de los poetas bucólicos sabremos decir que no ha habido uno que no haya encumbrado á las nubes la dulce miel y la blanca leche. Así pues, sostendremos á la faz de los partidarios de la aérea fama póstuma, á quienes parezca mal la ruin dirección que toman nuestras habladurías, que si los grandes poetas no han escrito para comer, á lo menos han comido para escribir.