—No lo sé, aunque lo sospecho. Me parece que su amo estaba encargado por el conde de una comisión particular... El maestre de Calatrava estaba en los últimos...
—Cierto... acaso habrá terminado sus días...
—Tal vez...
—¿Y qué podría tener eso de común con la venida de Hernando?
—Mucho; me temo que don Enrique de Villena anda hace tiempo acechando un maestrazgo.
—¿Sabéis que es casado?
—¿Puedo ignorarlo, señor Fernán Pérez? Pero puedo asegurar á todo el que tenga interés en saberlo, que don Enrique de Villena y su esposa doña María de Albornoz no son dos amantes...
—¡Chitón! Ferrus, no estamos solos, dijo alarmado el primer escudero echando una ojeada de desconfianza hacia el paraje donde daba vueltas todavía sobre la brasa el ciervo, impelido del brazo del infatigable repostero.
—Tenéis razón, señor escudero. Nunca me acuerdo de que no es esa gente el mejor consonante para mis trovas.
—¿Y qué queréis decir con la proposición que habéis aventurado? dijo acercándose á él Vadillo, y con tono de voz apenas perceptible.