—Pícaramente; diez onzas he perdido. ¿Y á usted?

—Peor todavía; á Dios.

Ni siquiera nos contestó el perdidoso.—Hombre, si no has jugado, le dije á mi primo, ¿cómo dices?...

—Amigo, ¿qué quieres? Conocí que me venía á preguntar si tenía suelto. En su vida ha tenido diez onzas; la sociedad es para él una especulación: lo que no gana lo pide...

—Pero ¿y qué inconveniente había en prestarle? Tú que eres tan generoso...

—Sí, hace cuatro años; ahora no presto ya hasta que no me paguen lo que me deben; es decir, que ya no prestaré nunca. Ésa es la sociedad. Y sobre todo, ese que nos ha hablado...

—¡Ah!, es cierto; recuerdo que era antes tu amigo íntimo: no os separabais.

—Es verdad; y yo le quería: me lo encontré á mi entrada en el mundo; teníamos nuestros amores en una misma casa, y yo tuve la torpeza de creer simpatía lo que era comunidad de intereses. Le hice todo el bien que pude, ¡inexperto de mí! Pero de allí á poco puso los ojos en mi bella, me perdió en su opinión, y nos hizo reñir: él no logró nada; pero desbarató mi felicidad. Por mejor decir, me hizo feliz; me abrió los ojos.

—¿Es posible?

—Ésa es la sociedad: era mi amigo íntimo. Desde entonces no tengo más que amigos; íntimos, estos pesos duros que traigo en el bolsillo: son los únicos que no venden: al revés, compran.