Yo necesito un retrato, ¿qué saco?, dice otro.—No, un medallón: cualquiera cosa: desde fuera no se ve.
Arreglado ya lo que cada uno saca, se conviene en que las decoraciones harán efecto, porque se han anunciado como nuevas: la del pabellón de la Expiación, en poniéndole cuatro retratos, es romántica enteramente, y si se añaden unas armas, no digo nada; un gabinete de la edad media; la de tal otra comedia en abriéndole dos puertas laterales, y en cerrándole la ventana, es el cuarto de la dama.
Si hay comparsas se arma una disputa sobre si se deben afeitar ó no; si tienen que afeitarse es preciso que se les den dos reales más; ¿se han de poner limpios de balde? Para conciliar el efecto con la economía, se convienen en que los cuatro que han de salir delante se afeiten; los que están en segundo término, ó confundidos en el grupo, pueden ahorrarse las navajas. Si deben salir músicos, es obra de romanos encontrarlos; porque es cosa degradante soplar en un serpentón, ó dar porrazos á un pergamino á la vista del público; cuando van por la calle ó de casa en casa, entonces nadie los ve.
Por fin, ha llegado la noche: merced á los anuncios de los periódicos y de los carteles, en los cuales se previene al público que si se tarda en los entreactos es porque hay que hacer, y que como la función es larga, no admite intermedio ni sainete; merced á estas inocentes estratagemas, se acaban los billetes al momento, y á la tarde están á dos, tres duros las lunetas. El autor ha tomado los suyos, y los amigos, que han comido con él, le tranquilizan, asegurándole que si el drama fuera malo se lo hubieran dicho francamente en las repetidas lecturas que se han hecho previamente en casa de éste ó de aquél. Todo lo contrario: se han extasiado: y no es decir que no lo entiendan. El buen ingenio anda aquel día distraído; no responde con concierto á cosa alguna; reparte algunos apretones de manos, lo más expresivos posibles, á cuenta de aplausos, y está muy modesto; se cura en salud; refuerza alguna sonrisa para contestar á los muchos que llegan y le dicen embromándole, sin temor de Dios: «Conque hoy es la silba; voy á comprar un pito».
¡Las seis!, es preciso asistir al vestuario.—¿Qué tal estoy?—Bien: parece usted un verdadero abate; dése usted más negro en esa mejilla; otra raya; es usted más viejo. Usted sí que está perfectamente, señora, y cierto que daría los mejores trozos de mi comedia por ser el galán de ella, y hacer el papel con usted. Se me figura que está frío el segundo galán.—¡Ah!, no; ya lo verá usted; ahora está bebiendo un poco de ponche para calentarse.—¿Sí, eh? ¡Magnífico! No se le olvide á usted aquel grito en aquel verso.—No se me olvida, descuide usted; aturdiré el teatro.—Sí, un chillido sentido: como que ve usted al otro muerto. Conque salga como en el penúltimo ensayo me contento. Alborota usted con ese grito. ¡Á mí me estremeció usted, y soy el autor!...
—¡La orden! ¡La orden!, gritan á esta sazón.
—¿Cómo la orden?, exclama el autor asustado. ¿La han prohibido?—No, señor, es la orden para empezar; habrá venido su alteza.
Suena una campanilla. ¡Fuera, fuera!, y salen precipitadamente de la escena aquella multitud de pies que se ven debajo del telón.
¡Cuidado con los arrojes, señor autor!, dice un segundo apunte cogiéndole de un brazo.—¿Qué es eso?—Nada; los arrojes son cuatro mozos de cordel que hacen subir el telón, bajando ellos colgados de una cuerda. Se oye un estruendo espantoso: se ha descorrido la cortina, y el ingenio se refugia á un rincón de un palco segundo, detrás de su familia, ó de sus amigos, á quienes mortifica durante la representación con repetidas interrupciones. Tiene toda la sangre en la cabeza, suda como un cavador, cierra las manos; hace gestos de desesperación cuando se pierde un actor.—Si lo dije, si no sabe el papel.—¿Silban?—¿Qué murmullo es ése?—Bien, bien: este aplauso ha venido muy bien ahí: esto va bien; ese trozo tenía que hacer efecto por fuerza.—¡Bárbaros! ¿Por qué silban? Si no se puede escribir en este país: luego la están haciendo de una manera... Yo también la silbaría.
En el auditorio son las expresiones fugitivas.—¡Vaya! Ya tenemos el telón bajando y subiendo.—¡Bravo!, se han dejado una silla.—Mire usted aquel comparsa. ¿Qué es aquello blanco que se le ve?—¡Hombre!, ¡en esa sala han nacido árboles!—¿Lo mató? ¡Ah!, ¡ah!, ¡oh! Si morirá el apuntador.—Pues, señor, hasta ahora no es gran cosa.—Lo que tiene es buenos versos.