Los acompañantes, portadores de menos aparato, se presentan vestidos de ciudad, á la ligera.

Á la derecha del patio se divisa una pequeña habitación; agrupados allí los viajeros al lado de sus equipajes, piensan el último momento de su estancia en la población: media hora falta sólo: una niña, ¡qué joven, qué interesante!, apoyada la mejilla en la mano, parece exhalar la vida por los ojos cuajados en lágrimas: á su lado el objeto de sus miradas procura consolarla, oprimiendo acaso por última vez su lindo pie, su trémula mano... «Vamos, niña, dice la madre, robusta é impávida matrona, á quien nadie oprime nada, y cuya despedida no es la primera ni la última, ¿á qué vienen esos llantos? No parece sino que nos vamos del mundo».

Un militar que va solo examina curiosamente las compañeras de viaje; en su aire determinado se conoce que ha viajado y conoce á fondo todas las ventajas de la presión de una diligencia. Sabe que en diligencia el amor sobre todo hace mucho camino en pocas horas. La naturaleza en los viajes, desnuda de las consideraciones de la sociedad, y muchas veces del pudor, hijo del conocimiento de las personas, queda sola y triunfa por lo regular. ¿Cómo no adherirse á la persona á quien nunca se ha visto, á quien nunca se volverá acaso á ver, que no le conoce á uno, que no vive en su círculo, que no puede hablar ni desacreditar, y con quien se va encerrado dentro de un cajón dos, tres días con sus noches? Luego parece que la sociedad no está allí: una diligencia viene á ser para los dos sexos una isla desierta; y en las islas desiertas no sería precisamente donde tendríamos que sufrir más desaires de la belleza. Por otra parte, ¡qué franqueza tan natural no tiene que establecerse entre los viajeros!, ¡qué multitud de ocasiones de prestarse mutuos servicios!, ¡cuántas veces al día se pierde un guante, se cae un pañuelo, se deja olvidado algo en el coche ó en la posada!, ¡cuántas veces hay que dar la mano para bajar ó subir! Hasta el rápido movimiento de la diligencia parece un aviso secreto de lo rápida que pasa la vida, de lo precioso que es el tiempo; todo debe ir de prisa en diligencia. Una salida de un pueblo deja siempre cierta tristeza que no es natural al hombre: sabido es que nunca está el corazón más dispuesto á recibir impresiones que cuando está triste: los amigos, los parientes que quedan atrás dejan un vacío inmenso. ¡Ah!, ¡la naturaleza es enemiga del vacío!

Nuestro militar sabe todo esto; pero sabe también que toda regla tiene excepciones, y que la edad de quince años es la edad de las excepciones; pasa, pues, rápidamente al lado de la niña con una sonrisa, mitad burlesca, mitad compasiva.—Pobre niña, dice entre dientes: lo que es la poca edad: si pensará que no se aprecian las caras bonitas más que en Madrid: el tiempo le enseñará que es moneda corriente en todos países.

Una bella parece despedirse de un hombre de unos cuarenta años: el militar fija el lente: ella es la que parte; hay lágrimas, sí; pero ¿cuándo no lloran las mujeres?; las lágrimas por sí solas no quieren decir nada; luego hay cierta diferencia entre éstas y las de la niña: una sonrisa de satisfacción se dibuja en los labios del militar. Entre las ternezas de despedida se deslizan algunas frases, que no son reñir enteramente, pero poco menos: hay cierta frialdad, cierto dominio en el hombre. ¡Ah!, es su marido.—Se puede querer mucho á su marido, dice el militar para sí, y hacer un viaje divertido.

—¡Voto va!, ya ha marchado, entra gritando un original cuyos bolsillos vienen llenos de salchichón para el camino, de frasquetes ensogados, de petacas, de gorros de dormir, de pañuelos, de chismes de encender... ¡Ah!, ¡ah!, éste es un verdadero viajero: su mujer le acosa á preguntas:—¿Se ha olvidado el pastel?—No, aquí le traigo.—¿Tabaco?—No, aquí está.—¿El gorro?—En este bolsillo.—¿El pasaporte?—En este otro.

Su exclamación al entrar no carece de fundamento; faltan sólo minutos, y no se divisa disposición alguna de viaje. La calma de los mayorales y zagales contrasta singularmente con la prisa y la impaciencia que se nota en las menores acciones de los viajeros; pero es de advertir que éstos al ponerse en camino alteran el orden de su vida para hacer una cosa extraordinaria; el mayoral y el zagal por el contrario hacen lo de todos los días.

Por fin, se adelanta la diligencia, se aplica la escalera á sus costados, y la vaca recibe en su seno los paquetes: en menos de un minuto está dispuesta la carga, y salen los caballos lentamente á colocarse en su puesto. Es de ver la impasibilidad del conductor á las repetidas solicitudes de los viajeros.—Á ver, esa maleta; que vaya donde se pueda sacar.—Que no se moje ese baúl.—Encima ese saco de noche.—Cuidado con la sombrerera.—Ese paquete, que es cosa delicada. Todo lo oye, lo toma, lo encajona, á nadie responde; es un tirano en sus dominios.—La hoja, señores, ¿tienen ustedes todos sus pasaportes? ¿Están todos? Al coche, al coche.

El patio de las diligencias es á un cementerio lo que el sueño á la muerte, no hay más diferencia que la ausencia y el sueño pueden no ser para siempre; no les comprende el terrible voi ch'intrate lasciate ogni speranza, de Dante.

Se suceden los últimos abrazos, se renuevan los últimos apretones de manos; los hombres tienen vergüenza de llorar y se reprimen, y las mujeres lloran sin vergüenza.