En segundo lugar esas posadas, fieles á nuestras antiguas tradiciones, son por el estilo de la que nos pinta Moratín en una de sus comedias; todas las de la carrera rivalizan en miseria y desagrado, excepto la de Navalcarnero, que es peor y campea sola sin émulos ni rivales por su rara originalidad y su desmantelamiento; entiéndase que hablo sólo de la que pertenece á la empresa de las mensajerías; habrá otras mejores tal vez; no es difícil.
En tercer lugar suele haber ladrones, y entre otras curiosidades que se van viendo por el camino (como por ejemplo el árbol en que fué ahorcado por su misma tropa el general San Juan en una época de exaltación), mal pudiera olvidar los dos amenos sitios que se descubren antes de llegar á Mérida, comúnmente llamados los confesonarios; el grande y el chico; nombre verdaderamente original; él solo es la mejor pincelada con que el escritor de costumbres puede pintar á un pueblo; nombre lleno de poesía y de misterio: nombre que vale él solo más que una novela; nombre impregnado de un orientalismo singular, y á la vez terrible, sublime é irónico, dado por un pueblo religioso á un asilo de bandidos. Los confesonarios son dos hondonadas inmediatas, dos pequeños valles dominados por todas partes y protegidos de la espesura, donde los frígidos confiesan á los pasajeros, donde los pecados son el dinero y la vida, y donde un puñal hace á la vez de absolución y de penitencia. Niéguese á nuestro pueblo la imaginación. Otros países producen poetas. En España el pueblo es poeta.
Sobre la orilla izquierda del Guadiana, al oeste y á una legua de la frontera de Portugal, se encuentra á Badajoz, antigua capital de la Extremadura, y residencia de sus reyezuelos moros. Esta plaza fuerte, cuyas fortificaciones ofrecen una rara mezcla de diversos sistemas de fortificación, ofrece al forastero en su mayor eminencia restos venerables de sus dominadores árabes: murallas, calles, casas, y hasta torres enteras, revelan otros tiempos y otras costumbres al viajero. Á la parte del río se ve el palacio llamado de Godoy.
Por lo demás Badajoz nada ofrece de curioso: ni una iglesia digna de ser vista, ni un cuadro en ellas de mediano pincel, ni una mala biblioteca, ni un colegio, ni un teatro, ni un paseo. No se puede llamar paseo á los árboles nacientes del campo de San Francisco, debidos al zelo del general Anleo, ni al campo de San Juan, pequeña plazuela en medio de la ciudad adornada de algunos árboles y bancos: ni teatro una especie de sala donde algunos aficionados, ó tal cual compañía ambulante, dan de cuando en cuando sus originales representaciones. La alameda de Palmas está abandonada por mal sana desde el cólera. El billar, el ejercicio de los urbanos en el campo de San Roque, la retreta y dos ó tres cafés, son las distracciones de la población. Hay una fonda llamada, si mal no me acuerdo, de las cuatro naciones. Menos naciones y mejor servicio, puede uno decir al salir de ella.
La amabilidad sin embargo y el trato fino de las personas y familias principales de Badajoz compensan con usura las desventajas del pueblo, y si bien carece de atractivos para detener mucho tiempo en su seno al viajero, al mismo tiempo le es difícil á éste separarse de él sin un profundo sentimiento de gratitud por poco que haya conocido personas de Badajoz, y que haya tenido ocasión de recibir sus obsequios y de ser objeto de sus atenciones.
La costumbre que en todos los pueblos se conserva de blanquear casi diariamente las fachadas de las casas, les da un aspecto de novedad y de limpieza singulares: no hay edificio que parezca viejo; en una palabra, en Extremadura la casa es ser animado que se lava la cara todos los días.
Para pasar á Portugal se sale de Badajoz por la puerta de Palmas, y se pasa el Guadiana sobre un magnífico puente. No llamándome la atención nada en Extremadura, me decidí por fin á partir.
Era el 27 de mayo: el sol empezaba á dorar la campiña y las altas fortificaciones de Badajoz: al salir saludé el pabellón español, que en celebridad del día ondeaba en la torre de Palmas. Media hora después volví la cabeza: el pabellón ondeaba todavía: el Caya, arroyo que divide la España del Portugal, corría mansamente á mis pies: tendí por la última vez la vista sobre la Extremadura española: mil recuerdos personales me asaltaron: una sonrisa de indignación y de desprecio quiso desplegar mis labios, pero sentí oprimirse mi corazón, y una lágrima se asomó á mis ojos.
Un minuto después la patria quedaba atrás, y arrebatado con la velocidad del viento, como si hubiera temido que un resto de antiguo afecto mal pagado le detuviera, ó le hiciera vacilar en su determinación, expatriado corría los campos de Portugal. Entonces el escritor de costumbres no observaba: el hombre era sólo el que sentía.