No hubo más remedio que buscar el fiador: ya daba mi amigo la mudanza á todos los diablos. Venciéronse por fin las dificultades; ya cogió las llaves, y cogió al celador, y cogió el padrón, y cogió... ¿qué había de coger por último?, el cielo con las manos, lectores míos. Comenzó la mudanza: el sofá no cupo por la escalera; fué preciso izarle por el balcón, y en el camino rompió los cristales del cuarto principal, los tiestos del segundo, y al llegar al tercero, una de sus propias patas, que era precisamente la que le había estorbado; si se hubiera roto al principio, pleito por menos; fué preciso pagar los daños: el bufete entró como taco en escopeta, haciendo más allá la pared á fuerza de rascarle el yeso con las esquinas: la cama del matrimonio tuvo que quedarse en la sala, porque fué imposible meterla en la alcoba; el hermano de mi amigo, que es tan alto como toda la casa, se levantó un chichón, en vez de levantar la cabeza, con el techo que estaba hombre en medio con el piso. En fin, mal que bien, estuvo ya la casa adornada; pero ¡oh desgracia!, mi amigo tiene un suegro sumamente gordo: verdad es que es monstruoso; y es hombre que ha menester dos billetes en la diligencia para viajar: como á éste no se le podía romper pata como al sofá, no hubo forma de meterlo en casa. ¿Qué medió en este conflicto? ¿Reñir con él y separarse porque no cabe en casa?, no es decente.—¿Meterlo por el balcón?, no es para todos los días. ¡Santo Dios!, ¡que no se hagan las casas en el día para los hombres gordos! En una palabra, desde ayer están los trastos dentro: mi amigo en la escalera mesándose los cabellos, luchando entre la casa nueva y el amor filial; y el viejo en la calle esperando, ó á perder carnes, ó á ganar casa.

REPRESENTACIÓN DE
LA FONDA, Ó LA PRISIÓN DE ROCHESTER
Y DE
LAS ACEITUNAS

Ó UNA DESGRACIA DE FEDERICO II

Comedias en un acto

Era tiempo de peste en Cádiz, y daba su parte á la autoridad un sargento que estaba de facción en Puerta de tierra, diciendo en los términos siguientes: «Sin novedad: hoy han salido por esta puerta veinte muertos con sus respectivos cadáveres. Sargento fulano».—Eso mismo decimos hoy nosotros al público al darle parte de las dos funciones nuevas que acabamos de ver desaprobadas con tanta razón por el auditorio. «Sin novedad: se han representado en este teatro dos comedias con sus respectivas silbas:» que silbas y comedias son cosas ya tan inseparables como cadáver y muerto.

Pero vamos á la primera cosa que se representó en esta funesta noche. Casóse un labrador, y proponíase tener muchos hijos; tantos que le pareció venir allí de molde un libro de memorias, donde pudiera ir apuntando sus nombres y no confundirse él, ni confundirlos jamás. Encuadernó, pues, su libro en blanco, é iba apuntando así: «Hijos del labrador Antón Antúnez: el primer hijo no fué hijo sino hija».

Lo mismo decimos nosotros: comedias del 24: la primera comedia, no fué comedia, sino farsa. Júzguelo sino el lector. El caso ocurre en Londres en tiempo de no sé qué príncipe, que acaba de desterrar á su favorito el conde de Rochester, por ciertas sátiras que el señor conde se ha tomado la libertad de escribir en mala hora, en peor sazón, y en aciago día. El conde, que es hombre taimado, así se cuida de cumplir su destierro como de adorar el zancarrón de Mahoma. El príncipe le destierra; pero él no se da por desterrado. Todo lo contrario; quédase el conde escondido; y ¿dónde les parece á ustedes que se esconde? En alguna guardilla ó sótano, en algún... nada de eso: escóndese en medio de una fonda pública que ha arrendado y beneficia en persona: ¿quién le ha de conocer allí? En las fondas de Londres no se conoce á nadie. Esto parece una paradoja; pero el hecho es que un constable encargado de prender al desterrado, y que lleva sobre sí todas sus señas, le ve, le habla, y no le conoce. Entre tanto el príncipe, que está cansado de los pesados cargos del gobierno, ó que acaso ha encontrado alguna mosca en la sopa y anda torcido con su cocinero, coge la capa y el sombrero, y vase á comer á la fonda como si fueran los días de su mujer. ¿Y á qué fonda ha de ir el príncipe? á la misma que ha arrendado Rochester. El príncipe acaba de comer, y como había de tomar café para despejarse la cabeza, se pone á hacer versos, como chico que acaba su plana, porque el príncipe es poeta, por más que parezca imposible. Acaba su composición éste, que deberá ser alguna anacreóntica, y consulta á un muchacho de paja y cebada de la fonda, que hace también versos. En tanto Rochester soborna al ayuda de cámara del príncipe, el cual no hace versos, pero hace cuanto le mandan, que es mucho mejor. De allí á poco viene el constable y quiere prender al príncipe creyéndole Rochester. El príncipe, temblando que le lleven á la cárcel y le den azotes por haber hecho novillos de su oficio de gobernar y haber traído la vida del hombre malo comiendo de figón en figón, imagina la idea de darle al constable un papel con su firma, donde está el perdón del conde. Éste, que anda á caza de descuidos por este estilo, atrapa el papel, y con esta superchería queda perdonado. En celebridad se casa la muchacha de la fonda con el mancebo de los versos, porque ya hemos dicho que en esta farsa todos son poetas menos el autor. Casada la chica, perdonado el conde, se acaba la comedia y empieza la silba.

Seguía la apuntación del labrador Antón Antúnez, y decía: «El segundo hijo murió al nacer, por lo cual no fué hijo ni hija». La segunda comedia, pues, fué todo mentira: ni fué cierta ni verosímil. Federico de Prusia acaba de ser derrotado por los Rusos, gente descomunal ya desde aquellos tiempos, y se echa á buscar solo y de incógnito casa de huéspedes por los pueblos de la comarca. Llega á uno donde meten mucho ruido un pleito sobre unas aceitunas (que por lo malas deben de ser de la fonda de Rochester arriba expresada). Un sargento prusiano dejó al partir para la guerra, ocho años antes, un barril de aceitunas en depósito á un vecino del pueblo, pero dejó también oculta en el barril una suma de dinero. El taimado depositario le vuelve á su regreso las aceitunas, mas no las monedas. En el momento en que acaba de llegar Federico, ha sentenciado el pleito en favor del infiel depositario un majadero, es decir, un alcalde del pueblo. El rey, que está desocupado, ya que no pudo ganar la batalla, se empeña en ganar el pleito: un muchacho que es muchacha, y á quien le sucede lo mismo que al hijo de Antón Antúnez, porque le representa la señora Castillo vestida de hombre, da en conocer la falsedad del depositario al notar que las aceitunas son frescas, cosa imposible llevando ocho años de depósito; lo cual es una prueba convincente de que anduvo en las aceitunas la mano del gato, ó la del depositario, que galos y depositarios se van allá. El rey, pues, hace justicia seca, entre polvo y polvo, porque Federico tomaba mucho tabaco; y castigado el vicio, y recompensada la virtud, y dicha la moraleja, de la cual se deduce que es muy peligroso cambiar las aceitunas cuando se trata de robar, y comenzada de nuevo la batalla, que suena en el teatro á vejigas reventadas, y descubierto el rey, y quedándose sólo en majadero el que era antes majadero y alcalde todo junto, cae la cortina; lo que comunicamos al público para su satisfacción. Aquí vuelve á empezar el estribillo de la silba con que rematan ahora todas las piezas.

¿Dónde hemos leído nosotros que poseía el teatro tantas comedias nuevas para la próxima temporada cómica? Por la cruz que tenemos á cuestas con este teatro, no lo creemos, y no lo creemos porque recordamos cierto caso que queremos contar á nuestros lectores, ya que con tanta comezón de contar nos encontramos hoy. Reñían un andaluz y otro andaluz, el uno más feo que el otro, y echábanse á la cara mil denuestos, cuando cansado ya el uno del mucho vocear, y del no decirse nada en limpio, empínase en las puntas de los pies, y dícele á su adversario:—Pero ¿qué habla usted ahí, compadre?, si todo el mundo sabe que usted es hombre de dos caras. Á lo que repuso el menos feo, no bien lo hubo oído:—Amigo, siento mucho no poder decir á usted otro tanto.—¿Y por qué?, diga usted, preguntó el feo.—Porque si usted tuviera otra cara, repuso el chulo, no le veríamos nunca ésa que trae hoy.

Si tuviera el teatro buenas comedias, ¿cómo le habíamos de ver nunca esos harapos de farsa que nos enseña?