Al llegar aquí la broma, exasperáronse unas y otras máscaras, y ¡oh!, ¡qué noche de horror y de confusión!—¡Á ellos, á ellos!, gritaron unos y otros desenvainando sus armas. Un paquete de Boletines de Comercio atrasados, lanzado por un brazo vigoroso y joven, vino á estrellarse sobre un grupo de peluquines; seis cayeron del golpe. Diez y nueve Siglos, llenos de reconvenciones, se alzaron á una contra la pandilla blanca; y ¿quién les pudiera resistir? Tampoco se descuidaban los acometidos: volaban Estrellas por todas partes, pero daban en el aire con los Siglos y los Boletines que iban, y caían desvaneciéndose como los fuegos fatuos del verano. Un discurso parlamentario encontraba en el aire una exhortación carlista y arrollábala al punto. ¡Qué furor! Volaban Tiempos y Cínifes, lanzábanse Ateneos y Minervas, enemigo herido de ellos, enemigo dormido y fuera por consiguiente de combate. Hasta hubo quien sacó Correos, Crónicas y Auroras, armas prohibidas porque suelen dispararse contra el mismo que las carga. ¿Quién diría el destrozo y la mortandad? ¿Y quién el fin de tan sangrienta lucha, si el jefe de la inerte comparsa no se apareciese con una sonrisa en la boca y una Revista en la mano? Interpúsola el atornasolado como pudiera Mercurio su caduceo, y cedieron los combatientes al arma más pesada. Todos quedaron aplanados. ¡Ay de aquél á quien le cayó encima una noticia diversa! ¡Ay del que tuvo que sufrir el peso de la crónica de provincias! ¡Mísero el que sintió sobre sí la cámara de los diputados! Quiso la buena suerte que esto cayese todo sobre la comparsa blanca, y nadie de ella pudo ya levantar cabeza. Roncaban unos, y otros se quejaban amargamente. En la comparsa nueva cayó un artículo de entrada, y ¡oh prodigio!, como el maná, súpole á cada uno al manjar más de su gusto; á nadie empero levantó chichón ni cardenal.
—¡Hola!, ¿quién es éste? ¿Es vuestro?, preguntaron los jóvenes á sus contrarios.—¿Qué ha de ser nuestro?, ¡ay míseros!, contestaron los vencidos.—¡Ah!, ¡ya!, repusieron los primeros. ¿Quién diablos te había de conocer? Vaya, pase, pase por nuestro; mira, júzganos.
—¿Yo juzgar?, dijo el mediador. No lo permita el cielo. Si fuera conciliar...
—Mira que si no quieres ser nuestro juez, serás su reo. ¡Esos hipócritas!...
—¡Oh!, no hipócritas, precisamente, no... seductores..., dijo el mediador.
—¡Revolucionario!, gritaron los viejos.
—Revolucionarios, precisamente... no... fautores de asonadas..., interrumpió el justo medio.
—¡Fanáticos!, gritaron los jóvenes.
—No, fanáticos, no... ilusos, incautos...
—¡Ignorantes!