Menos diré por consiguiente que tanto los nuevos como los viejos creen que su oficio es oficio de memoria, y que puede asegurarse sin escrúpulo de conciencia que los más dicen sus papeles, pero no los hacen, porque acaso nuestros actores se lleven la idea de un loco que vivía en Madrid no hace mucho, solo en su cuarto y sin consentir comunicación con su familia. Movido de los ruegos de ésta, fuéle á visitar un amigo, y en el desorden de su cuarto notó entre otras cosas que no debía de hacer nunca su cama; tal estaba ella de mal parada. ¿Pero es posible, señor don Braulio, le dijo el amigo al loco, es posible que ni ha de consentir usted que hagan su cama, ni la ha de hacer usted, ni?...—No, amigo, no; es mi sistema.—¿Pero qué sistema?—Tengo razones.—¿Razones?—No, amigo, respondió el loco, no haré mi cama, no la haré; y acercándosele al oído, añadió con aire misterioso: «no la hagas y no la temas». Á este refrán se atienen sin duda nuestros cómicos cuando no hacen una comedia. No hacemos la comedia, dicen como el loco, porque: no la hagas y no la temas.

Pues tan comedido como con los teatros, he de ser poco más ó menos con todas las demás cosas. Ni pudiera ser de otra suerte: en política sobre todo, y en puntos que atañen al gobierno ¿qué pudiera hacer un periodista sino alabar? Como suelen decir, esto se hace sin gana, y si ya desde hoy no nos soltamos á encomiarlo todo de una vez, es porque somos como cierto sujeto de Úbeda, cuyo caso no he de callar por vida mía, más que en cuentos y relatos me llame el lector pesado.—Había llamado el tal á un pintor, y mandádole hacer un cuadro de las once mil vírgenes, y el contrato había sido darle un ducado por virgen, que por cierto no fué caro. Llevó el pintor el cuadro al cabo de cierto tiempo, pero era claro que ni cupieran once mil cuerpos en un lienzo, ni había para qué ponerlas todas: había, pues, imaginado el pintor de Úbeda figurar un templo de donde iban saliendo, y así sólo podrían contarse alguna docena en primer término, dos ó tres docenas en segundo, é infinidad de cabezas que de las puertas salían; contó callandito el aficionado á vírgenes las que alcanzaba á ver, y preguntóle en seguida al artista cuánto valía el cuadro conforme al contrato. Respondióle aquél, que claro estaba; que once mil ducados.—¿Cómo puede ser eso?, le repuso el que había de pagar, si aquí no cuento yo arriba de cien cabezas.—¿No ve vuestra merced, contestó el pintor, que las demás están en el templo y por eso no se ven? Pero...—¡Ah! pues entonces, concluyó el aficionado, tome vuestra merced por hoy esos cien ducados que corresponden á las que han salido, y con respecto á las demás yo se las iré pagando á vuestra merced conforme vayan saliendo.

Vaya, pues, haciendo nuestro ilustrado gobierno de las suyas, que conforme ellas vayan saliendo, nosotros se las iremos alabando.

Así que, me iré muy á la mano en éstas y en todas las materias, y antes de pronunciar que hay una sola cosa reprensible, veré cómo y cuándo, y á quién lo digo, asegurando desde ahora que no sé qué ángel malo me inspira esta maldita tentación de reformar, y que entro en esta obligación con la misma disposición de ánimo que tiene el soldado que va á tomar una batería.

REPRESENTACIÓN
DE LOS ZELOS INFUNDADOS, Ó EL MARIDO EN LA CHIMENEA

COMEDIA EN DOS ACTOS Y EN VERSO

DE DON FRANCISCO MARTÍNEZ DE LA ROSA

La pasión de los zelos, tratada ya por otros en el teatro con más ó menos felicidad, ha sugerido al señor Martínez de la Rosa esta producción, de que presentamos á nuestros lectores un rápido análisis.

Don Anselmo, hombre entrado ya en la edad madura y enlazado en matrimonio con doña Francisca, joven y hermosa, sufre el tormento de los zelos, y como dice el autor en su bella exposición:

Marido entrado en edad
Y mujer de pocos años,
¿Qué había de suceder?