—No digo que sí, precisamente;... mas...
—¿Conque no?
—No digo que no, precisamente;... pero...
—Eso, eso es ponerse en la razón, dijo á este punto levantándose pausadamente la mayoría hasta entonces inmóvil: nosotros estamos por ese señor de la antigua española y moderna francesa. No somos partido, pero somos los más. Venga cualquiera cosa, llámenlo como quieran, y vamos viviendo. De cualquier modo hemos vivido hasta ahora, de cualquier modo moriremos.
—La verdadera diversión, señores, si me atrevo llamarlo así, dijo entonces animado con su inmensa fuerza el atornasolado de no conocido color, es tomar, permítaseme la frase, de los juegos venerandos antiguos lo preciso, modificándolo según el humor de los que han de divertirse. Y á propósito de esto diré para convencer á ustedes lo siguiente: «Las necesidades y las reformas, las instituciones y garantías, así como la antigua monarquía de las ideas nuevas, la discordia, la hidra de las revoluciones, y la bondad de arriba abajo, y no de abajo arriba, la legitimidad, los malévolos seducidos, un campo de horror y dulce fraternidad, los sucesos retrógrados y las masas progresivas...».—Otras cosas podría decir;... pero... ¡Cuán dulce es la paz, señores! Y por fin el talento es mío, mía la experiencia, el tacto mío, y la nación mía, porque no es de nadie, porque es pasiva: al que se oponga á mi justa conciliación, añadió riéndose con la más amable y cariñosa sonrisa, al que no quiera ser feliz, como yo entiendo la felicidad, harásele feliz, mal que le pese.
Un prolongado clamor de la multitud inmensa, tan callada toda la noche, pero un clamor no de entusiasmo pasajero, sino tranquilo, sereno, como la voz del poder que no ha menester esforzarse para hacerse oir, aplaudió sordamente la alocución ambilátera, que, traducida al lenguaje inteligible, quería decir á unos: Ya es tarde; y á otros: Es temprano todavía.
Restablecida la paz y el silencio, desapareció á mis ojos el baile y ambos partidos con él: halléme en medio de Madrid repitiendo para mí: Los tres no son más que dos, y El que no es nada vale por tres.
EL SIGLO EN BLANCO[1]
No sé qué profeta ha dicho que el gran talento no consiste precisamente en saber lo que se ha de decir, sino en saber lo que se ha de callar: porque en esto de profetas no soy muy fuerte, según la expresión de aquél que miraba detenidamente al Neptuno de la fuente del Prado, y añadía de buena fe enseñándosele á un amigo suyo: Aquí tiene usted á Jonás conforme salió del vientre de la ballena.—¿Hombre, á Jonás?, le replicó el amigo, si éste es Neptuno...—Ó Neptuno, como usted quiera, replicó el cicerone, que en esto de profetas no soy muy fuerte.—El hecho es que la cosa se ha dicho, y haya sido padre de la Iglesia, filósofo ó dios del paganismo, no es menos cierta ni verosímil, ni más digna tampoco de ser averiguada en tiempos en que dice cada cual sus cosas y las ajenas como y cuando puede.
Platón, que era hombre que sabía dónde le apretaba el zapato, si bien no los gastaba, y que sabía asimismo cuánto tenía adelantado para hablar el que no ha hablado nada todavía, había adoptado por sistema enseñar á sus discípulos á callar antes de pasar á enseñarles materias más hondas, y en esa enseñanza invertía cinco años, lo cual prueba evidentemente dos cosas: primera, que Platón estaba, como nuestras universidades, por los estudios largos: segunda, que no es cosa tan fácil como parece enseñar á callar al hombre, el cual nació para hablar, según han creído erróneamente algunos autores mal informados, dejándose deslumbrar sin duda por las apariencias de verosimilitud que le da á esta opinión el don de la palabra, que nos diferencia tan funestamente de los más seres que crió de suyo callados y taciturnos la sabia naturaleza.