CAPITULO NOVENO.
Esmero de los reyes aragoneses en la conservacion de la Aljaferia. Relacion de los documentos antiguos que hablan de su reparacion y de la casa de fieras.
Nuestros reyes cuidaron con el mayor esmero de la conservacion de este palacio. Así es que hé visto una órden de D. Jaime 2.º fechada en Barcelona á 12 de las calendas de abril de 1292[72] dirijida á Gil Terini merino de Zaragoza, para que gastase lo necesario en la reparacion de la Aljaferia, como lo dispusiese el noble Sr. Mariano Ferdinandi. En 1301 el Rey D. Jaime 2.º expidió título de maestro y director de las obras que se hiciesen en la Aljaferia, á Mahomat Bellito, hijo de Jucef Bellito Sarraceno, que habia desempeñado el mismo destino, siendo notables las palabras, habeas et percipias de ipsis operibus salarium competens pro tuo labore; para que obtengas y percibas de las mismas obras el salario correspondiente á tu trabajo: lo que parece da á entender, que no tenia provecho alguno sino cuando trabajaba.
El otro despacho fechado en Barcelona á 18 de agosto de 1408,[73] el Rey D. Martin destinó á la reparacion de la Aljaferia, que por su notable y antigua construccion sobresale, segun espresa, entre todas las moradas ó palacios de su dominio, el tributo llamado maravedí, que se cobraba de ciertos pueblos, y aljamas de judios y sarracenos, mandando que se entregasen á Pardo La-casta, merino de Zaragoza bajo pena de la indignacion real.
Pero el documento mas curioso es el que recuerda la existencia de una casa de fieras en la Aljaferia. Así se infiere de la órden que en 18 de setiembre del año del Señor 1338[74] dió D. Pedro 3.º (era el Ceremonioso 4.º de Aragon) á su consegero y merino de Zaragoza Miguel Palacio, para que sin embargo de las muchas cargas que tenian las rentas del merinado, por las diversas asignaciones que se habian hecho sobre ellas, continúe las obras de la Aljaferia, por ser su voluntad que á pesar de aquellas no se paralicen: y á seguida le manda que facilite la manutencional oso de Anteon y á las demás alimañas ó fieras que se guardaban en la Aljaferia. Tambien previene que si el judio, á cuyo cargo estaba la custodia de los leones, conocia que los cachorros algo crecidos podian separarse de sus padres sin peligro, los enviase inmediatamente con el mismo judio á Valencia, suministrándole lo necesario para el viage y alimento suyo y de los animales. Un documento tan raro patentiza el tono en que se encontraba este palacio en tiempo del rey D. Pedro el Ceremonioso, y el cuidado que ponia este monarca aún en las cosas al parecer mas insignificantes, cuando tenia distraida su atencion en aquel año con los preparativos que disponia para resistir al numeroso egército africano, que con cien galeras iba á invadir el reino de Valencia, y con las negociaciones de concordia con el Rey de Castilla. Esto prueba que hasta los hombres grandes tienen sus caprichos y sus distracciones, que admiran á los que no conocen la flaqueza de la humanidad, y no consideran que hasta los héroes buscan el descanso en las cosas mas indiferentes.
CAPÍTULO DÉCIMO.
Del nacimiento de Santa Isabel, su bautismo y sus cartas.
Pero lo que mas realza este palacio es el nacimiento, á cuatro de julio de mil doscientos setenta y uno, de la infanta de Aragon, y despues Reina de Portugal, Santa Isabel, que fué hija de D. Pedro 3.º de Aragon, llamado el Grande, y de la Reina Doña Constanza hija de Manfredo rey de las dos Sicilias. La Santa fué pues biznieta por la linea materna del emperador Federico 2.º, y por la paterna nieta de D. Jaime el Conquistador, hermana de D. Alonso 3.º el Liberal, de D. Jaime 2.º llamado el Justo, y de D. Fadrique rey de Sicilia. Llamóse Isabel, segun Dormer, por la reina de Ungria Santa Isabel, hermana de Doña Violante su abuela, muger de D. Jaime el Conquistador. Además de asegurar varios escritores el nacimiento de la Santa en Zaragoza, y aun en el Castillo de la Aljaferia, obra tambien la tradicion de modo que, segun dice Bartolomé Leonardo de Argensola,[75] para que se vean los succesivos esfuerzos de ésta, es de notar que cuando solia acudir muchedumbre de gente para ver el palacio de la Aljaferia, admirándose de las techumbres doradas de las salas, y aposentos reales, los alcaides ó sus llaveros que le declaraban algunas particularidades, para la curiosidad de las que las notaban, llegados á uno muy señalado: «Este aposento (decian) se llama el tocador de la Reina, y nació en él aquella gloriosa Infanta Doña Isabel, que fué Reina de Portugal. Cuan grande autoridad tengan las tradiciones y cuan respetadas sean de los hombres sabios, nadie lo ignora.»