Nunca he dormido tan bien como la primera noche que pasé en aquella modesta alcoba. A pesar de haber dejado abierta la ventana, pues lo permitía la temperatura, no sufrí ruido molesto de ninguna especie. Al contrario, creo que me arrulló suavemente el constante y sonoro toque de campanas.

Desperté temprano, como es mi costumbre, y desde el lecho empecé a admirar de nuevo el grato aspecto de mi balcón florido: las hortensias, con sus esferas de azul y rosa; las azáleas y geránios, con sus variados tonos de rojo y blanco; mas ¿qué era esa flor maravillosa, en el centro de todas, en la cual no había yo reparado la víspera?

Salté del lecho, y ví con sorpresa que no era flor alguna, sino un pájaro que se posaba en el barandal del balcón. Me acerqué con grandísima cautela, por miedo de auyentarlo. Al principio lo tomé por un loro, pero enseguida comprendí que era de mayor tamaño. No intentaré describir su maravilloso plumaje, porque no podría hacerlo. Sólo diré que me hizo la impresión de una joya inmensa, esmaltada con los colores más vivos que puedan imaginarse: verde, azul, rojo, amarillo….

No sé cuanto tiempo permanecí asombrado. Sólo sé que repentinamente experimenté una sensación extraña, una codicia exagerada de poseer tan exótica ave. Sentí lo que debe sentir el ladrón cuando se propone apoderarse de lo ajeno, y me dí plena cuenta, en aquellos instantes, de que cometería cualquier crimen, con tal de hacerme con ese pájaro de rico plumaje. Largo espacio de tiempo permanecí inmóvil, pensando en la mejor manera de llevar a cabo mi intento. El ave movía ligeramente las alas, que brillaban fantásticamente como abanicos de esmeraldas; y con la certeza de que no podría yo asirla viva, decidí darle muerte. Con la mayor cautela, tomé un grueso bastón que solía acompañarme en mis viajes, y conteniendo la respiración y avanzando unos pasos, le asesté tremendo golpe sobre el ala izquierda, que sonó seco y lastimero contra el barandal de hierro. Cayó el pájaro a la calle y yo, por lo pronto, no me atreví a asomarme, temiendo que algún transeunte fuese testigo de mi acción nefanda. Un escalofrío recorrió mi cuerpo; me sentí culpable y avergonzado, como debió sentirse el viejo marinero del poema cuando dió muerte al albatros con su ballesta.

Por fin me asomé. Ni el pájaro yacía en la casi desierta calle ni advertí trazas de sangre en el barandal de la ventana. A poco tuve todo aquello por una alucinación y quedé desconcertado. ¿Sería un preludio de locura?

* * * * *

No pude encontrar en el Archivo de Protocolos de Alcalá del Río los documentos que el Duque de Ayamonte necesitaba, y el encargado de aquella oficina me indicó que quizá obrarían en el de la Catedral. Provisto de una carta de presentación para el Deán, me encaminé al famoso edificio, y desde el momento que penetré en él, olvidé por completo la misión que me llevaba allí. Del Presbiterio al Coro, y de capilla en capilla, fuí recorriendo el templo y admirando las múltiples bellezas que encierra. Como acontece siempre en los recintos históricos, varios guías se ofrecieron a acompañarme, pero yo los rechacé a todos, deseando saborear a solas tanta obra de arte.

Repentinamente oí una exclamación de sorpresa y, volviendo el rostro, me encontré cara a cara con el Padre Montero, mi antiguo condiscípulo, a quien no había visto en cinco años. Fungía de Sacristán mayor de la Catedral y llevaba un manojo de enormes llaves, pues era hora de cerrar el templo, para volver a abrirlo a las tres de la tarde. Inútil me parece relatar el gusto que me dió volver a ver a tan buen amigo mío. Convidóme a almorzar y prometió enseñarme él mismo, después, las mil maravillas que poseía aquel cabildo y que raras veces se exponían al público.

Sonaban las tres, cuando el Padre Montero y yo, empezamos a recorrer el salón de cabildos, las sacristías mayor y menor, la clavería, el camarín de Nuestra Señora de las Rosas, el vestuario y demás dependencias. Sólo con enumerar las múltiples bellezas que me mostró se llenaría un volumen; y cuando creí que había terminado mi visita, me anunció con cierta satisfacción:

—Te falta ver lo principal: el tesoro.