Ante una puerta de roble con remaches de hierro, que al principio creí daría acceso a la escalera de la torre, un canónigo nos esperaba rezando su oficio. Hechas las presentaciones del caso, el Tesorero abrió la pesada puerta de madera, y apareció otra, moderna, semejante a la de una caja fuerte. La abrió a su vez, y en seguida una fuerte reja, que todavía impedía el paso. Pero ni ese aparato de seguridad haría sospechar la riqueza que en aquel aposento se guardaba. Más de una hora permanecimos admirando custodias, cálices, atriles, estatuas y toda clase de joyas, cuyo interés acrecentaban los eruditos informes del canónigo. Súbitamente, dejé escapar un grito de sorpresa. ¡Allí, delante de mis ojos, encerrado dentro de una vitrina y posado dentro de una peaña de oro, se hallaba un pájaro idéntico a mi visitante de aquella mañana! Estaba cuajado de esmeraldas, rubíes, diamantes, en fin, de la más rica pedrería que pueda imaginarse; y labrado todo con tal arte, que a primera vista parecía estar vivo.
Comprendo su emoción, dijo el canónigo. Está reputada esta joya como una de las más notables de que hay noticia. Con decir a usted que el Museo Británico ha ofrecido millones,—así como suena, millones,—por ella, se dará usted cuenta de su alto mérito artístico y valor intrínseco. Pero el Cabildo antes enagenaría todo lo que hemos visto que deshacerse de esta incomparable joya. Fué en un tiempo el adorno principal del templo mayor de los aztecas; uno de los conquistadores de México lo arrancó del altar mismo del famoso Huichilobos, y lo trajo a Carlos V, quien lo donó a esta Santa Iglesia.
Viendo que permanecía yo estupefacto, quiso que mi admiración fuese mayor, y abrió la vitrina para que examinara a mis anchas aquel portento de orfebrería. Tomó la joya en sus manos, y al acercarla a la luz, para mejor mostrármela, exhaló una exclamación de espanto.
—¡Dios me valga! ¿Qué es esto?
¡El papagayo estaba lastimosamente maltratado en el ala izquierda, como si hubiese sido golpeado con un martillo! Imagínese la consternación del canónigo y del sacristán mayor. En cuanto a mí, sentí como si fuera el autor de aquel atentado y temí que lo revelara mi semblante. Pero mis compañeros estaban demasiado ocupados en examinar el desperfecto, para fijarse en mi persona.
—¿Cómo ha podido ser esto? ¿Quién pudo llegar hasta aquí y cometer tan audaz sacrilegio? Exclamaban ambos admirados.
El Tesorero ordenó al Padre Montero que avisase al Deán, y la nueva corrió rápidamente, pues a los pocos momentos acudieron varios canónigos y prebendados, quienes anunciaron que Su Eminencia en persona iría a comprobar con sus propios ojos el inexplicable y audaz atentado.
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Mientras se daban los pasos oportunos para descubrir al autor del delito, dispuso el Cardenal Arzobispo de Alcalá del Río que la maltratada joya fuera guardada dentro de un cofre fuerte que había en el Tesoro, y que hasta nueva orden se suspendiesen las visitas del público.
Oprimido por la vergüenza y el temor, me despedí del Padre Montero, y olvidando por completo la búsqueda de documentos que a la Catedral me había llevado, dirigí mis pasos lentamente hacia mi alojamiento.