Renuncio a describir mi estado de ánimo durante el resto de aquel día. Quise rechazar mi constante preocupación por medio de la lectura, pero dió la casualidad que la única obra que había llevado conmigo era la Historia de Bernal Díaz del Castillo, y ella, lejos de proporcionarme distracción, daba rienda suelta a los más extraños pensamientos. Dejé el libro y salí a pasear por las vegas, hasta el anochecer. Cuando regresé a mi alcoba me sentí calenturiento y me metí entre sábanas; pero sólo logré conciliar intranquilo y mil veces interrumpido sueño. Recuerdo que aquella noche fuí testigo de los episodios más sangrientos de la conquista de México. Los sacerdotes aztecas abrían el pecho de sus víctimas y arrancábanles el corazón, palpitante aún, para ofrecerlo al terrible Huichilobos, que presidía el Cu mayor… Constantemente se oía el rumor de la pelea y arroyos de sangre por todos lados me cercaban… Retumbó en mis oídos el «triste sonido» del tambor que, según Bernal Díaz, podía oírse a dos leguas de distancia, y desperté excitado. La Campana mayor de la Catedral sonaba lúgubremente.
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Con la codiciada aurora, recobré la tranquilidad de espíritu. Trabajé todo el día en el archivo del Cabildo, en donde pude hallar los documentos que buscaba, y hasta llegué a olvidar los extraños sucesos de la víspera.
Pero al llegar a mi habitación en la tarde, encontré que me aguardaba allí el Padre Montero. Al verlo me sentí de nuevo avergonzado y culpable.
—¡Hola! Dije, procurando demostrar completa tranquilidad. ¡Cuánto gusto de verte! ¿Quieres que demos un paseo por las márgenes del río, antes de que llegue la noche?
—Rafael, exclamó, sin hacer caso de mi pregunta. ¿Te acuerdas del papagayo de Huichilobos que viste ayer?
—Sí, dije casi como un reto. ¿Se descubrió ya el autor del atentado?
—Eso no sería fácil en tan corto espacio de tiempo. Lo que quiero contarte, puesto que confío en tu discreción, es lo siguiente: Has de saber que Su Eminencia, que es hombre activo, envió ayer mismo un mensaje a la Corte, para que viniese en seguida uno de los mejores joyeros y restaurase cuanto antes el desperfecto causado al papagayo. Llegó en el tren del medio día y el Deán, el Tesorero y yo hemos ido esta tarde a recoger la joya para entregársela; pero, calcula ¡cuál sería nuestra sorpresa, al abrir el cofre y ver que el papagayo ha desaparecido! Cómo ha podido llegar hasta allí el ladrón, nadie ha podido explicárselo.
Instintivamente nos habíamos acercado a la ventana, pues la puesta de sol prometía ser hermosísima aquella tarde. Las gárgolas y demás partes salientes de la enorme catedral tenían ya perfiles de fuego, y las copas de los árboles de la plazoleta y hasta las hortensias de mi balcón empezaban a teñirse de carmín.
Súbitamente, mi compañero dió un grito de sorpresa. Dirigiendo la mirada hacia el lugar que febrilmente señalaba, ví al Papagayo de Huichilobos, a poca distancia de nosotros, posado sobre un saliente de la torre.