—¡Es idéntico! exclamó.

—No, dije con bastante calma. Es el mismo. Está vivo, pero tiene rota el ala izquierda. Yo mismo se la he roto.

El Padre Montero me miró con extrañeza y ví que sus trémulos labios iban a formular una pregunta; pero en ese momento el ave movió las alas, que brillaron a la luz del ocaso, como si cayera una cascada de gemas dentro de una hoguera, y tendió el vuelo en dirección nuestra. Vino a posarse de nuevo sobre el barandal del balcón. ¡Sí, estaba allí el Papagayo de Huichilobos, al alcance de nuestras manos, y no osábamos tocarlo! Contuvimos la respiración y no nos movimos durante largo espacio de tiempo, fascinados por el inesperado suceso.

Con no sé qué supremo esfuerzo de la voluntad, el Padre Montero súbitamente procuró apresarlo. Pero el ave se le escapó de entre las manos, y tendió el vuelo hacia el Occidente. Yo quedé extasiado, viendo al pájaro alejarse por los aires, lenta y majestuosamente, hasta convertirse en minúsculo punto de luz, hasta perderse en lontananza como si se hundiera con el sol en el horizonte.

Al volver el rostro, advertí que el Padre Montero permanecía inmóvil con la mirada fija en la abierta palma de su mano. En ella brillaban cuatro esmeraldas y tres rubíes de gran tamaño.

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