—Buenos nos los dé Dios. ¿Qué se ofrece?
Padre Hurtado, vengo a ver a usted porque me encuentro en situación difícil. No tengo qué comer. Desde que paró la fábrica….
—Si os metéis en huelgas, interrumpió el religioso.
—No podía yo nada en contra, y tuve que hacer lo que todos los compañeros. El caso es que el trabajo no se reanuda ni lleva trazas de serlo. Me muero de hambre, y aunque a Dios gracias, no tengo nadie que dependa de mí, necesito trabajar. Conozco algo de jardinería….
—Amigo, dijo el Padre Hurtado, en esta casa no tenemos jardín.
—He trabajado como albañil.
—En esta casa, gracias a Dios, no hay reparaciones ni obras que hacer por el momento.
—Padre, yo le ruego, yo le suplico que me proporcione algo. Usted que es un hombre tan práctico….
Hay que advertir que todo este tiempo, el Padre Hurtado casi no había reparado en su interlocutor, pues mientras sostenía el diálogo, seguía haciendo números; pero al notar un leve acento de amargura o de reproche en la última frase del obrero, alzó la vista y lo miró fijamente por algunos instantes.
—Repito, prosiguió, que no tengo trabajo que proporcionarle en esta casa. Pero si quiere usted acudir a nuestro Colegio en Carrión de la Vega, estoy seguro que su Rector, el Padre Rodríguez, le dará todo lo que le haga falta.