—Padre, mil gracias, replicó el hombre. He confesado y comulgado
esta mañana, y estaba seguro que usted me sacaría de apuros. Juan
González le será siempre agradecido. ¿Quisiera usted darme, Padre
Ministro, una carta o papel de recomendación?

El Padre Hurtado tomó una cuartilla, la partió cuidadosamente en dos, guardando una mitad para uso futuro, y trazó en el papel breves renglones. La metió dentro de un sobre, lo cerró y dirigió, y lo entregó a Juan González.

Despidióse éste, y al abrir la puerta para marcharse, lo detuvo el
Padre Hurtado diciéndole:

—Espere un momento, hermano.

Abandonó su escritorio, mojó dos dedos en una pila de agua bendita que colgaba en la pared, y tocó con ellos la mano del obrero, diciéndole cariñosamente;

—¡Vaya con Dios!

El Rector de Carrión de la Vega abrió cuidadosamente el sobre que acababa de entregarle el portero, y extrajo la misiva del Padre Hurtado; la leyó, y sin alzar la cabeza, miró al Hermano por encima de sus espejuelos.

—No entiendo esto, dijo. ¿Quién ha traído este papel?

—Un hombre a quien no conozco. Parece obrero.

—¿No trae ningún mensaje de palabra?