—Nada me ha dicho, Padre.

—¿En dónde está este hombre?

—Espera en la portería.

—Voy a verle.

Ligeramente contrariado, el corpulento Padre Rodríguez se levantó trabajosamente de su asiento, no sin dirigir la mirada al cúmulo de cartas que había sobre el escritorio esperando contestación, y se encaminó a la portería.

—Buenas tardes.

—Buenas tardes, Padre, contestó Juan González, con el rostro iluminado por la esperanza.

—¿Usted ha traído este billete del Padre Hurtado?

-Sí, Señor.

—Y ¿nada le indicó que me dijera de palabra?