—Nada, Padre.
—Es raro. Haga favor de esperar un momento.
El Rector estaba sorprendido. Que un hombre como el Padre Hurtado hubiera escrito esas cuantas palabras, tan faltas de sentido común, era un absurdo. En las galerías immediatas a la portería encontró al Padre Procurador y al Primer Prefecto, quienes, al ver a su superior, levantaron sus birretes respetuosamente.
—El Padre Hurtado se ha vuelto loco, dijo el Rector sin más preámbulo.
—¡Imposible! exclamaron a un tiempo los otros dos.
—Entónces, ¿cómo explican ustedes que me envíe este billete? preguntó, y alargó el papel al Prefecto, quien leyó en voz alta los siguientes renglones:
—"Estimado Padre Rodríguez: Le ruego se sirva dar cristiana sepultura al portador de la presente. Su afmo. Hermano en Xto. Alonso Hurtado, S.J."
Hubo un silencio. El Padre Ministro de Espadal, tenido por el hombre más cuerdo de la Provincia no podía haber escrito esas palabras.
Instintivamente, los tres religiosos se dirigieron a la portería para interrogar a Juan González, seguros de que se trataba de una broma.
Pero Juan González, yacía en el suelo, boca arriba, con los ojos muy abiertos. Dos hilos de sangre negra manchaban su labio superior, y tenía la mano izquierda crispada contra el pecho.