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Los hijos de este siglo, la Sapiencia
Nos enseña, que son muy mas prudentes,
Que no los muy dotados de inocencia,
Para el vivir y trato de las gentes.
Aquellos que no tienen tal prudencia
Perecen con dos mil inconvenientes,
Llevándoles ventaja los osados,
Astutos y sagaces y treznados.
Tan sábio era, y astuto y cauteloso
En su trato y vivienda nuestro Irala,
Que no tiene algun hombre dél quejoso,
Que á todos en amor parece iguala.
Con esto y con su pecho valeroso,
Contrasta cualquier mal, y suerte mala,
Y á su diccion y mando muy rendidos,
A sus contraríos tiene y sometidos.
En paz tiene la tierra, gobernando
Con gran sagacidad y señorío,
La gente rebelada castigando
Con fuerza, maña, y arte y poderío.
Los leales su causa ya juzgando
Por vana presumpcion y desvarío,
Por no tener de España nueva cierta,
Se le entran cada dia por la puerta.
Filipo el Sábio, rey muy poderoso,
Que en suerte el Nuevo Mundo le ha cabido,
Del aumento cristiano codicioso,
Al Paraguay obispo ha proveido,
Del órden Franciscano religioso,
D. Pedro de la Torre es su apellido:
Urue por General vá de la armada,
Que fué para este efecto congregada.
Apréstase el armada muy hermosa,
Y sale de San Lucar, y se entrega
A las ondas del mar brava y sañosa;
Y con un viento próspero navega.
Ha sido en su viage tan dichosa,
Que al Rio de la Plata presto llega,
Sin refriega de mar y sin tormènta,
Que al bueno Dios le ayuda y le sustenta.
Desde Castilla al Rio de la Plata,
Cuarenta dias solos se gastaban,
Y no echaba el piloto en ello cata,
Y el rio los navios embocaban.
El General, llegando, desbarata
De dos navios las obras que sobraban,
Hermosos bergantines quedan hechos,
Y en breve á la Asumpcion fueron derechos.
No quiero aquí tratar el gran contento
Que toda la ciudad ha recibido,
Ni menos la tristeza y el lamento
Del malo, que se vé ya sometido.
Y aunque esto de pasada yo lo cuento,
Muy bien fué en el suceso conocido,
Pues cualquiera rehusa ser mandado;
Que el buey suelto se lame por el prado.
Irala como vé que está con miedo
El triste del Obispo, y que la féria
Por él corre, contento, alegre y ledo,
Mudando muy en breve la materia,
Le dice, mi Señor, en cuanto puedo
Trabajo, que salgamos de lacéria,
Buscando si hay riquezas en la tierra,
Mas tengo gran trabajo con la guerra.
El santo del Obispo sonriendo,
Con un blando semblante respondia
A lo que Irala iba repartiendo,
Que ya su condicion bien conocia:
Bien á la propia suya resistiendo,
Porque de Irala mucho se temia,
Procura de sufrir, pues se vé solo,
Y todos contra él con fraude y dolo.
En esto de Castilla, ¡Dios eterno,
Cuan grande es, y cuan alta tu sapiencia!
Al Irala le envian el gobierno;
Mas sobreviene luego una dolencia,
Y no pudo durar solo un invierno:
Que el que con fraude obtuvo la potencia
Los veinticuatro años con tal daño,
No dura con derecho solo un año.
Despues de Irala muerto, se juntaron
En una iglesia todos, y eligieron,
De doce caballeros que nombraron,
Los cuatro, cuyos nombres escribíeron:
Por opuestos aquestos señalaron,
Los vecinos sus votos aquí dieron.
Salió Francisco Ortiz, el de Vergara,
Que con hija de Irala se casára.
Su hermano, que es Rui Diaz, habitaba
En Guayra en este tiempo, retirado
De Irala, que con él mal se llevaba:
Allí poblando se ha fortificado,
Y de allí con su gente conquistaba
Los indios, y en la tierra apoderado
Procura atravesar á San Vicente,
Con ánimo crecido y poca gente.
La costa del Brasil está temblando,
Sabiendo de Rui Diaz la venida,
Que piensan que se viene apoderando
De todo lo que halla de corrida:
Pues saben como ha andado conquistando,
Y que tiene la tierra así rendida;
Y no sabe que quiere Melgarejo:
Mas ved en que ha parado su consejo.
Allega á San Vicente, dó Cupido
Desembraza cruel su flecha dira,
Y hácele quedar preso y rendido
Al rostro angelical de Doña Elvira.
Quien indios y españoles ha vencido,
Vencido y muerto queda, porque mira.
¡Y piensas tú, Cupido, no lo fueras,
Mirando á Doña Elvira de Contreras!
De Medellin saliò la dama bella,
De conocida, casta y gente clara:
Y aunque fué en hermosura linda estrella,
Fortuna se mostró con ella avara.
Procura el capitan luego con ella
Casarse, mas la muerte la llevára
Entonces, y no diera mala cuenta,
Causándose á si misma tanta afrenta.
Casóse en mal punto, y en hora mala,
Dios sabe lo que siento en escribillo.
Amor, que con lo bajo lo alto iguala,
La hace aficionarse á Juan Carrillo.
Cojélos Melgarejo en una sala,
Y como no es el caso de sufrillo,
Aunque la dama es tal, y el galan viejo,
A entrambos los ha muerto Melgarejo.
Entrando el capitan en su aposento,
Al adultero mató de una estocada:
La dama viene al grito con lamento,
La gente viene al grito alborotada:
Ayudanla á matar, ó crudo cuento,
¡Qué no hay quien te defienda, desdichada!
Fenece la extremada hermosura
En el colmo de extrema desventura.
Vergara y el Obispo se han movido,
En esto de salir, que no debieran,
Al Perú: pero habiendo ya venido
A Santa Cruz, dó nunca ellos vinieran;
Allí les fuè por Chaves impedido
El camino: yo creo que si pudieran
Pasar, ellos pasáran; mas yo hallo
Que en propio muladar bien canta el gallo.
El Chaves á los Charcas va y camina,
Dejándose á los pobres muy llorosos.
Tras él salen despues, y de una mina
Llevaron grandes muestras muy gozosos.
Ensayase el metal, y plata fina
Se saca, que movió á los codiciosos;
Y entre ellos Juan Ortiz Pica, pensando
Ganar honra y dinero gobernando.
El licenciado Castro gobernaba;
Y vista la intencion del perulero,
Y que en aqueste caso el importaba
Por tener abundancia de dinero.
El gobierno argentino le encargaba
Quitándosele al pobre caballero:
El cual como se vido descompuesto
A Castilla se vino muy dispuesto.[61]
Matienzo el Presidente no repugna
En esto; que formando una quimera,
En el cuerno le pone de la luna
Al Argentino reino y su ribera:
Y dice, que no puede haber alguna
Provincia de riqueza en tal manera,
Cual esta; aunque rodeen todo el mundo
Entre el polo primero y el segundo.
Y aun dice un dicho necio, y he de decillo,
Pues ví con juramento yo afirmarlo,
Y prometí yo á muchos de escribillo,
Ni quiere mi Argentina aquí callarlo.
"Si fuera yo Filipo, á ese Turquillo[62]
Habia con España de dejallo,
Decia, por gozar de tanta tierra,
Tan bella y apacible, y tan sin guerra."
Con estos desatinos que decia,
Que muy grande aficion al Argentino
Mostraba el Presidente que tenia,
Procuran de volverse en su camino
El Obispo, y teniente que ponia
En su lugar Ortiz el zaratino;
Que es Cáceres, un hombre bullicioso,
Amigo de mandar y sedicioso.
El Juan Ortiz se parte para Lima,
Con título y blason de Adelantado:
De barras lleva hecha grande rima,
Que sabe Dios cual él las ha juntado.
Aquesto le causaba gran estima,
Y ser de todo él mundo respetado:
Que tanto de valor cualquiera abarca,
Cuanto tiene dineros en el arca.
De Lima se partió muy placentero
Por ver que le es fortuna favorable;
A Panamá camina muy ligero,
Con viento en popa suave y amigable
Allega á Panamá con su dinero,
Y en breve lo vereis muy miserable:
Que fé ninguna tengo, ni confianza
En fortuna, que es cierta su mudanza.
En nombre de Dios parte á Cartagena,
Y entrega su fortuna á una fragata.
El Francés esto tiene á dicha buena,
Que le ha sido la presa muy barata.
Encuéntrale, "y amaina vela, antena,
Le dice, y deja, amigo, aquí la plata,
Sino quieres dejar tambien la vida,
A vueltas de la plata aquí perdida."
Amainan á pesar vela y trinquete,
Rendidos del Francés y su pujanza,
Ni queda marinero ni grumete,
Que no pierda del todo la esperanza.
La vida á Juan Ortiz allí promete,
Mas pierde de la plata la confianza.
La vela dá el Francés, desque le quita
La plata, y con placer picando grita.
Quien vido á Juan Ortiz lo que hacia,
Pudiera no moverse á crudo duelo.
Los suspiros que daba los ponia
Con gran sentimiento allá en el suelo:
Sus carnes tan heladas las tenia
Como la pura nieve y duro yelo,
Y dice: "¡Cuan en breve aquí he perdido,
Lo que en tan largos años he adquirido!"
De mas de ochenta mil pesos pasaron
Los que el Francés sacó de aquesta feria.
En Cartagena amigos ayudaron
A Zarate á salir de su laceria:
Qué muchos de su mal se constritaron,
Por verle haber venido á tal miseria:
Que para asar, cocer, freir, decia,
Que en mucha cantidad barras tenia.
Con este desastrado desbarate,
Y desdichado fin y mal suceso,
A Castilla se viene el de Zarate,
Sin sacar de su plata un solo peso.
No teme que el Francés le desbarate:
Qué el pobre del ladron jamas es leso;
Mas antes caminando á su albedrio,
Delante del ladron canta vacio.
Llegado á España, el Rey le ha confirmado
Lo que Castro le dió, y por mas pago
A Zarate vereis ya señalado
En los pechos con cruz de Santiago.
Habiendo mucha gente congregado,
Se entregan al feroz y hondo lago.
Diráse en su lugar de aquesta armada,
Volvamos á la história comenzada.
Al Cáceres y Obispo revolviendo,
Llegan á Santa Cruz, que de la Sierra
Se llama; dó discordia, descogendo
Sus velas, ha causado tanta guerra
Entre los dos, que el odio ya creciendo,
Los huesos uno al otro desentierra,
Y mas que unas berceras en cantillo
Se tratan, que es vergüenza de escribillo.
De Santa Cruz salieron, procurando
Llegar al Paraguay con gran presteza;
Y aunque las dos cabezas caminando
Van juntos por la tierra de aspereza,
No van cosa ninguna conversando,
Que en mala voluntad tienen firmeza.
Llegando á la Asumpcion muy brevemente
Lo que pasó dirá el canto siguiente.
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CANTO SEPTIMO.
Llegan à la Asumpcion el Obispo y General. Prende el General al Obispo, y despues el Obispo al General, y llevàndole á Castilla, muere el Obispo.
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Sentencia es celebrada, llana y clara,
Que todo hombre que anda en malos pasos
Al fin de la jornada siempre pára
En mal con desastrado fin y casos.[63]
Con el mando, poder, y con la vara,
El Cáceres echaba contrapaso,
Al santo del Obispo: mas tenia
Un provisor que mal los recibia.
Aunque el Obispo era mal sufrido,
No era codicioso de venganza.
Segovia, el provisor, no ha consentido
A Cáceres crecer en su pujanza;
Mas antes con un odio encrudecido
Le mete, como dicen, bien la lanza,
Tomando informaciones y testigos:
A Cáceres lo dicen sus amigos.
Un hombre, que Daroca se llamaba,
Que del Perú sacó en su compañía
El Obispo, en el pueblo publicaba
Contra el Obispo mal en demasía:
Mil cosas en escrito denunciaba
Al Cáceres, que bien las recibía:
Con que publican todos por estenso,
Que el bueno del Obispo está suspenso.
Al provisor metió en un aposento
El General, con grillos remachados,
El comer al Obispo y el sustento
Le quita; que no son hombres osados
A darle un jarro de agua, que al momento
El servicio y los indios son quitados:
Y por mayor baldon y mas afrenta,
Al Obispo le priva de su renta.
A Pedro de Esquivel, un caballero
De bella compostura y bella traza,
Amigo del Obispo y compañero,
(Por sola su pasion) le prende y caza.
Con el Obispo ser particionero
En su prisión afirma, y en la plaza
Le corta la cabeza, y en picota
La fija, y de traidor le reta y nota.
La traicion de Esquivel está fundada
En una informacion que ha fulminado,
En que el Obispo y él, de mano armada
Conciertan de prenderle: ha concertado
Que el triste del Obispo en su posada
Estè sobre fianzas encerrado.
En la iglesia el Obispo está rezando,
Y oid lo que está el malo publicando.
En pregon dice: "Pena de la vida,
A la Iglesia mayor nadie se atreva
Por hoy ir, porque es cosa conocida,
Que el Obispo intencion muy mala lleva.
Y pues que la tenemos ya sabida,
No habernos menester, dice, mas prueba."
Ayala su alguacil vá prestamente
Al templo para echar fuera la gente.
¡O Marqués! destos casos escribano,
En dó toda maldad pura se encierra,
Secáriase primero aquesta mano,
Que escribiera escriptura mala y perra.
Mas ¡ay! como el juicio soberano
Para castigo tuyo envia á Guerra
Obispo, que poniéndote en cadena[64]
A tí, y tu hacienda lleva pena.
Al fin, pues, ya del templo consagrado,
Diciendo mil oprobios y baldones,
Y falsos testimonios del Prelado,
Por solos sus rencores y pasiones,
Expelen al cristiano arrodillado,
Haciéndole que salga á rempujones.
Forzándola á salir la puerta afuera,
Una dama hablò de esta manera.
¡Pues no son poderosos los maridos!
Pidamosles las armas, y volvamos
Por la honra de Dios. Y con gemidos
Decía:—no conviene consintamos
Aquestos maleficios conocidos;
Y todas al prelado defendamos.[65]
Que mas vale morir honrosa muerte,
Que un mal disimular de aquesta suerte.
Poblado está de màrtires el cielo
Que por honra de Dios han padecido;
De su sangre està lleno todo el suelo,
Que infieles y tiranos han vertido:
Tomemos pues con esto gran consuelo,
Que Dios dà gloria à aquel que ha merecido.
Y pues sabemos que este es un tirano,
Volvamos por el nombre de cristiano.
Con sobrado valor y pecho osado,
Otra dàma hablò de esta manera:—
De aqueste lugar santo consagrado,
Nadie me hará salir de aquì afuera;
Ni consentir yo tengo que al Prelado
Agravien, sin que yo primero muera:
Que à mí, que soy su oveja, su fatiga,
A condolerme de ella bien me obliga.
A mis padres, hablando de Castilla
Y de santas histórias, tengo oido
De la sábia Judith, si sè decilla,
Que bien veis que en la tierra soy nacida;
Aquella grande hazaña y maravilla
Que hizo, por dò nombre ha merecido
Tan alto, que la Iglesia la pregona
Por dechado de fuertes y corona.
Holofernes soberbio, crudo, altivo,
Tenia la ciudad desta cercada;
Al nombre hebraico era muy nocivo
Con su fuerza, poder y cruda espada:
Estaba al punto ya de ser cautivo
El pueblo, y la ciudad desconsolada;
Judith de remediarla deseosa
Saliò por el ejército animosa.
La gente de Holofernes que la vido,
Al punto se la hubo presentado,
Diciendo, á buena parte hemos venido,
¿Quien hay que no pelee muy de grado?
Al Holofernes bien le ha parecido,
Y cenando y bebiendo, se ha embriagado:
La noche sobreviene, y se dormia
Con el vino abundante que bebia.
Judith, que esta ocasion consideraba,
La cabeza le corta, y con secreto
Saliò con la criada que llevaba:
Librando de esta suerte del aprieto
A su pueblo, en que vió ella que estaba.
El prémio ha recibido, mas perfecto;
Y pues vemos que el prèmio ya nos llama,
Dejemos de nosotras grande fama.
El triste doloroso del Prelado
A su casa se vuelve, no cesando
De gemir y llorar muy congojado,
Por ver su oveja irse condenando.
Allí le hace estar emparedado;
Con barro las ventanas le tapando:
Fianzas dà el Obispo que estaria
En su casa, y que de ella no saldria.
Mas teniendo noticia que querian
Echarle de la tierra, se ha salido
Huyendo á media noche, y acudian
Algunos en su busca, dò escondido
Estaba, y los mosquitos le comian,
Que en toda aquella noche no ha dormido.
A su casa le vuelven, dó se queda,
En tanto que fortuna vuelve y rueda.
El Cáceres estaba tan furioso,
Tan altivo, soberbio y endiablado,
Que no tiene en sì mismo algun reposo,
Ni puede estar momento reposado.
Del Provisor estando receloso,
Por ver que era sagaz y redoblado,
Acuerda de embarcarle en un navìo,
Y él bajase así mismo por el rio.
Bajò con intencion de despacharle
Al Perú, por sacarle de la tierra;
Mas no halla manera de enviarle:
Por dó su voluntad en esto cierra,
Que dos ò tres procuren de fiarle:
Con esta condicion no lo destierra,
Mas suelto el Provisor del crudo lazo,
Sacude, como dicen, zapatazo.
Teniendo, pues, la causa fulminada,
Juntaron de mancebos gran canalla,
Que es gente para todo aparejada,
De españoles tambien parte se halla,
A quien noticia fuè del caso dada:
No hace Fray Francisco Ocampo falla,
Que aunque al principio fué de la otra parte,
Aquì lleva el guion y el estandarte.
En casa de Segovia se juntaron
De noche, con secreto sin ruido;
Entre todos allí se concertaron,
Y el caso fué de breve concluido.
Que Cáceres se prenda concertaron,
Y esperan á que sea amanecido.
Una vision al punto que amanece
Encima de la iglesia se aparece.
A mirar la vision los que salieron
A un patio dò el Segovia reparaba,
Un Angel relumbrando todos vieron,
Que parece una espada desnudaba.
Muchos aquesto mismo me dijeron;
Y el Angel parecia que amagaba
Con la espada desnuda que tenia,
Y golpes hàcia abajo sacudia.
El Cáceres venido pues à misa,
Entrò la turba multa muy derecha,
Echó à Càceres mano muy à prisa,
Y algunos de los suyos no aprovecha;
Que el negocio seguìa ya de guisa,
Que cada cual à puja mano le echa;
Y al fin preso le llevan muy de vuelo,
Sin dejarle llegar los pies al suelo.
Con voz del Santo Oficio y apellido
Le prenden, y eso suena su proceso:
En un punto se vé el pobre afligido,
Con miserable fin del mal exceso.
¡Quien duda que estaba arrepentido,
En contemplar el triste aquel suceso!
Que el solo conocer su grave culpa,
Es lo que al pecador mas le disculpa.
Su pompa, presuncion, y bizarria,
Fenece con muy vìl abatimiento:
Que cosa cierta es que no podia
Para siempre durar su ensalzamiento.
Un negro que este Càceres tenia
Habiendo visto aqueste acaecimiento,
Tened dijo, Señor, la barba queda,
Que el mundo de esta suerte corre y rueda.
Teniéndole pues preso y arecado,
Nombrado otro teniente entra en consejo,
Y tratan quien lo lleve aprisionado
A España con presteza y aparejo;
Que vaya luego fuè determinado
El capitan Rui Diaz Melgarejo,
Que no se huelga poco de este hecho,
Y piensa sacar de ello algun provecho.
El Obispo tambien se determina
Con ànimo de ver à nuestra España:
Y aunque dicen algunos desatina,
Y que su ida á la tierra mucho daña,
Empero dicen otros que lo atina,
Porque él preso no use alguna maña,
Con que se suelte y libre de cadena,
Y cause al santo Obispo cruda pena.
El teniente que nombran se decia
Martin Suarez, noble caballero:
Al Càceres muy mucho aborrecia,
A asì en le desechar es el primero.
De presto un navichuelo componia,
Y puesto brevemente en astillero
Despacha al preso en este, procurando
Quedarse por señor, y gobernando.
Tambien en compañia fué ordenado
Que saliese Garay que lo desea:
Aquì tuvo principio, y ha probado
En la guerra muy bien y en la pelea;
Mas nunca supo ser considerado.
Su tiempo le vendrá, cuando se lea
El fin en que paró su desventura,
Por quererse seguir por su locura.
Saliò de la Asumpcion la caravela
Con otro bergantin acompañada,
Izan antenas, dan al viento vela,
La nave por el sur es gobernada.
Con el viento y corriente tanto vuela
Que en breve à S. Gabriel fuera llegada,
A dó se declaró para Castilla,
Con Cáceres, Obispo y su cuadrilla.
Garay el rio arriba se ha tornado,
Y puebla á Santa Fé ciudad famosa:[66]
La gente que está en torno ha conquistado,
Que es de ànimo costante y belicosa.
Los Argentinos mozos han probado
Allì su fuerza brava y rigurosa,
Poblando con soberbia y fuerte mano
La propia tierra y sitio del pagano.
Estando Santa Fé ya bien poblada,
Garay bajó à Gaboto por el rio,
Geronimo y su gente en la llanada[67]
Estaban, que venian con gran pio
De hacer en el rio su morada.
Garay no osa salir de su navio,
Aunque es de los de Córdoba rogado:
Del agua y de la tierra se han hablado.
Del una parte y de otra ha habido dones,
Los ánimos mostrando halagueños,
Empero por quitarse de pasiones,
No salen del batel los paragueños.
Partieron sin mostrar los escuadrones,
A nuestro parecer, torcidos ceños:
Mas dejan los de Còrdoba fijada,
Por señal una cruz de su llegada.
A Córdoba llegando el de Cabrera,
La nueva le ha llegado que ha venido
Abrego à gobernar, que no debiera,
Pues tan mal á los dos ha sucedido.
El Abreu como llega le prendiera,
Y preso su negocio ha fenecido;
De suerte, que quitandole la vida
Le deja su memoria obscurecida.
Garay quitó la cruz de aquel asiento,
Dó quedó por Cabrera levantada,
Que sabe que es su intento y fundamento
Dejar la posesion allì tomada.
Con esto, él y su gente con contento
Se vuelven à su asiento, y su morada,
Que es dicho Santa Fé, tierra muy llana,
Y à Tucuman y Córdoba cercana.
El Obispo al Brasil en breve llega
Con su preso, y la gente, aunque temieron
En golfo y alta mar la gran refriega,
En San Vicente alegres pues surgieron,
A dò al preso el Obispo da y entrega
A gentes, que encerrado le tuvieron:
El cual de la prision se ha escabullido,
Y anduvo algunos dias escondido.
De à poco, precediendo excomuniones,
El Càceres ha sido descubierto,
Y puesto en un navio con prisiones,
Para Castilla sale de aquel puerto.
De enfermedad, congojas y pasiones,
Fray Pedro de la Torre ha sido muerto,
Dejando grande fama en San Vicente,
De grande religioso y continente.
Muy pùblico en la costa se decia,
Que al tiempo que murió aqueste prelado
La pieza y aposento mucho olia,[68]
Y el sepulcro dó fuera sepultado.
Aquel que en la mortaja le envolvia,
Conjuramento lo ha testificado,
Y así lo dicen hoy los lusitanos,
Que muerto, bien le olian pies y manos.
Ya Juan Ortiz de Zàrate está dando
Gran priesa, y que me acuerde que ha partido,
Me dice, y que ya viene navegando;
Que cumpla lo que tengo prometido.
De solo me acordar ya está temblando
La mano; que en pensar que he padecido
Calamidad tan grande y tal miseria,
Temor tengo de verme en otra feria.
Y así por no acordarme de tal llanto,
De tan crudo dolor y triste suerte,
Quisiera fenecer con este canto,
Que dudo que mi pluma bota acierte.
Que puesta la memoria en el quebranto,
Cuando me ví tan cerca de la muerte,
Temo se ofuscarà; pero digamos
Las tristes desventuras que pasamos.
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