CANTO OCTAVO.
Sale Juan Ortiz de Castilla, llega à Canaria, y de ahí á Cabo Verde, de adonde viene en demanda de la isla de Santa Catalina.
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Al tiempo que alas cobra la hormiga
Le viene su remate y perdimiento.[69]
Fortuna à Juan Ortiz ha sido amiga
Desde el orígen suyo y nacimiento;
Mas ya le comenzó à ser enemiga,
Al punto de su vano pensamiento:
Que las altivas alas que tenia,
Ya vimos que el francés las abatìa.
Fortuna acá y allà yendo y viniendo,
En la corte le pone en tal estado,
Que aunque á la sazon està rigendo,
Le tiene al parecer desbaratado.
Con todo, de sus mañas se valiendo,
Con tìtulo y blason de Adelantado
Del puerto de San Lucar se salia,
Y el año de setenta y dos corria.
Con el ìban solteros y casados,
Casadas y doncellas de viage,
En tres navios mal aderezados,
Con una zabra mala y de mal trage.
Al parecer à muerte condenados,
Con otros quince ó veinte en un patage.
Mas estos mejor dicha al fin tuvieron,
Que en tierra del Brasil libres surgieron.
Camina pues la armada algunas leguas,
Entregada á las ondas de Neptuno,
Y engolfada en el golfo de las Yeguas,
Sucede un vendaval tan importuno,
Que si Dios no pusiera presto treguas,
De todos no escapàra ni solo uno:
Y viendo andar el mar por las estrellas,
De temor lloran hombres y doncellas.
La noche muy obscura, la mar brava,
El viento vendaval muy presuroso
Soplaba y de temor cualquiera traba
Del otro por valerse deseoso:
Y mientras esta furia reposaba,
Los pilotos amainan sin reposo.
Las naves van volando ya sin guia,
Mientras que cesa el viento su porfia.
Y despues que cesò la furia y viento,
(Habiendo ya su término corrido)
La gente alborotada, del tormento
Temor y desconsuelo padecido,
Decia con un ronco y flaco aliento,
"Si habemos del peligro ya salido."
Allì muchas promesas publicaron,
Que en el temor pasado à Dios votaron.
Despues, dando lugar el gran Neptuno
A que fuesen sus ondas navegadas,
Con muy próspero viento y oportuno,
A cabo de cien leguas caminadas,
Descubrimos del bárbaro importuno
La costa, con sus tierras malhadadas.
Era una tierra larga, baja y llana,
Que tiene por renombre Tafetana.
Dejando aquesta costa á izquierda mano,
Despues de veinte y cinco dias pasados
De nuestro navegar por el Oceano,
De vanas esperanzas confiados,
A la Gomera un dia muy temprano
Llegamos, los peligros olvidados:
Que pasado el peligro, olvida luego
El marchante el voto, prece y ruego.
Aquì estuvo el armada reposando
Tres dias no cabales, que corria
Buen viento, que nos iba convidando
A tener regocijo y alegría.
Del puerto, pues, à prisa se levando,
Navega á Cabo Verde recta via:
Mas el viento y pilotos yerran tanto,
Que el gozo se volvió muy presto en llanto.
Andaban los navíos sin concierto,
Arando el importuno y largo lago;
Ya caminan derecho, ya muy tuerto,
Al fin toman la isla de Santiago.
Es isla muy alegre con buen puerto;
Mas yo à mi obligacion no satisfago,
Si no fuerzo á escribir yo aquí mi pluma,
Su temple y compostura en breve suma.
El sitio es apacible y deleitoso,
La gente muy lucida y muy galana,
Por el ingles cosario y belicoso,
En ronda suele andar cada mañana.
Enfermo es el asiento y peligroso,
Por el calor la gente no está sana,
Mas viven á placer los lusitanos,
Contentos, muy alegres, muy ufanos.
A mi posada vino un caballero
De buena compostura y bien tratado,
Alegre, conversable y placentero,
Y con una encomienda señalado.
Tiene una negra allí mucho dinero,
Con ella se casò el desventurado.
¡Mirad pues el dinero à cuanto obliga!
Que sufre este en sus ojos una viga.
Partióse de este puerto Santiago
En breve con un próspero y buen viento:
Mas entrando á la mar y grande lago,
Calmó, y todos perdieron el contento.
Algunos lo tuvieran por buen pago
A España se tornar, porque el aliento
Faltaba, desque entienden alargarse
El tiempo, y la jornada no acabarse.
A la lìnea en aquesto se acercaron,
A dó (con aguaceros que tuvieron)
Al piè de quince dias mal pasaron,
Y algunos en la línea se murieron.
Despues de aqueste tiempo la doblaron,
Y en demanda al Brasil las velas dieron.
Mas no vieron la costa de sus ojos,
Huyendo de no dar en los Abrojos.[70]
Los diez eran de Marzo ya pasados,
Cuando toman los campos nuevo trage,
Y vuelve por sus pasos compasados
El gran Apolo à España su viage.
En este tiempo fueron desviados
Los unos de los otros, y el patage
Con viento y aguaceros se apartaba,
Y en costa del Brasil puerto tomaba.
En San Vicente salta, dó han hallado
La gente del Obispo y Melgarejo,
Del armada de Zàrate han contado,
De sus armas, pertrechos y aparejo:
Rui Diaz les ha à todos convidado,
Que se vuelvan con èl: este consejo
Algunos del patage lo tomaron,
Mas otros en el puerto se quedaron.
Pudieran bien decir los doloridos,
Estando en San Vicente reposados,
Si nosotros no fueramos perdidos,
Por ser de nuestra flota ya apartados,
O fueramos de hambre consumidos,
O muertos de los indios y acabados;
Y cierto para haber de guarecernos
El medio mas seguro fuè perdernos.
El armada con pena navegando,
A veinte y uno de Marzo una mañana,
Antes de aquella Pascua, en que llorando
Buscaba al buen Jesus de Marta hermana,
La tierra se descubre, y vela dando,
En breve se llegò, que está cercana:
Mas no se toma puerto, que buscaban
A donde le tomar, y no le hallaban.
Andando los pilotos vacilando
En luengo de la costa, cada dia
Sus cartas y roteros remirando,
Por ver donde el armada surgiria:
Sus grados y sus puntos cotejando,
Anclaron en Abril tercero dia
En una playa y puerto sin abrigo,
Que es dicho por renombre D. Rodrigo.
Su cara mostrò Febo muy cubierta
Aquì, cuando se entraba en occidente:
La noche obscurecida como puerta
De muy profunda cueva dò no hay gente.
Neptuno muy sañoso se despierta,
Y à las aguas comienza bravamente
A mandar, que se muevan alteradas
Del sur, y en altos montes levantadas.
Ni el Puerto Pico, ó Sierra Mariana,
Ni Teide, ò Potosí, ni el Atumare,
Ni el volcan de Arequipa, ni Lupana,
Ni el alto monte ó sierra de Lambare,
Ni Villuerca, ni Sierra Verzocana,
Se puede ya hallar que se compare
A los montes y sierras que formaba
En alta mar el viento que bramaba.
Estaba el Almirante del armada
Con solo un cable y ancla: el porfiado
E importuno sur desamarrada
La lleva, habiendo el cable reventado.
La nave por la mar andaba errada,
El piloto no acierta de turbado
A decir ni mandar lo que conviene,
Que en el alma metido el miedo tiene.
Con este temporal tan peligroso
La nave sobre tierra va volviendo:
El viento con su impetu furioso,
Las velas en un punto descojendo,
Hace volver la popa sin reposo
A tierra, y el mar adentro vá corriendo.
La gente alborotada sin consuelo,
Levantan alaridos hasta el cielo.
Quedan la capitana y vizcaina
En gran peligro surtas junto á tierra:
Mas luego en un momento muy aína
La vizcaina el ancla desafierra:
Agarrando dos leguas ya camina
En luengo de una costa y de una sierra;
Mas no se osa meter en la mar brava
Con el temor de la agua que faltaba.
El Almirante sale al mar sañoso,
Del importuno viento sacudido:
La gente clama al Alto Poderoso
Con voces, gritos, llantos y alarido.
El sexo femenil mas doloroso,
Causaba fuese el caso dolorido,
Que tantos alaridos levantaban,
Que la tormenta mas acrecentaban.
En demanda del Rio de la Plata
Se leva de este puerto que he contado
La flota; mas el sur ya se desata
Con un furor terrible acelerado:
Y viendo que este viento desbarata,
Y hace desandar lo que está andado,
Procura de tomar puerto la flota,
Con fin de desistir de su derrota.
Y tanto el bravo viento los aqueja,
Que se siguen tras él desconfiados
De su recto viage, que se deja,
Por ser del vendabal tan contrastados.
La capitana un poco mas se aleja,
Y surge con sus naves á los lados,
Si no es el almiranta, que apartada
Surgió en una bahía no abrigada.
Del almiranta á tierra sale luego
Alguna gente, y halla las pisadas
Del indio, por dó siguen, aunque ciego
El camino, y las yerbas mal holladas,
A la señal, y humo de un gran fuego
Descubren unas gentes congregadas
De nación Guaraní, que recibieron
A los nuestros muy bien, y les sirvieron.
Las cosas, que tenian ofrecidas
A los nuestros, con ellos se metieron
En la barca con flechas muy crecidas,
Y en trueco de rescates las vendieron.
Sus carnes, de aire y sol ennegrecidas,
Algunos españoles las cubrieron;
Que estima esta nacion mucho cubrirse,
Y à nuestro modo y forma de vestirse.
De aquestos se tomó lengua y aviso,
Mayormente de un indio ya muy viejo;
A Santa Catalina de improviso,
Que vayan les ha dado por consejo,
Y èl propio ir á mostrar el puerto quiso:
Y viendo tal recado y aparejo,
Las naves en un punto se levaron,
Y en luengo de la costa navegaron.
Surgieron en el puerto que es llamado
Ayumirì, que es boca angosta ò chica,
Del isla hacia el este; al otro lado
Està la tierra firme en forma oblica.
La flota procurando lo abrigado,
Dejando el primer puesto allá se aplica,
Adonde hace el mar una ensenada
En forma de la luna de menguada.
Aquì puerto y lugar aparejado
Para surgir mil naves está bueno:
Entre la isla y la tierra va ensenado,
Un golfo de pescados todo lleno;
De una parte y otra reguardado
De vientos, todo alegre y muy ameno.
Empero del armada Zaratina
Aquí fuè la caida y grande ruina.
Aquí reposaremos sin reposo.
Que mal pueden tenerlo los hambrientos.
Trataremos del trance doloroso
De la infeliz armada, y sus descuentos:
Hambre, muerte, tristeza, lacrimoso
Planto, suspiros, gritos y lamentos,
Daràn subiecto cierto al nono canto,
O por mejor decir al nono planto.
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CANTO NONO.
En este canto se cuenta la grande hambre de la isla de Santa Catalina, con las desventuras lastimosas que en ella se padecieron.
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Oíd, las damas bellas, este canto,
A quien ha repartido la natura
De su grande valor, y bienes tanto,
Que se huelga de ver ya su hechura;
Causaros ha á vosotras mas espanto,
Por ser de delicada compostura,
Y llorareis con migo un mal tamaño,
De desastrado fin y crudo daño.
El canto vuestro es, pues que contiene
De damas y galanes la caida:
Por tanto el ofrecerosle conviene,
Porque de vuestro ser el tome vida.
Haced con vuestra fuerza que no pene
Aquel que le leyere, pues rendida
De este siglo teneis la mayor parte,
Con vuestra gran belleza, industria y arte.
En el pasado canto recontamos
Del puerto que tomó el Zaratino:
Escuchad pues agora que contamos
El fin tan desastrado que le vino.
En esta tierra, y puerto que tratamos,
El triste Adelantado fuè mohido,
Que bien cierto està, el pobre procuraba
El bien, mas la codicia le cegaba.
Saliò à tierra del isla, deseoso
De dar remate y fin à su fatiga:
Su hado le es contrario y envidioso,
Y fortuna le fué muy enemiga.
Por el tiempo contrario le es forzoso
Tomar aquesta tierra, y aun se obliga
A echar toda la gente un dia en tierra
Al pié de una montuna y alta sierra.
Celebraba la iglesia aqueste dia
Del Corpus, fiesta santa señalada:
Celebróse con gozo y alegria
La fiesta del Señor tan celebrada.
Por esta causa al puerto se ponia
Por nombre Corpus Christi, y es nombrada.
Santa Catalina: es isla sin ventura
De tantos españoles sepultura.
De à poco se partió el Adelantado
Con mas de ochenta hombres escogidos,
Al puerto de Ibiacá que està poblado,
Dejando à los demas muy desabridos.
Consejo fué cierto este mal guiado;
Y así los que quedaron son perdidos,
Que ni armas, ni comida les quedaba,
Y la fuerza ya à todos les faltaba.
Quedaron en la isla á buena cuenta
Docientos y cincuenta, ó mas soldados,
Casadas y doncellas hay cincuenta,
Sujetas á miseria y tristes hados.
En ver que Juan Ortiz de alli se ausenta,
Algunos de temor estan turbados,
Y su temor se dicen y publican,
Que cruda muerte y hambre pronostican.
Quedò por capitan aquí nombrado
Un Pablo Santiago; pues camina
Al puerto de Ibiacà el Adelantado,
Que es tierra muy cercana y bien vecina:
Y así el propio dia hubo llegado,
Sin suceder desastre ni mohina.
Los indios salen presto á recibillos,
Y danles de comer á dos carrillos.
En el isla no comen tan à prisa,
Que la racion se dá por grande tasa:
Seis onzas de harina solas guisa
El pobre del soldado y las amasa.
A nuestro Adelantado se le avisa
Que la racion es corta y muy escasa:
Mas el que está seguro en talanquera,
Muy poco se le dà que el otro muera.
En este tiempo cinco se han huido.
Gallegos de nacion, y un castellano
De su negocio parte hubo sabido,
Segun jurò y depuso ante escribano.
Aqueste, en esta culpa convencido,
Alega su inocencia, mas en vano,
Que en una horca luego le pusieron,
Y los cinco isla adentro se metieron.
Un portugues mulato marinero,
Con otros tres grumetes y un soldado,
Huyeron por la isla; mas empero
El piloto mayor cuatro ha hallado:
Entre ellos el mulato es el primero,
Que alega ser de grados ordenado.
A muerte les condenan, mas la muerte
Previénele primero por su suerte.
El soldado llegó casi ya muerto,
Y asì no se le hizo de esto cargo,
Que el dia que llegò en aqueste puerto
El ùltimo remate de descargo
Le vino de su bueno ó mal concierto.
El uno de los tres se hizo à largo;
De suerte que jamas hueso ni pelo,
Se supo dél por mar ni por el suelo.
Los otros dos grumetes que quedaron,
Por ser con el mulato en la huida,
Y haber ya confesado la intentaron,
Estando ya su causa fenecida,
A muerte les condenan; y apelaron,
Llamàndose menores: concedida
Les fué la apellacion, y que viviesen,
Para que mas trabajos padeciesen.
De los que una canoa habian tomado,
La cual en tierra firme fué hallada,
El uno aqueste puerto se ha tornado,
El otro va siguiendo su jornada.
Habianse dos meses sustentado
Entreambos con palmitos; la tornada
Del triste, que llegó muy flaco y malo,
Se celebra, colgàndole de un palo.
¡Ay, inhumano juez, justicia dira,
Que tal justicia quieres sin justicia
Egecutar agora en quien suspira
Por solo pan sin otra mas codicia!
Si aquesto no te mueve, solo mira
Que no ha pecado aqueste de malicia;
Que solo por la isla ha caminado
En busca de comida, y se ha tornado.
Mas ¡ay! que Juan Ortiz dejó un flagelo
Cortado muy al gusto y su medida,
Que cierto no hallarà en todo el suelo
Alguna bestia tan descomedida
Cual esta. ¡O crudo mal, ó triste duelo,
Tristeza, á mil tristezas sometida,
Pues vemos que de hambre estan muriendo
Aquellos que en la horca estan poniendo!
De los cinco soldados que huyeron,
Por cuya causa uno fué ahorcado,
A quien de su negocio parte dieron,
Al cabo ya de dias se han hallado
Los dos, y los demas dicen murieron,
Y el uno de estos dos poco ha durado,
Que luego se murió; mas tal venia
Que solo figuraba anatomia.
Pues los que estàn acá, en crudo llanto
Están, y tan mudados y trocados,
Que solo con mirarlos dan espanto,
Y están de verse tales admirados.
A muchos el pellejo como manto
Les cubre aquellos huesos descarnados,
En otros agua, humor, corrupto viento,
Entre pellejo y huesos han asiento.
Hoy mueren diez, mañana mueren veinte:
No basta gentileza y bizarría,
A contrastar el hado, ni el sapiente
Al rustico ventaja le hacia.
La gala y hermosura prestamente
Fenece, y el aviso y cortesía,
Que la tirana, cruel, rabiosa perra
A barrisco lo lleva todo á tierra.
Así se van ya todos acabando,
Que es lastima de ver ruina tamaña;
Los galanes y damas suspirando,
En ver la muerte andar con su guadaña,
Los niños descaecidos sollozando,
Tragedia representan muy estraña;
Y las madres maldicen su ventura,
Por verles padecer tal desventura.
No fuera muy mejor, dicen, hijitos
Que no os hubiera yo triste parido,
O ya que yo os parì, que de chiquitos
El alto cielo os hubiera recibido:
O dejaros allà dando mil gritos,
Que yo vine à pagar mi merecido:
Y á vosotros, mi bien, es cosa cierta,
Que no os faltára pan de puerta en puerta.
Maldito seas honor, y honra mundana,
Pues bastaste à sacarme de mi asiento.
¿No me fuera mejor pasada llana,
Que no buscar mejora con descuento!
Vinierame la muerte muy temprana,
Y nunca yo me viera en tal tormento:
Mas quiso mi desdicha conservarme,
Para con crudo golpe lastimarme.
El triste lamentar y las endechas
Que cada cual cantaba de su modo,
A la falta del pan iban derechas,
Que en tratar de comer estaba todo.
Las carnes consumidas y deshechas,
Los rostros de color de puro lodo,
Perdiò el amor su fuerza aquì de hecho,
Que cada cual miraba su provecho.
De dos quiero decir un caso extraño,
(Que solo el referirlo me dá pena)
A quien el amor hizo tanto daño,
Cuanto suele à quien prende en su cadena.
En fama de casados habia un año
Que estaban, y, se dice, á boca llena
El galan su muger deja é hijuelos,
La dama su marido en hornachuelos.
Aquestos à palmitos han salido,
Como otros lo hacian cada dia,
Y la montaña adentro se han metido,
A dò la oscura noche les cogia:
En esto à nuestro amante dolorido
Una espantosa fiebre sucedìa,
La dama le consuela, aunque afligida,
Por verse en la montaña tan metida.
No quiero referir lo que trataron
Los tristes dos amantes, y su llanto,
Las voces y suspiros que formaron,
Porque era necesario entero canto.
Al fin su triste noche la pasaron,
Envueltos en dolor y crudo planto,
Quien duda que la dama no diría,
¡En mal punto topé tal compañia!
Habiendo pues ya Febo caminado
Su curso en redondez, de la cerea,
Mostraba el rostro rojo y colorado,
Cubriendo la montaña de librea.
El sin ventura amante fatigado,
El camino buscaba, mas pelea
En vano; que no acierta con camino,
Que el miedo y el temor le quita el tino.
Salieron los dos juntos à la playa,
Pensando que salieran al poblado:
La dama sin ventura se desmaya,
En ver como se habian alejado;
Al galan le amonesta ella que vaya
En busca de camino, y que hallado
Se vuelva à aquel lugar: él ha partido,
Mas presto el sin ventura anda perdido.
Quedó por esta causa allí la dama
De dolor, y congoja y pena llena,
Dó la siguiente noche tuvo cama,
Triste, sola, llorosa en el arena.
El pobre por el bosque grita y clama,
Al aire publicando su gran pena;
Que por buscar camino, senda y via
Sin su dama se vé, y sin alegria.
A sí propio se odia y aborrece,
Que en verse sin su luz y clara estrella,
A la muerte de veras él se ofrece,
Que mas quiere morir que estar sin ella.
La noche no durmió y no amanece,
En su busca camina por aquella,
La dama un poco duerme, porque suele
En ellas aflojar cuando mas duele.
Un pece de espantable compostura
Del mar salió reptando por el suelo,
Subióse ella huyendo en una altura
Con gritos que ponia allá en el cielo:
El pece la siguió, la sin ventura
Temblando está de miedo con gran duelo;
El pece con sus ojos la miraba,
Y al parecer gemidos arrojaba.
Salió en esto el galan de la montaña,
Y el pece se metió en la mar huyendo;
Sus ojos el galan arrasa y baña,
Con lágrimas, y á ella se viniendo
Le dice: si la vista no me engaña,
Camino tengo ya, venid corriendo.
La dama le responde: á prisa vamos
Al pueblo, porque mas no nos perdamos.
Allegan al lugar muy destrozados,
Hambrientos, amarillos, sin sentido:
Mas uno de otro fueron apartados,
Que su vivir y trato fué sabido.
Entrambos de mí fueron castigados,
Que por suerte el oficio me ha cabido,
Mas que castigo haber allí podia,
Igual á aquel que ya se padecia.
En este tiempo andaba con presteza
Juntando Juan Ortiz mucha comida:
El Sargento mayor vá sin pereza
De los indios buscando la manida;
Y tanto calor pone, y tal destreza,
Que la miseria en breve fenecida,
Que el indio tiene, deja y los buhíos
Barridos de alto á bajo, y muy vacios.
A cual indio le toma la hamaca,
A cual el pellejuelo que tenia,
A cual, si le replica, allí le saca
La manta con que el triste se cubria.
Al fin, en la pared no deja estaca,
Que todo cuanto halla, destruia,
Y no contento de esta tal destroza,
Enojo dá al que tiene muger moza.
El Juan Ortiz aquí se regalaba,
Y no tengais temor, pues que le duela
Saber como su gente lo pasaba.
Y aunque él de solo el indio se recela,
Alguna de su gente se alteraba;
El ardidoso Rocha, el bravo Vela,
Con otros quince mozos concertaron
Su remedio buscar, mas no acertaron.
De dó estaba el real ir pretendieron
Por tierra al Paraguay: determinado
El caso, con secreto, pues, salieron
Siguiendo su camino despoblado.
Al piè de treinta dias anduvieron,
Al cabo del cual tiempo han acordado
Volverse dó primero ya salido
Habian, por pagar su merecido.
Los nécios, pues, traian confianza,
De conseguir perdon de su delito:
En vano les saliera su esperanza,
Qué voz horrenda suena y crudo grito.
De Juan Ortiz la gente con pujanza
Les prende, y el negocio por escrito
Se pone, y á los tres luego cortaron
Las cabezas, y en alto las fijaron.
Tambien allá en la isla pretendieron
Llevar de la Almiranta unos soldados
La barca, con la cual ir se quisieron
Al puerto San Vicente encaminados.
En este caso, pues, entrevieron
Mugeres por huir los tristes hados;
Mas no pudo quajarse este concierto,
Que fué por las mugeres descubierto.
Huirse todos, se, lo deseaban,
Que el temor de morir les incitaba,
Y algunos ví que allí lo procuraban,
Aunque el posible á todos les faltaba:
Sobre esto muchas juntas se efectuaban,
Y á algunos el juntar vida costaba.
Era dolor, tristezas y tormentos,
El ver poblar las horcas de hambrientos.
Aquellos que el huirse no han certado,
Juzgaban por no ver camino cierto;
Y al perro que hallaban desmandado
Mataban: y aun á penas era muerto,
Cuando estando cocido ó mal asado,
En el hambriento vientre era encubierto,
Temiendo que si el dueño lo supiera,
La presa de las manos les cogiera.
Culebras quien hallaba era dichoso,
Y de padres y hermanos envidiado,
Lagartijas pequeñas yo bien oso
Decir, que las comí mal de mi grado:
Y sé que me hallaba deseoso
De tener abundancia, que probado
Su sabor ricamente me sabia,
Y mas que de cabritos parecia.
Algunos en cazar de los ratones
Tan diestros y tan hábiles estaban,
Que en trueco de una, ó dos, ó mas raciones,
Un número tasado concertaban:
Tambien habia una especie de lirones,
Que al modo de conejos se guisaban,
Y aunque faltaba aceite y vino añejo,
La gran hambre prestaba salmorejo.
Los sapos ponzoñosos é hinchados,
Con escuerzos nocivos, por muy sanas
Comidas se juzgaban; que forzados
Los hombres de su rabia y fuertes ganas,
Estando los escuerzos desollados,
Juzgaban ser en todo puras ranas:
Y aun el sabor decian que excedia
A las ranas en grande demasía.
La cosa á tal extremo hubo llegado,
Que carne humana ví que se comia:
Hambre canina fuerza allí á un soldado,
Pensando que su hecho nadie via.
Las tripas le sacára á un ahorcado,
Y al medio del cocer se las comia:
Los huesos se roian de finados,
¿Quien no llora estos casos desastrados?
Un mozo, que atambor fuè de la armada,
En esta cruda, horrenda y grande ruina,
Sabiendo se guardaba en la posada
De Florentina y Doña Catalina,
El resto de raciones, ya pasada
La media noche, á priesa va y camina;
Y entrando en la chozuela le sentian
Las damas, y al encuentro le salian.
La una dama y otra le cogieron,
Sin que pudiese el pobre escabullirse:
A piedad ninguna se movieron,
Que de ellas con verdad no ha de escribirse.
La oreja de su rostro desprendieron,
Y al pobre sin curarle dejan irse,
Y por mas presumir de su mal hecho,
La oreja abscisa clavan en su techo.
La prenda de este triste ya perdida,
Y abscisa de su rostro ha recobrado,
Y en prenda muchas veces de comida,
A gentes en la isla la ha empeñado;
Y apartase del pleito que pedida
Tenia su justicia el desdichado,
En trueco de que el reo allí le diese
Algun maiz ó raices que comiese.
Las damas que hicieron este aleve,
Haciendose justicia sin justicia,
Eran de bajo ser; que bien se debe
Aquesto presumir de su malicia.
Ninguna de valor á tal se atreve,
Aunque es de las mugeres sin justicia,
Ingratitud, maldad, lágrimas, lloro,
Mentiras, y venganzas su tesoro.
Pregunten á Aristoteles qué sentia
De la muger? Pues dice en su escritura,
A lágrimas, y llanto en demasía,
Inclinada bien es de su natura,
Envidia y querimonia la seguia,
Flojedad, y pereza y detractura:
Mas dice de ella un bien; que se contenta
Con muy poco manjar y se sustenta.
Al fin, á aquestas damas el teniente
Las prende, y les tomò sus confesiones:
Despues todo se hizo buenamente,
Aunque hubo de este caso informaciones:
Al triste sin oreja mal paciente
Le dieron por concierto diez raciones.[71]
Decia un mentecato, que mugeres
Podian mucho mas que los haberes.
Es tanto su poder y maña fuerte,
Que todo el mundo tienen ya rendido,
Procuran de tomar primera suerte
A su gusto del bien mas conocido:
Hambre, ni desventura, ni la muerte
Contrastar su poder nunca han podido.
Mirad lo que en la isla padecieron,
Y al fin todas con vida escabulleron.
Es cierto de notar su gran ventura
Con ser un débil ser tan imperfecto:
Cuanto hoy tiene criado la natura,
Las mugeres lo tienen muy sujeto.
Decid, no es de llorar tal desventura,
Que rindan las mugeres al perfecto,
Al sábio, al necio, al pobre y al que es rico,
Al Rey, y caballero y pastorcico.
Dejemoslas, pues ya que es escusado
Querer con flacas fuerzas conquistarlas,
La fuerza el homenage ya han tomado,
Será al mundo imposible debelarlas.
Y pues en su servicio hemos cantado
Aqueste canto, yo quiero rogarlas
Para el siguiente dén favor y ayuda
A nuestra lengua tosca, torpe y muda.