Al enhornar, decimos, que se entuertan
Los panes; y así vemos que parece,
Que cuando en el principio no conciertan
Las cosas con prudencia, que acontece,
Que al fin de todo punto desconciertan;
Y el caso mal guiado en mal fenece:
Lo cual se muestra claro en este canto,
Que bien podria mejor llamarle llanto.
Estaba, como dije, rancheada
La gente sin ventura en aquel llano,
De paja cada cual hecha morada.
La inexorable Parca, con tirano,
Desapiadado curso desfrenada,
Con las tijeras crudas en su mano,
Comienza de cortar las tristes vidas,
Que estaban á la vista mas floridas.
Dijimos, que el Cacique de esta gente,
Llamada Charruaha, es Zapicano,
Y que tiene un sobrino muy valiente,
Abayubá, mancebo may galano,
De gran disposicion y diligente,
Discreto al parecer y muy lozano;
Valor en su persona bien mostraba,
Por donde Zapican mucho le amaba.
Al real en mal punto fue traido
Por ciertos capitanes, y llegado
El Juan Ortiz le prende, que ha sabido
Que entre los indios era respetado.
En su busca veinte indios han venido;
Un Guaranì, que entre ellos se ha criado,
Y de lengua servia, ha sido preso,
Y oid de estas prisiones el suceso.
El un preso del otro no sabia,
Que así se diera la òrden y la traza:
Mas presto Zapican triste venia,
Que miedo, ni temor no le embaraza.
El preso à Juan Ortiz pide y envia
A su gente que traiga mucha caza,
Y èl queda con el preso; y mas valiera,
Que vivo del real jamas saliera.
Consulta Juan Ortiz como le pide
El Cacique al sobrino: aconsejaba
Vergara no se dè, y aun que lo impide
Por causas muy urgentes que mostraba.
Por sola voluntad suya se mide
El Juan Ortiz, que á pocos escuchaba;
Una canoa pide á Zapicano
Le traiga por rescate y un cristiano.
Habia à un marinero maltratado,
Por donde entre los indios se ha huido:
Aquel y la canoa presto ha dado
En trueco de Abayuba su querido:
La caza que los indios han sacado,
Por precios y rescates la han vendido;
El tio y el sobrino van ufanos,
Jurando de vengarse por sus manos.
Los nuestros, por la falta de comida,
A yerbas como suelen ván un dia:
Los indios al encuentro de corrida
Les salen, y mataron à porfia
Cuarenta, y el que escapa con la vida,
Es porque al enemigo se rendia.
A pura pata dos se escabulleron,
Y el caso de esta forma refirieron.
Asì como llegaron, los paganos
En dos alas en torno se pusieron,
Desmayaron de miedo los cristianos,
Cuando en medio los indios los cogieron.
Con los indios vinieron á las manos,
Que de los arcabuces no pudieron
Aprovecharse, cosa que la mecha
Y pòlvora que llevan, no aprovecha.
La pòlvora mojada, los cañones
Tenia Juan Ortiz enmohecidos:
Vencido de sus vanas pretensiones,
No tiene los soldados guarnecidos;
Las armas les quitò, y en ocasiones
Las vuelve, que no son favorecidos
Con ellas, que no son ya de provecho.
Que el moho y el orin las ha deshecho.
La mas gente que á yerbas ha salido,
Sin armas, y sin fuerzas y sin brio,
Con solos los costales han partido,
Los mas casi desnudos y con frio.
Pues llega el Abayuba encrudecido,
A su lado con él viene su tio,
Y entrambos tal estrago van haciendo,
Que las yerbas del campo van tiñendo.
La grita y alarido levantaban,
Diciendo el capitan echa prisiones:
Los nuestros defenderse procuraban,
Los indios vuelan mas que unos halcones;
Y à cuantos con las bolas alcanzaban,
No basta á defenderles morriones.
Al fin muertos y presos todos fueron,
Sino fueron los dos que se huyeron.
Venidos al real estos huidos,
Despacha Juan Ortiz á priesa gentes:
Con Pablo Santiago son partidos
Diez ó doce soldados diligentes.
Aquestos en un cerro estan subidos
A vista del real, á dó valientes
Y astutos en la guerra, y muy cursados,
Estan con el temor acobardados.
El Sargento Mayor Martin Pinedo,
Con cincuenta soldados ha partido,
El Pablo Santiago estaba quedo
Con sus doce, y los mas que han acudido.
El Sargento Mayor no tiene miedo,
Segun dice, à Roldan que haya venido.
Con su gente camina; y llegado
Dó estaba Santiago, así le ha hablado.
"Conviene que marchemos todos luego,
Ninguno de seguirme tenga escusa."
El Pablo Santiago como fuego
Camina, mas de à poco lo rehusa,
Diciendo: "alto hagamos aquì ruego."
Pinedo de cobarde allí le acusa:
Con estos pareceres discordados,
Bastò para que fuesen desolados.
El Sargento Mayor dice "marchemos:"
El otro del peligro se temiendo,
"Hagamos alto, dice, pues que vemos
Que indios se vienen descubriendo."
El sargento replica "caminemos,
Que el indio viene á priesa acometiendo:"
"Volvamos las espaldas:" "Santiago,
No es tiempo ya: haced como yo hago."
Embraza su rodela, y con la espada
Resiste á los cristianos que querian
Volver atras: mas viendo que de nada
Les sirve, y que los indios le herian,
Con solos cinco ò seis de camarada
Espera; que los otros, que huyan
Tras el sargento, iban tan lijeros,
Cual suelen ir tras uno mil carneros.
El zapicano ejército venia
Con trompas y bocinas resonando;
Al sol la polvareda obscurecia,
La tierra del tropel està temblando:
De sangre el suelo todo se cubria,
Y el zapicano ejèrcito gritando,
Cantaba la victoria lastimosa
Contra la gente triste y dolorosa.
Los enemigos, viendo el campo roto,
Siguieron la victoria tan gozosos,
Cual suele el cazador ir por el coto,
Matando los conejos temerosos.
Cual indio espada, alfange lleva boto
De herir y matar, cual los mohosos
Cañones de arcabuz lleva bañados
De sangre con los sesos misturados.
Cual toma el alabarda muy lucida,
Y comienza á jugar con ambas manos,
Quitando al que la tiene allì la vida,
Despues á los demas pobres cristianos.
El Sargento Mayor vá de corrida,
Echando la rodela por los llanos,
Caytua le siguiò, indio de brio,
Y alcánzale à matar dentro del rio.
El viejo Zapican con grande maña
El escuadron y gente bien regia,
Abayuba el sobrino con gran saña
En seguimiento va del que huya.
Su grande lijereza es tan estraña,
Que nadie por los pies le escabullía,
Cheliplo y Melibon, que son hermanos,
Pretenden hoy dar fin de los cristianos.
A Taboba le cabe aquella parte,
A dò està con los cinco Santiago:
Aqueste es en la guerra un fiero Marte,
Y asì hizo este dia crudo estrago.
A Canillo por medio el cuerpo parte,
Un brazo derrocó á Pedro Gago:
Buenrostro el Cordoves, y un Arellano,
Fenecen à los pies de este pagano.
El Capitan y el otro compañero
Habian grande rato peleado,
Y el Taboba, muy crudo carnicero,
Estaba muy sangriento y muy llagado.
Y asì vino à su lado muy ligero,
Y en esto ha disparado un mal soldado,
Y al Capitan la espada atravesaba.
Aunque su muerte presto èl esperaba.
El Capitan cayò muerto en la tierra,
Benito, segun dicen, lo matára:
Movióle à lo matar la pasion perra
Que con el capitan este tomara.
Jurado lo tenia, que en la guerra
Se habia de vengar, que le injuriara:
Y asì le diò el castigo de este hecho,
Metiéndole una flecha por el pecho.
Aquí Domingo Larez, valeroso
En sangre, y en valor y valentìa,
Anduvo con esfuerzo y animoso,
Reprimiendo del indio la osadía:
Y viendole ya andar tan orgulloso,
Los indios acudieron à porfia,
Y á puja, à cual mas puede, le hirieron,
Y quebrándole un brazo, le prendieron.
Cansados los contrarios de la guerra,
O por mejor decir, de la matanza,
Y viendo que la noche ya se cierra,
No curan de llegar á nuestra estanza.
Del fuerte se les tira, mas dió en tierra
Un tiro culebrina, que no alcanza.
Por eso, y por la noche à los cristianos
Dejaron de seguir los Zapicanos.
El despojo que llevan son espadas,
Alfanges, alabardas, morriones,
Rodelas, salmatinas muy doradas,
Sombreros, capas, sayos y jubones.
Las cajas de arcabuces, ya quebradas,
Llevaban solamente los cañones:
Con que, dando la vuelta, ván matando
Aquellos que hallaban boqueando.
Y al que hallan en piè ya levantado
Del sueño de la muerte que ha dormido,
Del peligro librarse confiado,
Por ver como ya ha vuelto en su sentido,
En un punto le tienen amarrado,
Quitandole primero su vestido.
Con armas y cautivos ván triunfando,
Y la gente en el fuerte lamentando.
Cual dice: ¡O desventura, ó caso estraño,
O mìsero suceso de esta armada!
Cual dice: "no viniera tanto daño,
Si fuera aquesta cosa bien pensada:"
Cual dice, que la causa de este engaño
Procede de la hambre acobardada:
Cual dice, que la suerte de esta vida
Está á aquestas caidas sometida.
Pues, quien perdiò el amigo y el hermano
Levanta hasta el cielo los gemidos,
Y dice con dolor!: "¡Pueblo cristiano
En manos de los lobos desambridos!
Volved con piedad, Señor, la mano,
Doléos de los tristes afligidos,
Doléos de los niños inocentes
Que gritan, con sus ojos hechos fuentes.
Doléos de las tristes afligidas
Que quedan sin abrigo y compañìa;
Tambien de las doncellas doloridas
Que pierden á sus padres y alegrìa:
De las madres, Señor, enternecidas,
Que pierden à quien sombra les hacia,
De todos os doled, Dios poderoso
Y socorred al pueblo doloroso.
Mas quiero las dejar, que bien les queda
Para poder llorar el tiempo largo,
Mas no al que salir del fuerte veda,
Que aquesto tomò entonces á su cargo.
Y quiera Dios consuelo tomar pueda,
(Que tiene el corazon triste y amargo)
El buen Capitan Pueyo, que al hermano
Tendido vido muerto en aquel llano.
Aqueste Capitan, aunque miraba
De lejos al hermano que vé muerto,
Al fuerte á grande priesa procuraba
Que todos se recojan, que es lo cierto.
El Juan Ortiz à priesa caminaba
A donde están los indios sin concierto,
Y si el desventurado allá llegàra,
El resto del Armada se acabàra.
Pues ido el enemigo ya, y venida
La triste de la noche temerosa,
La miserable hacienda ya metida
En el fuerte con priesa presurosa;
Nuestra gente sin fuerzas y rendida
A la tirana muerte dolorosa,
Por la frigida arena està tendida,
Y de puro desmayo, amortecida.
El Juan Ortiz su ropa con presteza
Embarca aquella noche; que temia
No diese Zapicán con ligereza
Sobre el fuerte y real antes del dia:
Y no tardó que vino sin pereza
Al punto que el aurora descubria;
Y piedras à menudo al fuerte tira,
Mas en tocando al arma se retira.
Pues viendo como al fuerte hubo venido
El enemigo à ver lo que pasaba,
En la Capitana todos se han metido,
Que cerca de la tierra en seco estaba.
Allí con gran dolor se ha recogido
El resto sin ventura que quedaba.
La noche tristemente se ha pasado,
Y el ùltimo remate se ha esperado.
Cuando el Sol aun apenas descubria,
Un indio por la playa caminando
Bajaba, y el semblante que traia
Parece de español: de cuando en cuando
Paraba; con la priesa que traia
A dò estamos se viene ya acercando:
De su trage y manera bien parece
Que alguna cosa nueva nos ofrece.
Llegando donde estaba el despoblado,
Sin tener á las chozas advertencia,
Contra el navio el paso enderezado,
Desde la playa hizo reverencia:
Con un sombrero señas ha formado,
Con gran placer y grande continencia.
Saliendo pues por él, viene contento,
Y dice de su caso el fundamento.
Yamandú, dice el perro que se llama,
Que arriba ya tratamos su manera,
Y que Juan de Garay le quiere y ama,
Por donde le encargó aquesta ligera.
Que de nuestra venida tiene fama,
Y que con la respuesta allà le espera,
Para venir con balsas y comida,
Sabiendo que el armada ya es venida.
Por señal el vestido representa
Un sayo de algodon con un sombrero,
Y à muchos Españoles nombra y menta,
Por dó su embuste pinta verdadero.
Aquel que se vè puesto en una afrenta,
Bien vemos que se crèe muy de ligero:
Con la primera nueva que ha venido
El ánimo dudoso es compelido.
Con este Yamandù se escribe luego,
Y à Garay Juan Ortiz dà cuenta larga
De la pérdida grande, y sin sosiego
En que la gente queda, y cuan amarga:
Y que venga volando como fuego
Le manda, y de comida traiga carga.
Mas Yamandú malvado no saliera
Cuando Zapican viene à la ribera.
Sus indios piedras tiran, aun allegan
Con ellas á la nave, dò temblando
La gente està. En la pólvora no pegan
Las mechas, aunque estan mas refregando.
Los indios por las yerbas se refriegan,
Motin, perneta hacen muy gritando;
Al fin dejan el campo ya venida
La noche horrible, triste, obscurecida.
Apenas amanece, cuando viene
Un indio de endiablada catadura,
Y muy poco en la playa se detiene,
Hasta que el agua llega à su cintura
De allí dice, que gana grande tiene
De probar en el campo su ventura,
Que salga aquel cristiano del navio,
Que quisiere aceptar el desafio.
"De parte de la Luna á quien adoro,
Està diciendo el indio, yo prometo
Guardar la fé que diere; que el tesoro
Que estimare mayor de aqueste rieto,
Serà que en estas tierras donde moro
De Zapican un indio su subiecto,
Sin otra ayuda alguna en este llano,
Se atreva á combatir con un cristiano."
Estando aqueste indio razonando
Con superbas palabras y blasones,
En breve de mi lado retumbando,
Un tiro le ha acortado sus razones:
De entre las yerbas salen bojeando
Del indio Zapican dos escuadrones,
Que estaban à la mira en emboscada.
Por dar fin y remate del Armada.
Comienzan á hacer gran alboroto,
En luengo de la playa ya corriendo,
Ya al fuerte, que tenia todo roto,
Las paredes y chozas abatiendo:
Y viendo à los cristianos como en coto
Estan, aunque gran pena padeciendo,
Y no pueden hacerles mal alguno,
Comienzan á acogerse de consuno.
Con todo aquesto viene cada dia
A vista el enemigo Zapicano,
Por ver en el estado que estaria
El encogido ejército cristiano.
En tanto Juan Ortiz á tierra envía,
Por una media barca que en el llano
Estaba, con la cual presto es mudada
Al isla San Gabriel la triste Armada.
Despues que aquesta isla se tomaba,
Un dia noticia cierta se ha tenido,
Que Zapican su ejèrcito mudaba
Al Uruguay, que es rio muy crecido.
Al tiempo que el cristiano reposaba
Con su gente y canoas ha subido;
De aquesto dan noticia los cristianos,
Que se escapan huyendo de sus manos.
Vinieron seis soldados fugitivos,
Y no pudieron mas, porque los atan
De noche, y dicen quedan treinta vivos,
Que despues que una vez prenden, no matan.
Con ellos no se muestran muy esquivos,
Y si les sirven bien, no los maltratan;
Pero si sirven mal, à rempujones
Les fuerzan á que salgan de harones.
Aunque esto se le puso por delante
A Alonso Ontiveros, no aprovecha
A que deje de obrar cosa que espante,
Pues no puede tenerse por bien hecha.
Aqueste en el hablar era elegante,
Mas no lo fué en hacer esta deshecha,
Pues bien claro descubre en el remate
El ser cualquiera cosa y su quilate.
Estaba en un navio aprisionado,
Que en parte del delito se hallàra
Por dó Sotomayor fuera ahorcado,
Cuando huirse con él se concertàra.
Habiánle los grillos ya quitado,
Y creese tambien que se librára:
Mas él al enemigo va huyendo
Por mas seguro medio le escojendo.
Del Zapicano fué bien recibido,
Y luego se mudó el nombre cristiano;
De las costumbres de indio se ha vestido,
Usando de los ritos de pagano.
En confusion aqueste me ha metido,
Que por amigo túvole y hermano;
Huyéndo de la muerte ha apostado,
Despues se arepintiò de su pecado.
No quiero mas decir que estoy cansado,
Y temo de cansar à quien me oyere,
Mayormente que el canto desastrado
Ha sido, y de llorar: mas quien quisiere
Saber de Juan Ortiz Adelantado
Su suerte; si leerla le plugiere,
Espéreme à otro canto, que ya siento,
Que da Rodrigo Diaz vela al viento.

————————————

CANTO DUODECIMO.

Viene Rui Diaz Melgarejo; mùdase el Armada à la isla de Martin Garcia; baja Garay con socorro; sucede la muerte de los dos firmes amantes Yanduballo y Liropeya.

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Fortuna, por hablar de esta manera,
O hado, bien tomándolo sin dolo,
Favorece à Rodrigo, porque espera
La sin ventura gente en ese solo.
Ayudale con pròspera carrera,
Y con tus largos vientos, gran Eolo,
Que el zaratino ejército penando
Está, y á Dios suspiros enviando.
Y tù sosiega al mar, viejo Neptuno,
Y haz que su carrera llana sea,
Que toda aquesta Armada de consuno
A brazos con la muerte ya pelea:
Y dudo ya que escape ni solo uno,
De hambre no se halla ya quien vea.
Remèdielo, pues, Dios, que él solo puede,
Y aquel à quien él solo lo concede.
El capitan Rui Diaz aprestado,
Salió de San Vicente y tomò puerto
En Yumirí, que habemos ya tratado,
Dò vido del Armada el desconcierto.
Al Rio de la Plata enderezado,
El rumbo lleva à prisa, que està cierto,
Que Juan Ortiz padece; con su gente
Allega, pues, un dia prestamente.
El triste lamentar que allí hicieron,
Dés que en tanta miseria nos hallaron,
Aquel dolor y pena que sintieron,
Las làgrimas que todos derramaron,
No quiero referir: mas que vinieron
A tiempo que á llorar nos ayudaron;
Tambien con sus regalos ayudaban
A muchos, que la vida ya dejaban.
Con su venida todos resucitan,
Que viendo la miseria tan crecida,
A dar de lo que tienen bien se incitan,
Por volver de la muerte à alguno à vida:
Con esto ya las fuerzas se habilítan
De aquellos que la muerte de vencida
Llevaba, y si Rodrigo no viniera,
Sin duda todo el resto pereciera.
Del isla San Gabriel sale el Armada,
Con nuestro buen Rodrigo en la demanda,
De la Martin García, así nombrada,
Que està por cima de esta y à su banda.
En breve y poco espacio fué tomada,
A dó el Adelantado luego manda
Salir á tierra á todos, porque quiere
Poblar en esta isla si pudiere.
El capitan Rui Diaz Melgarejo,
Porque de la rabiosa se recela,
A nuestro Adelantado por consejo
Que le despache dá en la caravela.
Con ella, y con un mal bergantinejo,
Se hace el buen Rui Diaz á la vela,
Al preso Abarorì lleva consigo,
Que promete guiarle como amigo.
A mi me cupo en suerte esta jornada,
Que de saber y ver muy deseoso,
Jamas dejé de entrar cualquiera entrada,
Aunque fuese el peligro temeroso.
En una isla muy fèrtil y poblada
Abarorì nos mete muy gozoso:
Entramos por un brazo, no calando
Los remos, que las yerbas van tocando.
Salieron à nosotros embijados
Catorce ó quince indios diligentes,
Con arcos y con flechas denodados,
Mostrándose gallardos y valientes.
Por tierra entre las yerbas emboscados,
Pintados de colores diferentes.
Andaban levantado voceria,
Cubiertos de muy rica plumeria.
Por este brazo estrecho, y chico rio
Llegamos con favor de la marea
A la primera casa, y al buhio,
Que es dicho Tabobá, de paja y nea.
Los indios luego salen con gran brio,
Con arcos y con flechas de pelea,
Y viendo los rescates acudieron,
Y mucho bastimento nos vendieron.
De à poco dicen, vamos adelante,
Que todo lo de aquí ya está gastado.
Diciendo aquesto muestran tal semblante,
Que encubren lo que tienen ordenado.
Estaba el enemigo tan pujante,
Que dudo del cristiano acobardado,
Por su fuerza tener tan consumida,
Que pueda escabullir libre con vida.
En esto de la casa hubo salido
Desnudo macilento por el llano,
Un mozo del Armada conocido,
Que Vargas se llamaba, trugillano.
Salió à la baraunda y al ruìdo;
Trajeronle al navío por la mano,
A dó le confesè, y en aquel dia
Entrò al universal camino y via.
Cristoval, indio amigo, que viniera
De allà del Yumirí en nuestra Armada,
Cautivo estaba aquì, y cuenta diera
De la traicion que entre estos està armada.
De seis cautivos que hay, este dijera:
Y siendoles la paga ya entregada,
Trajeronlos, y fueles prometido
Que el precio à mas traer serà subido.
Entre ellos fuè este dia rescatado
El buen Domingo Larez, muy prudente,
Hombre de gran juicio y recatado,
De Huete natural, de noble gente.
Diònos aviso él, que està ordenado
De hacernos la guerra el dia siguiente:
Nosotros estuvimos contratando
Con los indios, y en vela siempre estando.
Salìmonos de aquí, que se temia
Que el indio se pusiese en emboscada,
Diciendo que à las bocas estarìa.
Y cierto fué la cosa bien pensada:
Que à no salir muy mal sucedería,
Pues siendo la mañana ya llegada,
Los indios à dó estabamos vinieron,
Y á Mora y á Loria nos trajeron.
En el barco pequeño se ha metido
El maiz, y captivos referidos;
En breve á nuestra Armada se ha venido,
A dó de hambre estan desflaquecidos:
Y à haberse esta comida detenido,
De hambre fueran todos perecidos.
Mas Dios remedia el tiempo peligroso,
Con mano de Señor tan poderoso.
Pues llega la comida y los cautivos,
Y salen al encuentro luego todos:
Estaban ya diez menos de los vivos,
Y aquestos de dos mil suertes y modos.
Los padres con los hijos son esquivos,
Los unos y los otros como lodos
Los rostros; manos, pies, todos temblando,
Los ojos hácia el cielo levantando.
Algun vigor cobraron dèsque vieron
El socorro que viene de comida;
Con làgrimas los presos recibieron,
Que su vida juzgaban por perdida.
En el pequeño barco se volvieron,
Y dice Juan Ortiz, que por la vida
Conviene aventurar vida de suerte,
Que no ponga temor la misma muerte.
Mas visto no conviene se acometa
Aquello que hacerse es imposible,
Y que el lugar y tiempo nos aprieta
A tomar el consejo convenible:
El buen Rodrigo à todos se sujeta,
Y dice: "Juan Ortiz cosa terrible
Nos manda, mas yo cierto aquì prometo
De estar à vuestro gusto muy sujeto."
Unánime y conforme es la sentencia
De todos, que no se entre al Riachuelo:
Que bien se tiene cierta y firme ciencia,
Que todo ha de acabar con crudo duelo.
Esto nos enseñò ya la experiencia,
Pos dó se determina, que de vuelo
A los Timbús se vaya: con contento,
De aquì tendimos vela presto al viento.
Trabajo no pequeño se pasaba,
Que la gente sin fuerzas no podía
Tomar remo, que el viento nos faltaba,
Y á veces por la proa sacudia.
El temor de la hambre apresuraba,
Esfuérzase quien fuerzas no tenia:
Navegando una noche à la mañana
Llegamos á una gente Cherandiana.
Salieron á nosotros prestamente,
Que en esto del rescate estan cursados.
Delante de nosotros diligente,
Pescaba cada cual muchos pescados:
Ninguno en los vender era inocente,
Que son en el vender muy porfiados.
Despues mucho maiz en abundancia
Trajeron por gozar de la ganancia.
Beguas de la otra banda conocieron
La cosa del rescate que pasaba,
A gran priesa á nosotros acudieron,
Temiendo que el rescate se acababa.
Rescatan todo aquello que trajeron,
Y mas, dicen, en casa les quedaba:
A Gaboto de aquí presto se llega,
Por dó el Carcarañà se estiende y riega.
Pasando de Gaboto, à poco trecho
El rio Juan de Oyolas se ha tomado:
Por él se entró, que es rio muy estrecho,
De vientos y tormentas resguardado.
Atraviesa este rio bien derecho
Al Paraná; y las islas que ha formado
Habitan los Timbús, gente amorosa,
Sagaz, astuta, fuerte y bellicosa.
Al Paraná saliendo caudaloso,
Tres leguas se camina bien cabales:
El Paraná venia muy furioso,
Los tristes navegantes muy mortales.
Del soldado pequeño y del grandioso
Las fuerzas eran todas casi iguales,
Y aun cierto que à la clara bien se vía,
Que el pequeño mas ànimo tenia.
Del capitan Garay certificaron
Los indios, que aquí vino con su gente,
Las huellas de caballos nos mostraron,
Por dó dimos la vuelta prestamente;
Y en tierra los soldados que saltaron,
Cojeron la comida que al presente
Hallaron, que aun no estaba sazonada,
Y apenas con la espiga bien formada.
Volver quiero á tratar un poco agora
Del falso Yamandú, nuestro cartero.
Salió de San Gabriel con la traidora
Y mala condicion de carnicero:
Adonde el Zapicano està de mora
Se và, por ser con él particionero;
Aunque no se hallò en la triste guerra,
Que al venir se ha tardado de su tierra.
Este indio, ya hemos dicho, que es sabido,
Astuto, muy sagaz y hechicero;
En todas las naciones es tenido
Por lumbre, por espejo y por lucero.
A mis própios oidos yo le he oido
Decir á este lenguaz y gran parlero:
"El sol alumbra à oriente y occidente,
Así yo Yamandú, toda la gente."
Pues siendo con las cartas despachado,
Tratò con Zapican, que las tenia
Guardadas, hasta ver en que ha parado
Un negocio que arriba pretendia:
El cual era, que tiene concertado
Con un indio Terú, el cual vendria
A dar en Santa-Fé con otras manos,
Queriendose vengar de los cristianos.
E hízolo el Terù, que con su gente
Haciendo para aquesto llamamiento,
Se fuè á Santa-Fé: mas de repente
Volvió huyendo en busca de su asiento.
Los mancebos pelean fuertemente,
Los indios llevan de ello el escarmiento,
Y viendo Yamandú que nada ha hecho,
Con las cartas se va à Garay derecho.
Del capitan Garay fué recibido
Mejor el mensagero, que lo fuera,
Si hubiera sin las cartas parecido,
Aunque él por no culpado se fingiera:
Mas viendo el Capitan como ha venido,
Y que puede volver à dò saliera,
Tratòle bien è hízole gran fiesta,
Y tórnale à enviar con la respuesta.
Ya vuelve Yamandù con mas cuidado,
Que tuvo con las cartas, pues pensaba
Guardarlas para sí: mas ha acordado
Urdir otra, pues esta no cuajaba.
En tanto que la urde este malvado,
Tratemos de Garay, que procuraba
Bajar con muchas balsas y comida,
Dejando à Santa-Fé bien guarnecida.
Partió con treinta mozos valerosos,
Y veinte y un caballos, y servicio
En balsas: y los mozos deseosos
De guerra, que la tienen por oficio,
Procuran, que en los indios enojosos,
Se ofresca al crudo Marte sacrificio,
De aquel Terú vengando la osadia,
Con triste y carnicera anatomia.
Son islas, por aquí en este parage,
De grandes bastimentos abastadas,
De muy hermosas tierras y boscage,
Y de indios Guaranies bien pobladas
El falso Yamandú de mal corage:
Aquí tienen sus gentes rancheadas,
Terú, Añanguazúu, Maracopá,
Y en otras mas abajo, Tabobá.
Entraron por las islas: entendiendo
Poder hacer la guerra, los caballos
Metieron: mas los indios van huyendo,
Que no pueden los mozos alcanzallos.
Entre los verdes bosques se ascondiendo
Se meten, que imposible es el hallallos,
Sino es al sin ventura, que guardada
La suerte le está ahora desdichada.
Con gran solicitud en su caballo
Entre aquestos mancebos se señala
En andar por las islas Caravallo,
Y así por las espesura hiende y tala
En medio de una selva, y Yanduballo
Halló con Liropeya, su zagala:
La bella Liropeya reposaba
Y el bravo Yanduballo la guardaba.
El mozo, que no vió á la doncella,
En el indio enristró su fuerte lanza,
El cual se levantó como centella,
Un salto dá y el golpe no le alcanza.
Afierra con el mozo, y aun perdella
La lanza pienza el mozo, que abalanza
El indio sobre él, por dó al ruido
La moza despertó, y pone partido.
Al punto que á la lanza mano echaba
El indio, Liropeya ha recordado;
Mirando á Yanduballo, así hablaba:
"Deja, por Dios amigo, ese soldado,
Un solo vencimiento te quedaba,
Mas ha de ser de un indio señalado,
Que muy diferente es aquesa empresa,
Para cumplir con migo la promesa."
Diciendo Liropeya estas razones,
El bravo Yanduballo muy modesto
Soltó la lanza, y hace las acciones,
Y á Caraballo ruega baje presto.
El mozo conoció las ocasiones,
Y muévele tambien el bello gesto
De Liropeya, y baja del caballo,
Y siéntase á la par de Yanduballo.
El indio le contó que un año habia
Que andaba á Liropeya tan rendido,
Que libertad ni seso no tenia,
Y que le ha la doncella prometido,
Que si cinco caciques le vencia,
Que al punto será luego su marido.
El tener de español una centella
No quiere, por quedar con la doncella.
Mas viendo el firme amor de estos amantes,
Licencia les pidió para irse luego,
Dejándoles muy firmes y costantes
En las brasas de amor, y vivo fuego.
Dos tiros de herron no fué distantes,
Con furia revolvió, de amores ciego;
Pensando de llevar por dama esclava,
Al indio con la lanza cruda clava.
Yanduballo cayéra en tierra frio,
La triste Liropeya desmayada;
El mozo con crecido desvario
A la moza habló, que está turbada:
"Volved en vos, le dice, ya amor mio,
Que esta ventura estaba á mi guardada,
Que ser tan lindo, bello y soberano,
No habia de gozarlo aquel pagano."
La moza, con ardid y fingimiento,
Al cristiano rogó no se apartase
De allí, si la queria dar contento,
Sin que primero al muerto sepultase;
Y que concluso ya el enterramiento
Con él en el caballo la llevase.
Procurando el mancebo placer darle,
Al muerto determina de enterrarle.
El hoyo no tenia medio hecho,
Cuando la Liropeya con la espada
Del mozo se ha herido por el pecho;
De suerte que la media atravesada,
Quedó diciendo: "haz tambien el lecho
En que esté juntamente sepultada
Con Yanduballo aquesta sin ventura,
En una misma huesa y sepultura."
Lo que el triste mancebo sentiria
Contemple cada cual de amor herido.
Estaba muy suspenso qué haria,
Y cien veces matarse allí ha querido.
En esto oyó sonar gran gritería:
Dejando al uno y otro allí tendido,
A la grita acudió con grande priesa,
Y sale de la selva verde espesa.
Aquesta Liropeya en hermosura
En toda aquesta tierra era estremada:
Al vivo retratada su figura
De pluma vide yo muy apropiada:
Y vide lamentar su desventura,
Conclusa Caravallo su jornada
Diciendo, que aunque muerta estaba bella,
Y tal, como un lucero y clara estrella.
Mil veces se maldijo el desdichado,
Por ver que fué la causa de la muerte
De Liropeya, andando tan penado,
Que mal siempre decia de su suerte.
"¡Ay triste! por saber que fuí culpado
De un caso tan extraño, triste y fuerte,
Tendrè, hasta morir, pavor y espanto,
Y siempre viviré en amargo llanto."
Salió pues de la selva Caravallo
A la grita y estruendo que sonaba,
Y vido que la gente de á caballo
A gran priesa en las balsas se embarcaba.
No curan ya mas tiempo de esperallo,
Que de su vida ya no se esperaba,
Teniendo por muy cierto que habia sido
Cautivo de los indios, y comido.
Mas viendole venir, alegremente
El capitan y gente le esperaron:
Allega, y embarcóse con la gente,
Y á priesa de aquel sitio se levaron.
Entróse por un rio que de frente
Está, y á tierra firme atravesaron,
A dó está de Gaboto la gran torre,
Por dó el Carcarañá se estiende y corre.
En tanto que Garay aquí esperaba,
Y en tierra sus caballos saca, y gente,
El capitan Rui Diaz se levaba
De donde le dejamos prestamente.
Volviendo hácia abajo, atravesaba
Acaso Yamandú que está de frente:
Allí nos dieron nueva muy entera,
Que en el Carcarañá Garay espera.
Con esta nueva cierta, á grande priesa
Bajamos hácia el rio Juan de Ayolas:
No se tiene temor de la traviesa
Del gran rio Paraná, ni de sus olas:
Que el bien, que en la tornada se interesa,
Lo facilita todo: mas no á solas
Nos vemos, cuando viene anocheciendo,
Que los Timbues vienen muy corriendo.
Despues cuando ya Febo caminando
Volvia con sus carros presuroso,
Los campos con sus rayos matizando
De rojo, verde, y blanco luminoso,
Llegaron los Timbues pregonando,
"Comprad de mi, que vendo mas gracioso."
Y tanto regatean, que en Sevilla
Podrian imprimir nueva cartilla.
En tanto que la cosa así pasaba,
Desde el Carcarañá nos ha enviado
Una carta Garay, en que avisaba
Que estaba en Sancti Spiritus parado.
Al viento vela en popa se entregaba,
Y no se ha á Sancti Spiritus llegado,
Cuando Garay por tierra y á caballo
Asoma, y aquí un poco he de dejallo.

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CANTO DECIMO-TERCIO.

Entra Rui Diaz en el Carcarañà, baja à Martin Garcia, pretende Yamandú dar en la isla, padece Garay naufragio en el Uruguay.

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