Jamas fortuna dió contentamiento
Que no fuese mezclado con dolores;
De á donde el disfavor es fundamento
De todo buen suceso de favores.
Tambien el favorido pensamiento,
Por fin muy cierto tiene disfavores,
Por lo cual Salomon, sigue, decia,
El dia de tristeza al de alegría.
¡Cuanto dolor, tristeza y amargura,
Y cuanto sobresalto ha pasado
La gente zaratina sin ventura!
Pues quien con atencion bien lo ha notado
Verá, que al mayor mal en coyuntura
Un buen suceso ò gusto ha acompañado:
Que no haber de esta suerte sucedido,
Hubiera el resto Zárate perdido.
¡Qué pena, qué dolor no mitigára
El ver al buen Garay por aquel llano!
La barbara nacion que se juntaba,
No pudiera escaparse de su mano.
Si el bravo y crudo Marte se hallára
Con tal gente de guerra, tan ufano
Y altivo se sintiera, que en la tierra
A todos los mortales diera guerra.
La trompa y atambor les ayudaba,
Los caballos calor iban tomando:
Contento grande, cierto, que causaba
Aquesta gente allí escaramuzando.
Rui Diaz con los suyos lo miraba,
Viniendo su viage navegando;
Y llegando dó aquesto se hacia
Mandó soltar la flaca artillería.
Al fin tomaron puerto, y recontada
La cosa de una parte á otra pedida,
La carga de las balsas descargada,
Caray parte en demanda de comida.
El Melgarejo sale desplegada
Con gran placer su vela y descogida.
En tanto que uno baja y otro queda
Me fuerza Yamandú vuelva la rueda.
Llegado este tacaño con las cartas
Al isla, con placer fué recibido;
El Juan Ortiz le dió cuchillos, sartas,
Y de paño de grana un buen vestido.
De dádivas y dones fueron hartas
Sus manos, por pensar lo ha merecido,
Y él pretende entregarse á suelta rienda
En vida del cristiano y de hacienda.
Pues tiene la traicion así ordenada,
Que dadas estas cartas, vuelva luego
Al rio Igapopé, que es la morada
De un indio, que se dice Grande Fuego,
Y de otros que allí viven de coplada,
Con Aguazó, que es guia de este juego.
Allí tiene la cosa de ordenarse
Por dó el cartero dá priesa á tornarse.
Y dice: "volveré yo con comida,
Que así con mis amigos lo he ordenado,
Aquesta cosa quiero sea sabida,
Porque en vernos ninguno sea alterado:
Que aquesta tierra toda está rendida
A mi diccion, é yo la he sujetado."
Con esto Yamandú se suelta en breve,
Y con mas brevedad volver se atreve.
Con diez ú once canoas esquifadas
La vuelta dá el malvado, procurando
Que no esten las personas recatadas,
Mas antes las ocupa rescatando.
No quiero referir, pues, cuan turbadas
Lo estaban, segun supe, y cuan temblando:
Mas con todo se dieron tanta maña,
Que no quajó el cartero su maraña.
En un fuerte la gente recogida,
Porque de esta traicion tienen aviso,
De todo lo posible guarnecida,
Salió el indio que estaba ya arrepiso.
De humos gran señal ha parecido
El rio arriba, y luego de improviso
Los indios que en la gente dar pensaban,
Con gran priesa á su isla se tornaban.
Quedaron los cristianos, como cuando
Levanta un huracan muy espantoso
Las olas en la mar, y vá bufando
El viento con un impetu furioso:
El piloto sagaz está temblando,
Vencido del trabajo y temeroso:
Mas viendo que el peligro está pasado,
Veréisle presumir del esforzado.
O como aquel mancebo que ha cogido
El toro furibundo entre sus manos,
Que siendo de la muerte escabullido,
Huyendo á pura pata por los llanos,
Blasona de la maña que ha tenido,
Y hace en talanquera fieros vanos.
No menos nuestras gentes aquí estaban,
Y al moro muerto gran lanzada daban.
Rui Diaz, como dije, navegando
Salió de Sancti Spiritus, y viene
En breve dó le estaban esperando.
A mi me ha parecido me conviene
Quedarme con Garay que và triunfando,
Y Zárate que hambre siempre tiene.
Rui Diaz Melgarejo, pues, allega
Al isla, y la comida les entrega.
Garay de á dó digimos sale á priesa
Con su gente, y las balsas que llevaba,
Lo que en esta salida le interesa
Es el buscar comida que faltaba.
Tambien se procuraba hacer presa
En el falso Terú que allí moraba:
Y oid lo que sucede un dia de Ramos,
Que de vista es el cuento que contamos.
Por un pequeño rio de boscage
Las balsas y la barca caminaban,
Cuando vimos venir un gran salvage.
La canoa en que viene gobernaban,
Al parecer, dos ninfas de buen trage;
En vièndonos á priesa se tornaba:
Y désque al Paraná grande llegaron,
En medio de un remanso se pararon.
Allí nos esperaron grande pieza;
Y así como la barca hubo llegado,
El salvage se estira y endereza,
Y un escudo grandísimo ha embrazado:
Por yelmo un cuero de anta en la cabeza,
El escudo era concha de pescado,
Y el baston que este bárbaro tenia,
Servir de antena en nave bien podia.
Hablando con soberbia encrudecida,
Pregunta por aquel que tiene cargo
Del Armada, que dice que la vida
Le tiene de quitar con fin amargo:
Y dice: "no penseis que fué huida
La mia, por salir aquí á lo largo,
Que quise aquí sacaros al anchura,
Por dar á todos ancha sepultura."
Queria arremeter el can rabioso,
Y en esto dos pelotas le tiraron;
La popa nos volvieron sin reposo
Las faunas, y espantados nos dejaron,
Que con un dulce canto armonioso
A priesa de nosotros se apartaron,
Y á muchos el sentido enternecieron,
Y en un punto de vista se perdieron.
En esto un bergantin vimos venia,
El cual á Santa Fé ha descendido,
Y viendo que Garay bajado habia,
En seguimiento suyo habia venido.
Con socorro el Teniente se le envia
De la Asumpcion, que aquesto hubo subido:
Juntòse con nosotros el navio,
Y dimos en un hondo y chico rio.
El navío à la boca se ha quedado
Con toda la mas gente del Armada:
El Capitan con veinte dentro ha entrado
En la barca de todo pertrechada:
Por tierra los caballos hubo echado,
Del gran Terú se busca la morada:
Hallóse, mas sus indios, al estruendo,
Con mugeres é hijos van huyendo.
Las balsas aquí cargan de comida;
La gente de á caballo vá por tierra
Siguiendo la victoria conocida,
Con ánimo y codicia de la guerra.
Abscóndese la gente dolorida,
Que el temor del caballo la destierra:
Saquea el Español allí las casas,
Y en un punto veréislas hechas brasas.
El Capitan de aquí presto saliendo
Penoso, por no haberle indio parado,
Sus balsas y su gente recogiendo,
A Añanguazú acomete, indio afamado.
Los indios son valientes, y al estruendo
Salieron con esfuerzo denodado,
Y siendo preguntados ¿porque huyen:?
Con la razon del uno así concluyen.
"Dejadnos ya, que estamos temerosos,
Y contra vuestras fuerzas no podemos:
Y vosotros, sobrinos animosos,
A los mancebos dicen, ¿qué os hacemos?
Mirad que á nuestros hijos amorosos
Criar, ni sustentar ya no podemos,
Pues carga de mugeres tan penosa
No espera á vuestra diestra poderosa."
Diciendo aquesto, estaban muy metidos
En un atolladar y gran pantano:
Garay no permitió fuesen heridos,
Que mas de uno probar quiso la mano.
Causaban gran dolor los doloridos,
Que mugeres é hijos por el llano
Sin órden, á gran priesa, iban huyendo,
So tierra lo que tienen abscondiendo.
De aquí el rio abajo navegando,
El Armada se sale á remo y vela:
Un temporal se viene levantando,
Que las yerbas del campo arranca y vuela.
Del isla grande priesa me estan dando,
Que parece la gente se recela.
Pues vamos allá agora, que esta Armada
Aquí queda segura rancheada.
El isla parecia que se hundia,
Y el cielo que venia de caida.
El sud-oeste, viento que corria
Con una fuerza grande desmedida,
Los árboles y piedras conmovia
Por dó la gente andaba dolorida:
Porque tanto ruido levantaba
El viento, que al infierno figuraba.
De dos naves que habia del Armada,
No quiere perdonar esta tormenta
A alguna; que á la zabra que cargada
Està de la comida, la revienta,
Y la abre por cien partes: mas varada
Aquesta fué en el isla; la otra avienta
A tierra firme, y tan metida queda,
Que dudo en algun tiempo salir pueda.
Pues dime, Juan Ortiz: ¡no te conmueve
El ver aquestos trances peligrosos!
¡O duro corazon! á quien no mueve
El temor de los fines sospechosos.
No vemos ser prudente el que se atreve
A perder lo ganado en los dudosos
Y peligrosos casos: lo mas cierto
Es ir siempre á buscar seguro puerto.
A nuestra Armada vuelvo, que metida
Quedaba en un juncal y una ensenada,
La cual halló segura su guarida:
Y el bergantin, tomando una enconada,
Del otra banda está, que de caida,
Allí, por se abrigar, hizo parada,
A dó con Cherandies ha tratado,
Y el tiempo que allí estuvo, rescatado.
Garay con los Beaguas de otra banda
Muy gran trato y rescates ha tenido:
A Caytuá, cacique, dice y manda,
(Pues, para aqueste fin ha descendido)
Que diga á los Beguaes, como él anda
En busca de cristianos, que ha sabido
Que tienen muchos ellos en su tierra,
Habidos de rescate, y no de guerra.
Aqueste Caytuá es comarcano
Al pueblo Santa Fé, y muy vecino:
Garay le trata bien como á su hermano,
Y así con gran contento con él vino.
El cacique no anduvo paso en vano,
Que yendo á los Beguaes de camino,
Cuatro cristianos trajo rescatados
Por anzuelos y espejos muy quebrados.
De aquí salió Garay: con el navio,
Que está de la otra banda, se ha juntado.
Despáchale á la isla por el rio,
Que dicen de las Palmas, afamado.
No vá de bastimentos tan vacio,
Que al fin le han de decir: "bien seais venido:"
Que están como los pollos ya piando,
Y solo por comida suspirando.
El Armada se vá por un estero
Que llaman de Beguaes, que no lleva
La fuerza y la corriente del primero,
A quien él vá á buscar á que le beba:
Y tanto vá sin él á cual postrero,
Que en mas de veinte leguas no le prueba;
Al cabo, porque en breve yo me sume,
Aqueste el Paraná se le consume.
Yendo por este estero navegando
Diez dias, que los tiempos no ayudaban,
Por tierra los soldados van cazando,
Que muy poco las balsas caminaban.
De noche estan con liñas esperando,
Pescando de los peces que picaban:
Aquí pica el Patí, allí el Armado,
Aquí tambien el Blanco y el Dorado.
En una bella noche muy serena,
Habiendo el sueño dado ya sus puertas
A los que nuestra cama era el arena,
Estando centinelas muy alertas,
Con grande dulcedumbre una Sirena
Comenzó de cantar; y cierto, ciertas
Y humanas parecian sus canciones,
Bastantes á mover mil corazones.
Es tan ameno y bello este parage,
Que las hijas de Pierio bien podrian
Dejar de Tracia el monte y su boscage,
Que aquí mas soledad cierto tendrian.
Y aquellos que siguiesen su lenguage
En breve de sus ciencias mas sabrian,
Y en metro y dulce verso el casto coro
Al mundo descubriera su tesoro.
Aquí la gran maldad la Filomena
Lamenta de Teseo, su cuñado,
Con su lengua arpada bien resuena,
Y con canto suave y agraciado
Publica á todo el mundo su gran pena,
Y dice: "pues la lengua me has cortado,
Aquesta gran maldad, cruda tirana,
Labrando contaré toda á mi hermana."
Aquí la sacra fuente cabalina
Sus cristalinas aguas vierte y riega:
Aquí la gran Minerva á la contina
Sus tesoros reparte y los entrega
A todos con largueza muy benina;
Y aquí muy de ordinario en esta vega
La bella y casta Diosa se pasea,
Y con sus compañeras se recrea.
Mas al isla conviene dar la vuelta,
Dejando aquesta Armada en este punto.
Pasada la tormenta y revuelta,
Segun digimos ya en breve trasunto,
El bergantin que fuera á vela suelta,
Llegando toma puerto luego junto,
Y dando de nosotros nueva cierta,
La cosa de esta suerte se concierta.
En busca de Garay luego volvieron
Aqueste bergantin y Melgarejo,
Y aquellos que al presente adolecieron
Llevaron, y mugeres, y es consejo,
Que allá en el Uruguay (adonde fueron)
Se pueble, donde hubiere el aparejo;
Que para los navios está cierto,
Que muy cerca hallará seguro puerto.
Llegados á la punta de este rio,
Quedóse el bergantin grande esperando;
El otro atravesó, que vá vacio,
Garay en esto viene navegando.
En breve se encontró con el navio,
Que estaba en una vuelta ya esperando:
La noche se apresura, el viejo Apolo
Nos huye, y viene airado el grande Eolo.
En un punto vereis que se levanta
Un sur tan riguroso, que atormenta
Con su grave furor cualquiera planta,
Y fuera del lugar propio la abrenta.
El Armada se afierra bien y planta,
El bergantin del lado no se absenta,
Con cabos, guindaletas amarrados,
Estan todos del viento contrastados.
El otro que esperando habia quedado,
Cargado de mugeres, como vido,
El cielo todo andar alborotado,
Camina el rio arriba, y ha tenido
Ventura en se mudar; que haber tardado,
La carga hubiera toda sumergido:
Mas no pudiera ser, que en el Armada
Jamas vide muger ser mal parada.
En tanto que venia el sur bravoso,
Huyendo con presteza su fiereza,
El capitan Rui Diaz valeroso
Caminaba el rio arriba sin pereza.
Lloraran las mugeres sin reposo,
Pensando ya fenece su belleza,
Y que ha de ser á peces entregada,
Y en vida só las aguas sepultada.
Garay en una isla empantanada,
Que dicen por renombre de la Espera,
Tenia ya su gente rancheada;
Del bergantin no sale gente fuera.
La enojosa tormenta, pues, pasada,
Al punto que la noche se viniera,
Las balsas desamparan este puesto,
Y oid lo que sucede, pues, de aquesto.
Desta isla dó digo que salieron
Las balsas, se atraviesa la corriente
Del rio, que Uruguay, indios pusieron
Por nombre: tierra firme está de frente;
Las balsas allá van, mas no pudieron
Las olas contrastar, que no consiente
La fuerza del canal remo ni pala,
Que todo lo abandona y lo desvala.
El sur se ha levantado en este punto,
Y hace que el canal ande alterado,
El corriente con fuerza viene junto,
Y el sur, lo que corre encontra, ha hinchado,
¡Ay Dios! que en este punto yo barrunto,
Que el dia de mi fin es ya llegado.
La barca se nos iba trastornando,
Las balsas todas siete trabucando.
Al dia del postrer juicio figuraba
Aquel naufragio nuestro doloroso.
Cual indio de la balsa se arrojaba
Por ir nadando á tierra codicioso;
Cual vuelve dó la balsa se anegaba
En busca del Señor que está lloroso.
Las indias dicen todas que llamemos
A nuestro Dios, pues todos perecemos.
Los caballos ya sueltos van nadando.
Y no tienen peligro, sino afierra
El cabo en parte alguna, que colgando
Le llevan por el agua hasta tierra.
La barca sale en salvo, y descargando
La ropa y aderentes de la guerra,
En busca de las balsas torna á prisa,
A donde todos andan sin camisa.
El que es buen nadador, aunque con miedo,
Al agua desnudandose se arroja:
Quien no sabe nadar estáse quedo,
Y en la balsa metido bien se moja.
Mas ya yo de nadar hablar no puedo:
La gente sale á tierra dó se aloja,
Tendida por la fria y dura arena:
Dejemoslos, que entiendan en su cena.

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CANTO DECIMO-CUARTO.

En este canto se cuenta la batalla que hubo entre los de Garay y los Charruas, y como fué herido Garay en los pechos, y su caballo muerto, y muchos indios muertos y heridos.

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¿A quien he de llamar que me dé aliento?
O ¿quien podrá acertar, que estoy enseñado
A tratar de tristezas y lamento,
Y poco de placeres he gustado?
Pues esto de la guerra hago á tiento,
Que menos de las armas he probado:
A vos, Señor, favor pido y demando,
Que vuestra ayuda sola voy buscando.
Dejé, si os acordais, en la marina,
Pasado ya el naufragio, á nuestra gente;
El Aurora nos viene ya vecina,
Apolo muestra ya su roja frente;
El bergantin navega á la bolina,
Subiendo el rio arriba diligente;
El Zapican ejército, marchando
En siete escuadras, viene ya gritando.
El bergantin le vido, mas primero
Le habian descubierto tres soldados,
Aquestos dieron arma muy ligero,
Los arcabuces fueron bien cargados.
No vide que queria ser postrero
Alguno, porque todos aprestados
En un punto salieron muy gozosos,
Por dar fin al Charrua codiciosos.
Doce caballos solos se ensillaron,
El Capitan con once compañeros,
(Que muchas de las sillas se mojaron)
Salieron veintidos arcabuceros.
Los bárbaros á vista se llegaron
Con órden y aparato de guerreros,
Con trompas, y bocinas y atambores,
Hundiendo todo el campo y rededores.
El Capitan mandó que se emboscasen
Los once de á caballo, hasta tanto
Que los alegres bárbaros llegasen
A tiro de arcabuz, porque de espanto
De ver á los caballos, no tornasen:
Y el Capitan se puso al otro canto
Con sus arcabuceros, atendiendo
Se fuese el enemigo introduciendo.
Llegado á poco trecho, hacen alto,
El Capitan procura de cebarles,
Un poco retirándose en un alto,
Por mas á su placer escopetarles.
El bárbaro de seso no está falto,
Que entiende ser aquesto asegurarles,
Por dó hace parar sus escuadrones,
Y dice con gran grita estas razones.
"Estamos de esperaros ya cansados,
Que há dias que tenemos entendido
Que sois hombres valientes y esforzados,
Agora será el caso conocido.
Salid los mas valientes y alentados,
Riñendo uno con otro este partido,
Salid, que tardar tanto es cobardia;
Veremos vuestro esfuerzo y valentia.
Con solo matar veinte de vosotros,
Pues sois de tanta fama y nombradia,
La vida por bien dada de nosotros
Tenemos todos juntos este dia:
¿Podeis ser mas valientes que los otros,
Cuyo valor poco há que fenecía?
Salid á los vengar, acobardados,
Cornudos, mugeriles y apocados."
Mas cosas les oí por mis oidos,
Que un poco de su lengua ya entendia,
Gritaban, daban voces, alaridos,
Con su grita la tierra estremecia.
Cual indio la perneta, cual fingidos
Motines y ademanes, cual hacia
Que cae en tierra triste y desmayado,
Y en un punto veréisle levantado.
Llamaban con las mantas que traian
Ceñidas á los cuerpos, no cesando
De dar voces, diciendo, que querían
Ponerse nuevos nombres peleando.
Mas viendo que los nuestros ya salían,
Al alto se volvian retirando,
Juzgando por mejor un alto cerro,
Y el sueño, como dicen, fué del perro.
Saliendo al alto, y siendo traspasado
Un poco de pantano que allí estaba,
El Capitan á priesa ha caminado;
Los once de á caballo que llevaba
Siguieron con esfuerzo denodado:
La trompa con presteza resonaba
En ellos, Santiago, Santiago,
Y oid un bello lance y gran estrago.
Seguíanle los once de tal suerte,
Que juntos se metieron, y mezclaron
En medio el enemigo, dando muerte
A todos cuantos indios encontraron.
Rompieron una esquadra grande y fuerte,
En que de setecientos se pasaron;
Salieron de otra banda cien flecheros
Con ánimo gallardo muy lejeros.
Sobre estos nuestra gente revolviendo
Pelea, y ellos rostro y cara hacen:
Los otros al socorro muy corriendo
Acuden, mas los nuestros los deshacen.
Volvieron á romperlos, y rompiendo
Los mozos sus deseos satisfacen,
Que tantos por el suelo van rodando,
Cuantos caballo y lanza van tocando.
Aquí vereis el indio atravesado
Por medio la garganta, y allí junto
El otro todo el casco barrenado,
Saliéndole los sesos luego al punto.
Por medio de los pechos traspasado
Estaba Tabobá, y casi difunto,
Y tanto de la lanza se aferraba,
Que ya perderla Leiva imaginaba.
Allega Menialvo con su espada,
Y dále un golpe tal que desafierra
La lanza el enemigo, y aun pegada
La lanza con la mano deja en tierra.
El indio vé su mano destroncada,
Y quiere escabullirse de la guerra,
Mas no le dán lugar, que tras su mano
Tendido le dejó Leiva en el llano.
Y como recobró Leiva su lanza,
Habiendo á Tabobá muerto, con priesa
Revuelve Abayubá sobre él, y lanza
El mozo un bote tal que le atraviesa
El ombligo, y el indio se abalanza
Por la lanza adelante, y hace presa
Con el diente en la rienda, de tal suerte,
Que la corta, y fenece con la muerte.
El viejo Zapican, que vé tendido
A su sobrino en tierra, bien quisiera
En Leiva se vengar, mas ha acudido
El bravo Menialvo, que le diera
Un golpe tan terrible, que partido
Por medio, por encima la cadera,
En dos partes quedò: fué cuchillada
De brazo poderoso, y fuerte espada.
Añagualpo, que estaba muy pujante,
En suerte le ha cabido á Vizcaino:
El bravo indio se puso de delante
Con pica que parece un grande pino.
El mozo le encontró luego al instante
Con su lanza, y aun hizo tal camino
Por medio de los pechos de aquel perro,
Que la espalda pasó su fino hierro.
Su lanza sacó tal y tan bermeja,
Que el hierro pura sangre parecia:
Dos pasos de este puesto no se aleja,
Cuando un indio de fama le seguia:
A esperarle el mancebo se apareja,
Que es indio muy gallardo y de valía,
Al mozo ha acometido Yandinoca,
Y él métele su lanza por la boca.
Arevalo gallardo vá hiriendo
La gente que jamas fue conquistada;
El hierro de su lanza va tiñendo
En sangre con los sesos mixturada.
Con fuerza vá Aguilera descubriendo
Aquí, y acá y allá de una lanzada:
Al indio deja tal, que parecia
Que el indio só la tierra se hundia.
El buen Mateo Gil, soldado viejo,
Con esfuerzo y valor de Trugillano;
Nacido en el lugar de Xarahicejo,
Andaba por el campo muy lozano.
Parécele que mata algun conejo,
Matando algun soldado Zapicano,
Y así tan gran estrago va haciendo,
Que las yerbas del campo va tiñendo.
Hernan Ruiz pelea sin pereza,
De Córdova heredando la osadia:
Acá y allá acude con destreza,
Con ánimo y esfuerzo y valentia.
Un indio le encontró con gran fiereza,
Y quitarle la lanza pretendia:
Camelo le ayudó, perdió la vida
El indio, con la mano bien asida.
Con gran fuerza por medio Magaluna
De cinco ó seis soldados se metia:
Al encuentro le sale Juan de Osuna
Con su espada, que lanza no traia.
Al mozo favorece la fortuna,
Que el indio con su pica tal venia,
Que si el caballo un brinco no pegára,
Por medio de los pechos le pasára.
La pica suelta el indio muy corrido,
Y al pecho del caballo se ase y garra:
El mozo, que lo vido tan asido,
La daga de la cinta desamarra:
Con ella fuertemente le ha herido,
Y tanto las entrañas le desgarra,
Que Magaluna altivo, bravo y fuerte
Cayò en tierra herido de la muerte.[72]

Tiene el campo Juan Sanchez ya poblado
De zapicanos muertos con su espada;
Un indio le acomete señalado,
Con una espada inserta y enhastada.
Un bote le tiró por un costado,
Y el mozo le responde de estocada,
Y aciértale por medio de la frente,
Y da con èl en tierra derrepente.
Rasquin piensa ya hoy hacer remate
Del ejército todo zapicano:
Mas veis otro que viene en el combate,
Que quiere en general probar la mano,
De encuentro, de reves, dá jaque y mate
Al indio sin dejarle un hueso sano,
Con la fuerza que pone en su caballo,
El fuerte y animoso Caraballo.
Fortuna, si quisieres estar queda,
Cuan presto el Charruaha se acabaria:
Si el capitan Garay viera tu rueda,
Bien con su lanza audaz la clavaria.
En un cerro una esquadra estaba queda
De indios, á la mira que haria,
El Capitan por ellos va rompiendo,
Y en él todos á puja rebatiendo.
Rompíolos, y al romperlos fué herido:
Miráronle los indios si caía,
Y viendo como en tierra no ha caido,
Sin órden cada cual allí huía.
El Capitan tras ellos ha corrido;
En esto su caballo se tendía,
Y muerto fenecióse la pelea,
De que el indio no poco se recrea.
Acuden los soldados, como vieron
Caer su Capitan con el caballo;
De presto en otro al punto le pusieron;
Procuran al real luego llevallo.
Los bárbaros al punto se huyeron;
La trompa á recoger toca: dejallo
Conviene al enemigo. En estos cuentos
Murieron, segun ví, mas de doscientos.
Recógese la gente muy gozosa
De ver quedar el campo muy poblado
De la soberbia sangre belicosa
Del indio, en estas partes señalado.
Era cierto esta gente muy famosa,
Su fuerza y su valor tan estimado,
Que toda la provincia la temia,
Y muy grande respeto le tenia.
El Capitan, que á todos gobernaba,
Fortísimo y valiente era en la guerra:
Por aquesta razon le respetaba,
Sin su gente, gran parte de la tierra:
Y aunque él en estos llanos habitaba,
Tenia alguna gente allá en la sierra,
Los cuales á su tiempo le servian,
Y á su mano y diccion siempre acudian.
Con esto estaba el perro tan pujante,
Que á todo el mundo junto no temia,
Juzgándose asi solo por bastante
Contra la tierra toda y monarquía.
El nombre de cristiano, y lo restante
Pensaba de acabar solo en un dia,
Y no le falta ayuda de paganos,
Que vienen de los pueblos mas cercanos.
En tanto que nosotros celebramos
El triunfo de victoria muy gozosos,
Y aquel siguiente dia reposamos,
Los indios despoblando temerosos
La tierra adentro huyen: despues vamos
En busca de Rui Diaz muy gozosos,
Que huyendo del tiempo adverso y duro,
Tomó en San Salvador puerto seguro.
Adonde en su ribera deleitosa,
De todos los desastres olvidados,
Nos tuvimos por gente muy dichosa,
En vernos ya de asiento allí poblados;
Con gozo celebrando la famosa
Victoria de mancebos esforzados
Contra el soberbio indio belicoso,
Y en todo el Argentino mas famoso.
A priesa cada cual hace morada,
Que de maderos hay gran aparejo,
Y teniendo su carga descargada,
Por Juan Ortiz se parte Melgarejo.
No siento le da pena la tornada,
Que aunque es el Capitan ya cano y viejo,
A trabajos está tan avezado,
Que no se halla bien si está parado.
Aquí, pues, los dejemos, descansando
Los unos y los otros muy gozosos,
El tiempo en regocijos empleando
Por los campos y prados deleitosos:
A Juan Ortiz volvamos, que penando
Está con sus soldados lastimosos:
Al que quisiere ser bien informado,
Serále en otro canto relatado.

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CANTO DECIMO-QUINTO.

En este canto se trata de las crueles y terribles muertes que los indios daban à los cristianos cautivos.

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