De aquello que una vez se hubo estrenado
El vaso nuevo guarda, como vemos,
El gusto y el olor: lo que es usado
Por largo tiempo en hábito tenemos,
Y tanto en natural se ha transformado,
Que siempre con lo tal bien nos habemos:
Y así dejar costumbre muy usada
Es cosa muy dificil y acabada.
Oí, cierto, una cosa muy galana
De un hombre cuartanario, que decia,
Teniendo ya salud entera y sana,
Que sin gusto y contento ya vivia:
Estaba ya tan hecho á su cuartana,
Que por falta su absencia la tenia.
Mirad qué es la costumbre, y de qué suerte,
Que dicen, que mudarla es par de muerte.
Estoy ya tan cursado en esta historia
En males infortunios y descuentos,
Que aquello que tuviera otro por gloria,
Tratar del enemigo y sus lamentos,
No daba tanto gusto á mi memoria;
Y así me parecía los acentos
Faltaban por tratar yo de alegría,
Por dó vuelvo à cantar como solía.
La gente desdichada zaratina,
De la esperanza estaba muy colgada:
El que esperando está siempre imagina
La cosa que le està mas apropiada;
Y cuando vé mudanza repentina,
Tras ella su memoria và guiada:
Que el ánimo dudoso tiene aquesto,
Que acà y allá se muda muy de presto.
Estaban congojosos, esperando
Que vuelvan los navios al concierto:
Ya viene Melgarejo navegando,
Dejando la mas gente allà en el puerto.
El buen Capitan entra pregonando,
Que el perro zapican quedaba muerto,
Y que iba ya huyendo de corrida,
Su ejèrcito y su gente de vencida.
Con placer le reciben de alegria,
Y todos con la nueva se alegraron,
El roto campo y gente, artillería,
En la zabra y bajeles embarcaron.
La zabra el Uruguay entrado habia,
El canal los pilotos no acertaron:
Ni basta izar trinquete, ni el antena,
Que fuertemente encalla en el arena.
Los bergantines suben prestamente
A descargar el hato que llevaban,
El Guaranì acudiera diligente
A ver que los cristianos esperaban.
Recibidos de paz, y prestamente
Los indios à su casa se tornaban;
Y en breve à dos cristianos han traido,
Y que otros dos traerán han prometido.
Venidos los bajeles, y buen viento,
La zabra desencalla del bajio,
Sin recibir de aquesto algun tormento,
Que piedras por aquì no tiene el rio.
Al puerto se llegó con gran contento,
A donde el Guaranì volvió con pio
De haber de los rescates castellanos,
Y trajo por rescate dos cristianos.
El capitan Garay hecha tenia
A Juan Ortiz la casa en que viviese,
Y cada cual la suya se hacia,
Por tener un rincon dó se metiese.
El Juan Ortiz en este proveia,
Que de hoy en adelante se dijese
Y nombrase Vizcaya el Argentino;
¡Mirad el ambicion del Vizcayno!
Despues al Paraguay determinaba
Que vayan á traer mucha comida:
Al capitan Garay acompañaba
Rui Diaz, que procuran la manida
De Cayú, que en las islas habitaba.
Allà los dos caminan de corrida,
Primero con Chanaes encontraron,
Y de ellos, dos ó tres aprisionaron.
De aquì los dos pasaron adelante
En busca de comida, y en el rio,
Que dije Igeipopè; dò està triunfante
El indio Guaraní, que es un gentío,
Como hemos dicho ya, en maña pujante.
Sin otra presumpcion ni desafio,
En los indios asalto dan bravoso,
Cuando el sol asomaba luminoso.
Habian estos indios abscondido
Sus hijos y mugeres, y pensaban,
En viendo algo seguro su partido,
En nuestra gente dar, y así hablaban,
Diciendo, pocos son: mas fuè sabido
El falso que en secreto concertaban;
Y asì salen huyendo por las vegas,
Dejando de maiz muchas hanegas.
Tres casas y buhios se dejaron,
Con docientas hanegas bien colmadas
De maiz, y otras cosas que se hallaron,
Y estaban sò la tierra sepultadas.
Los soldados las casas les quemaron,
Y fueran con los nuestros ya quemadas,
De un indio que lo andaba maquinando,
Si no estuviera Arevalo velando.
El capitan Garay con sus soldados
Camina á la Asumpcion con mucha priesa;
El capitan Rui Diaz, (bien cargados
Los suyos de comida y de la presa,
Que fueron cuatro indios señalados,
Y entre ellos de Cayù un hijo), atraviesa
A donde està el real, y en breve allega,
Y la comida y presa toda entrega.
La nave vizcayna se me aqueja,
Que de ella no me acuerdo: està plantada
Allá en un arenal, á dò la deja
Juan Ortiz, de gente mal poblada.
Parèceme que queda como oveja
A lobos desambridos entregada:
De cuando en cuando van á visitarla,
Mas la gente se teme de guardarla.
Y no quiero culparles, pues que tiene
Cualquiera, acá dó estamos, sobresalto,
Pensando cada cual que le conviene
Rogar á nuestro Dios, que de lo alto
Envie su socorro: que si viene
A dar el enemigo algun asalto,
Sin duda perecemos, porque vana
La guarda es sin la guarda soberana.
Un caso contaré, que manifiesta
En su tanto y manera esta sentencia,
De como humana guarda poco presta,
Si està encontra divina Providencia.
Sucede á media noche una molesta
Y triste desventura, diligencia
No basta á le impedir, porque la casa
De Juan Ortiz se torna hecha brasa.
Al punto que la gente reposaba,
Un fuego se emprendiò, el Adelantado,
Segun pareció ser, despierto estaba,
A priesa sin parar se ha levantado:
El viento al fuego fuerza acrecentaba,
La casa y cuanto tiene se ha abrasado,
Que mientras mas va, el fuego mas se atiza,
Y vuelve todo en polvo y en ceniza.
¡Eterno Dios!, que azotas y castigas
Los hombres por razones esquisitas,
Que de tormentas, hambre, sed, fatigas,
Trabajos, guerras, cosas infinitas
He visto? Y sé Señor, que mas obligas
Aquel á quien castigas, y le incitas
A que ande entero siempre en tu servicio:
Mas no conoce el malo el beneficio.
Metióse Juan Ortiz en su navio,
Adonde su hacienda està guardada;
No cura de hacer ya mas buhio,
Que la zabra la tiene por morada.
La guarda se le hace junto al rio,
La gente por el campo está poblada
En sus chozas de paja, sin abrigo,
Con no poco temor del enemigo.
Al arma un dia se toca: alborotados
A todos los vereis, porque asomaban
El piloto mayor y los soldados,
Que la nave sin guarda la dejaban.
A todos los vereis amedrentados,
Las damas y doncellas lamentaban,
Los hombres desmayados, suspirando
Andaban por la plaza divagando.
Llegó, pues, esta gente que guardaba
La nave vizcaina, y en llegando
Al piloto unos grillos luego echaba
El Juan Ortiz la cosa exagerando.
El preso su venida disculpaba,
El miedo por escusa presentando,
Diciendo: "que en la nave à la ventura
Estaba, y beneficio de natura."
Aquel Cayù, que dije, que huyendo
Salió con los demas, y que dejàra
Captivo el hijo, vuelve ya corriendo,
El rio Uruguay atravesára.
Algunos de los suyos le siguiendo
A Juan Ortiz pescados presentára,
Con làgrimas y ruego significa
Lo que con alma y vida le suplica.
Que en rescate del hijo una graciosa
Mozuela tome, pide; asì pensando
Cumplir su voluntad tan deseosa,
Su rostro y hermosura exagerando:
Y dícele: la tome por esposa,
Y mientras, él está aquesto tratando,
El Juan Ortiz la moza recibia,
Y al indio sin su hijo en paz envia.
En este tiempo ¡O cosa lastimera!
Flecharon al dichoso Chavarria:
Aqueste á los Chanaes les cupiera,
Al tiempo que la presa se partia:
Ordenado de grados supe que era,
Versado en natural filosofia,
Discreto, sábio y muy caritativo,
De mucha habilidad y seso vivo.
Es justo deste quede gran memoria,
Que su fin lo merece lastimoso,
Y pues llevò la palma de victoria,
Gozoso le nombremos y dichoso.
Yo espero nuestro Dios le dió la gloria,
Que yo le conocì por virtuoso,
Y oidme aquesta grande maravilla,
Que mas me mueve à envidia que à mancilla.
Sacàronle los indios del poblado
En un pantano grande anegadizo,
Y en un palo le ponen amarrado,
Y flechas dàn en él como granizo.
Quedó en breve tiempo tan cuajado,
Cual vemos el pellejo del herizo
De sus agudas puas, tal estaba,
Y con esfuerzo grande asì hablaba.
"Eterno Dios, el alma te encomiendo,
Que el cuerpo miserable que padece,
(Aunque está este tormento padeciendo)
Mayor por mis pecados él merece."
Estando estas palabras él diciendo,
El bárbaro cruel mas se embravece,
Y Chavarria en Cristo contemplando,
El Miserere mei está cantando.
Cual suelen cazadores por el Soto
Con perros y sábuesos voceria
Alzar, asì hiriendo á este devoto,
El crudo barbarismo lo hacia.
Estaba ya su cuerpo todo roto,
La sangre hilo à hilo dèl corria,
Mas èl no deja el canto de consuelo,
Que espera de tener paga en el cielo.
Y oid, mi buen Señor, aquì otra cosa,
Que tiene en confusion à estos paganos,
Por ser á vista de ojos espantosa,
Segun lo refirieron tres cristianos.
Captiva uno esta gente perniciosa,
Y sácanle los ojos, pies y manos
Le cortan con malvada y gran fiereza
Y dicen que està vivo. ¡Qué grandeza!
Juan Gago este cautivo se decia:
De Guadalupe mozo virtuoso,
En Logrosan, mi patria, me servia
Al tiempo que dejàra yo el reposo.
A la Virgen purìsima Maria
De Guadalupe, dice este dichoso:
"En este punto sed vos mi abogada,"
Y acude à su costumbre tan usada.
Dios sabe cuanto yo lo he procurado
Sacar de cautiverio por mil vias,
Y el trabajo y las hambres que he pasado,
Andando tras los indios muchos dias.
En muy grandes trabajos me he arrojado
Por mi propia persona, y con espias,
Y nunca he sido en ello de provecho:
Acaso Dios hará con èl su hecho.
Juan Barros de los indios fuè cautivo,
En tiempo de D. Pedro, en los Beguaes:
Mataron otros, mas aqueste vivo
Criaron, que era niño, y á Chanaes
Le venden (aqueste hombre de que escribo
Algun tiempo traté): Chiriguanaes
Le cautivan, y tiempo mucho estuvo
Entre ellos, y muger é hijos tuvo.[73]
Aqueste Juan de Barros cierto vide
Que hizo gran provecho à los cristianos:
Que Dios todas sus cosas siempre mide
Con divinos secretos soberanos.
No sabe el triste hombre lo que pide,
Lo mas cierto es dejàrselo en sus manos:
Esta consideracion en verdad hago,
En el negocio siempre de Juan Gago.
Estaban, sin los dichos, mas cautivos,
Que asimismo mataron estos perros,
Empalando y flechàndolos aun vivos,
Y tambien desgarrándolos con hierros;
Y por mostrarse crudos y nocivos,
En vida á muchos meten en entierros,
A dó mueren de hambre, cruda, perra,
Y vivos sepultados só la tierra.
Aquí quiero no quede por olvido
Un caso que me viene à la memoria.
Del grande Patriarca enriquecido
De bienes duraderos en la gloria,
Seràfico Francisco ha merecido
Un hijo suyo palma de victoria,
En tiempo de D. Pedro le mataron,
Y el caso de esta suerte me contaron.
Estando este bendito religioso
Hincado de rodillas en el suelo
Con grande devocion, el envidioso
Agaz, tirano indio, sin recelo
Le flecha: mas al punto un luminoso
Nublado descender se vé del cielo,
Y en el subir à todos parecia
Una doncella, bella en demasia.[74]
Los indios con aquesto se espantaron
De suerte, que á èl con otros compañeros
Que habian muerto, à todos enterraron,
Llorando porque fueron carniceros
De aquel bendito fraile que mataron.
Y estàn en su temor hoy tan enteros
Los descendientes de ellos, que recelo
Tienen que les venga fuego del Cielo.

A nuestra historia, pues, dando la vuelta,
Cayú de su hijuelo deseoso,
Tras el Garay se fué, que à vela suelta
El rio arriba iba sin reposo:
Y cuenta como al hijo no le suelta
El Juan Ortiz, y pìdele lloroso
Que le escriba una carta, en que le ruegue
Que su querido hijo se le entregue.
Es Yamandù en aquesto el trujamante,
Que es primo del Cayú; muy confiado
Está, porque poniéndose delante
De nuestro Juan Ortiz, Adelantado,
Harà con su saber y buen semblante,
Que quede Juan Ortiz bien engañado:
Mas uno piensa el bayo (allá en Castilla
Se dice) y otro es él que le ensilla.
Con priesa Cayú vuelve en compañia
Del falso Yamandù, que confiaba
Que muy presto al sobrino llevaria,
Que Garay en sus cartas lo rogaba.
Con ánimo gallardo y alegria,
Al Capitan el preso demandaba;
La gente dice toda, pues tenemos
El pajaro en la mano, ¿què hacemos?
No quiero referir las opiniones,
Juicios y pareceres diferentes,
Que habia en el real, y locuciones,
Coloquios y corrillos entre gentes,
Todos daban sus causas y razones,
Al parecer de muchos suficientes:
De Yamandù se trata, si conviene
Se prenda, ò que se vuelva como viene.
El Yamandù, como hombre cauteloso,
Procurando librar à su sobrino,
Mostròse muy alegre y muy gozoso,
Y dice à Cayú vuelva su camino,
Porque èl está ya hà dias deseoso,
De estar entre cristianos, y así vino
Con fin de bautizarse y ser cristiano;
Y desta suerte habla al primo-hermano.
"Cayú, bien vés cual quedo entre cristianos,
Y tu hijo tambien: tén buena cuenta,
Que guardes de malicia bien tus manos,
Y cosa contra aquesto no se sienta:
Que tratas con los indios Zapicanos,
Ni Guaraní por pienso en tal consienta,
Que al punto que haya tal, entrambas vidas,
De tu hijo y de mí, serán cumplidas."
"Yo quedo con contento y alegria,
Asi se lo decid á mis parientes:
Mirad que mucho hà que yo os decia,
Que habian de venir de lejos gentes.
Dejados de esa vana fantasia,
Mirad que no podeis ser tan valientes
Que deis cabo de tantos: sed ya buenos,
Poned à vuestras almas duros frenos."
Con esto y otras cosas que hablaba,
El falso Yamandú disimulando
Su pretension fingida procuraba,
Diciendo desear ser bautizado:
Y tanto esta ficcion suya duraba,
Cuanto de la Asumpcion se hubo llegado,
Como diré despues, que agora siento
En Santa Cruz un mal levantamiento.
Tratemos dél agora, que sucede
En tanto que lo pasa el zaratino
Muy mal, y yo aseguro que bien puede
Ponerse él de Toledo ya en camino,
Sino quiere ser causa de que ruede
Don Diego con su gente al Argentino,
Y con su rueda dé tal estampida,
Que el Perú venga todo de caida.

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CANTO DECIMO-SEXTO.

Levàntase D. Diego de Mendoza en Santa Cruz de la Sierra; sale el Virey D. Francisco de Toledo del Perù, con gran ejército en su demanda.

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Con su saber astuto y cauteloso,
Sintiendo la pujanza que Adam lleva,
Y viéndose no ser tan poderoso,
Que pueda entrar con él en lucha y prueba,
En el jardin de vida deleitoso,
Satan tomó por medio á nuestra Eva,
Que vencerle, sabia, no pudiera
Si solo la batalla acometiera.
Contra el hombre quedó Satan tan diestro
Que si vencerle quiere con pujanza,
Como viejo, sagaz y gran maestro,
En una muger pone confianza;
Y el caso que no puede muy siniestro,
Por medio de muger puede y alcanza:
De modo que de diez partes de males,
Los nueve con muger causa cabales.
Cuan claro aquesto vemos en el cuento
Del pobre de D. Diego y de Zurita,
Pues solo por poner muger asiento
En el iglesia, y que otro se lo quita,
Se comenzó tan gran levantamiento,
Que al reyno del Perú plata infinita
Le cuesta, y aun buen triunfo le costára
Se él de Toledo no lo remediára.
Las mugeres de aquestos dos trabadas,
Comienzan de sembrar tan gran zizaña,
Que yendo ya las cosas mal guiadas,
Se fragua en poco tiempo gran maraña.
El Zurita tenia desganadas
Las gentes, y à D. Diego el diablo engaña:
Al Zurita que manda allí, prendia,
Y al Audiencia Real preso le envia.
Un Diego Gomez, hombre marinero,
Con su pretension mala le traía
Al pobre de D. Diego al retortero;
El Cabildo en aquesto le elegia,
En el lugar que estaba de primero,
Zurita, que á los Charcas habia ido:
Pues veis Gobernador D. Diego alzado,
Y el propio del gobierno despojado.
Don Diego á los alcaldes prende luego,
Con otros que condenar su designo,
Y viendo alborotado andar el juego,
Los Salazares salen de camino.
La nueva al Perú vuela como fuego,
Y el D. Diego con grande desatino
Mató á los Salazares, procurando
Quedarse para siempre gobernando.
Don Francisco, virey de tanta fama,
Y en servicio del Rey muy estimado,
Sabido este negocio, echa de rama,
Y en breve grande ejército ha juntado.
A gente de valor y suerte llama,
Y el hecho con presteza concertado:
La cordillera se entra muy pujante,
Echando un caballero de delante.
Aqueste es D. Gabriel, que de su tierra
Y sangre hereda esfuerzo Placentino:[75]
A Santa Cruz le envia de la Sierra
Con gente de la suerte que convino,
A que rompa por paces ó por guerra
Del triste de D. Diego su destino,
Despues, dando la vuelta, que pretenda
En Ibitupuá ganar hacienda.
Don Francisco se vá por otra parte,
Por Presidente queda el de Quiñones:
Aqueste caballero con gran arte
El Audiencia regia y escuadrones,
Temiendo de su industria el fiero Marte,
De su sagacidad y discreciones:
Que tanto era el ardid que allí mostraba,
Que en la guerra las letras encumbraba.

A Don Diego la nueva llega en esto,
Que de parte del Rey se hace gente,
De Santa Cruz se sale muy de presto
A las horcas de Chaves diligente:
En llegando despacha muy de presto
En casa Ibitupuá, indio valiente,
Diciéndoles, se junten mano armada,
Y no dèn al Virey paso ni entrada.
Que si el Virey se le entra por la tierra,
Que vivirá en eterna servidumbre;
Que habrá de conquistar toda la Sierra,
Sin dejar lo mas alto de la cumbre:
Que ahora podrá bien darle la guerra,
Para librarse de esta pesadumbre;
Que perfecta prudencia es y cordura,
Gozar en la ocasion la coyuntura:
El indio le responde, que guardase
Su tierra, y que jamas no pretendiese,
Que en cosa con los suyos le ayudase,
Que allá D. Diego solo se lo hubiese.
Que no tiene temor que nadie entrase
En su tierra, por fuerza que trajese,
Que de ánimos constantes tiene un muro,
Y fuerza, con que vive muy seguro.
Ibitupuá, ó viento levantado,
Aqueste indio se llama, es de gran brio,
Magnánimo, valiente y esforzado,
De muy grande valor y señorio:
En grande rectitud tiene su estado
Sujeto por su esfuerzo y poderio:
En toda la comarca es muy temido,
Y muchos favorecen su partido.
Entre los suyos hizo llamamiento,
Y désque á todos juntos los tenia,
Les hizo un concertado parlamento,
Diciéndoles el fin que pretendia.
"Aquesta tierra, dice, es nuestro asiento,
A nadie de derecho otro venia;
Por tanto el nuestro propio defendamos,
Y la vida por él todos pongamos."
"Yo he puesto diligencia en mis agueros
Y hallo buen presagio en cuanto veo,
Y espero que saldrán bien verdaderos,
Cortados á medida del deseo:
Y veros tan valientes y guerreros,
Cual sé lo sois, y siempre yo lo veo,
Me pone nuevas fuerzas y me anima
A conquistar los Charcas, Cuzco y Lima."
"Noticia tengo ya de como viene
El soberbio cristiano, mano armada:
En las horcas de Chaves se detiene
Don Diego con su gente levantada,
De todos el resguardo nos conviene,
Y guardar nuestra tierra libertada;
Que si cualquiera de ellos nos venciere,
De nosotros hará lo que quisiere."
Bebiendo de la chicha y del brevage,
Que habia para ello el aparejo,
Celebrado con grita y con corage
De todos fué el acuerdo y el consejo.
En medio de la junta, de buen trage
Un indio se levanta, cano, viejo,
Con manta que parece fina grana,
Y en el brazo de plata una chipana.
Aqueste con muy grande reverencia
Al gran Cacique dijo, convenia
Despachase con mucha diligencia
A Condurillo.—Izoca: "mas valdria,
Responde muy soberbio, sin paciencia,
Matar toda la sangre vieja y fria,
Pues quita á los osados corazones
La causa de venganza y ocasiones."
El viejo Tabobá con pecho fiero,
A Izoca respondió: "mal has hablado,
Contino la tuviste ser parlero,
Sin seso, sin verguenza, deslenguado:
A ti junto con otro compañero
Haré entender quien soy en estacado."
Izoca acude al arco que traía,
De presto Ibitupuá los despartia.
Las tazas andan tales y los mates,
Que el acuerdo se vuelve en voceria;
Allí se disputaban mil debates,
Y cada cual su caso difería.
Con borradas razones y dislates,
El uno al otro dice vencería,
Aunque traiga consigo por ayuda
La isla Jamaíca y la Bermuda.
Una India que las tazas ministraba,
Muy vieja lagañosa y colmilluda,
A todos los mancebos animaba
Con su lengua mordaz y tartamuda:
Entre otras muchas cosas que hablaba,
Aquesta razon dice la barbuda:
"En medio el Paraguay y Perú estamos
Aquestos y á los otros resistamos."
Gran grita y alarido levantaron
Los indios en le oir estas razones:
El dicho con aplauso celebraron,
Cesaron diferentes opiniones.
El consejo con gozo consumaron
Conformes en el alma y corazones,
Sujetándose al dicho de la vieja
Y así cada cual dellos se apareja.
El nuestro Paniagua placentino,
Con gente muy lustrosa y muy lucida,
Con ánimo de fuerte paladino
Comenzó, como dije, su partida.
Y tan pujante fué, que de camino
La tierra á su diccion quedó rendida.
Don Diego de esperarle ya cansado,
A Santa Cruz, enfermo, se ha tornado.
De manos y de pies Dios le ha tullido;
Que es lástima de ver al caballero,
Que aun obras naturales no ha podido
Sin ayuda hacer de otro tercero.
A Santa Cruz de vuelta ya venido,
De D. Gabriel le viene un mensagero
Con cartas del Virrey, y prometidas
Del propio, y Gomez y Avila las vidas.
Llegando D. Gabriel á aqueste puesto,
Que las horcas de Chaves es llamado,
Halló como D. Diego con el resto
De su gente ya habia caminado.
Las cartas despachando muy de presto,
Con los suyos se queda allí alojado,
Que adelante pasar no se podia,
Que la tierra de aguas se cubria.
A Santa Cruz las cartas llegan breve;
El Avila ha ayudado en esta parte,
Causando que se haga lo que debe
Hacerse, aunque siguiera el estandarte
Contrario: mas agora no se atreve,
Por ver del de Toledo la grande arte,
Y que el D. Diego está sin pies y manos,
Y aquellos que le siguen son tiranos.
El órden que se dió, que desistiese
Del mando y del gobierno que tenia,
Y al Cabildo y Consejo se le diese,
Que aquestos dicen todos convenia.
El Gomez, que fué causa que hiciese
Don Diego la contada demasia,
Y fuera al parecer su grande amigo,
En viéndole sin mando, fué enemigo.
Desiste, pues, D. Diego de su mando,
Y deja que el Cabildo gobernase,
Por aquesta manera procurando
Que el Virrey su delito perdonase.
Algunos de su parte y de su bando
Le dicen al Virrey se presentase:
Que en ver su poca culpa y su inocencia,
Sin duda que usaria de clemencia.
El Cabildo enviar procura luego
A D. Gabriel la nueva de este hecho:
Salgado sale ya sin grande ruego,
Mas no sin gran doblez de inicuo pecho.
De Santa Cruz, saliendo como fuego,
A las horcas de Chaves vá derecho;
Veinte mancebos lleva arcabuceros,
Y mas cincuenta infantes muy guerreros.
Don Diego del negocio ya arrepiso,
Pensando de volver el juego en maña,
A Salgado le ha dado por aviso,
Que mate á D. Gabriel con su compaña.
El indio Chiriguana nunca quiso
Venir en el concierto y la maraña;
Que si el indio en el concierto consintiera,
Don Gabriel con su gente pereciera.
El hecho de esta suerte se guiaba,
Que llegado Salgado con su gente
A donde D. Gabriel y el campo estaba,
Seria recibido alegremente,
Por el socorro y nuevas que llevaba:
Y que despues, un dia de repente
Marchando con los suyos el Salgado
Revuelta sobre el campo descuidado.
Con sus arcabuceros de delante
Habia de ir Salgado y sus flecheros:
Paniagua tras él con el restante
En dos tercios, y que él con los primeros
Revolviese á traicion, con tal semblante
Que pensasen ser indios los postreros:
Hicieran desta suerte todos alto,
Y así Salgado diera un crudo asalto.
Llegado, pues, Salgado donde estaban
Paniagua y los suyos alojados,
De todos con la nueva se holgaban,
Por ver ir los negocios bien guiados:
Y con esto de presto se aprestaban
Para dar en los indios no domados:
De Ibitupuá, digo, el valeroso,
Valiente, astuto, sábio y belicoso.
Salgado se ofreció que con su gente
Irá en la delantera de contino,
Recíbese su oferta alegremente,
Que D. Gabriel no sabe su destino.
Mas el malvado piensa prestamente
En efecto poner su desatino;
Y así para efectuar el crudo hecho
Descubre con los suyos su mal pecho.
Al tiempo, pues, que ya lo concertaba
De dar en D. Gabriel que vá marchando,
El indio guaraní lo revelaba,
Que con Salgado iba caminando.
Y aunque el Salgado bien se lo rogaba,
No quiere el guaraní seguir su bando,
Que dice, que de andar está cansado
Tras D. Diego, que siempre le ha burlado.
A D. Gabriel el caso refiriendo
El guaraní con pecho y osadia,
Y toda la maraña descubriendo,
Que trabada Salgado ya tenia,
Al tiempo que la iba mal tejiendo,
El hilo conocido descubria
El triste de Salgado, de tal suerte,
Que vino á fenecerse con la muerte.
Colgóle D. Gabriel y prestamente,
Despacha á Santa Cruz de aquel paraje
Los indios Guaranies, y la gente
Que dije que vinieron, y un mensage
A D. Diego le envia diligente,
La palabra le dando y homenaje,
Que venga, que al Virey hará servicio,
Y que él le será en todo muy propicio.
Don Diego en esto, y Avila pensando,
Que en su negocio hacen mucho hecho,
A los Charcas caminan, procurando
Llevar siempre camino muy derecho.
A D. Diego el temor le vá acusando,
Aunque Avila le pone alegre pecho;
Las aguas con gran fuerza le apuntaban,
Y volverse por esto procuraban.
Sabiendo en Santa Cruz como querian
Volverse, porque el Gomez lo ha tratado,
Diciendo que las aguas ya venian,
Y no estaba el camino aparejado:
A Diego Gomez presto le prendian
Y al Audiencia le envian á recado.
Don Diego no desiste del camino,
Que tullido y enfermo á Mizque vino.
Ibitupuá, que estaba muy pujante,
Espera á Don Gabriel con pecho fiero:
No viene el Placentino muy triunfante
Que le quita la fuerza el mal tempero:
Las aguas tambien mira de delante,
Y el importuno tiempo venidero,
Y viendo como todo le adversaba,
Batalla solamente presentaba.
Y aunque nunca romper ha procurado,
Con todo, el enemigo se mostrando
Tan fuerte, que á los nuestros ha apretado,
Y del todo á romper les obligando
Algunos rompimientos ha formado,
En que lo mas seguro se llevando
El Español, el bárbaro moria
Cantando la victoria que perdia.
Al fin, porque convino así hacerlo,
Retíranse los nuestros, que imposible
Al bárbaro será en breve vencerlo,
Que habita en una tierra muy terrible:
Lo que es mas principal para cogerlo,
Y es cosa hacedera y muy posible,
Prenderles las mugeres, que prendidas
Darán en trueco dellas dos mil vidas.
Es cosa de notar de aquesta gente
En como á su muger ama el marido,
Que ni hijos, ni padres, ni pariente
En tanto tiene: y sé que ha sucedido
Venir tras su muger muy diligente,
Y dar en trueco un hijo muy querido
El indio con tristeza lastimera,
Por verse sin su dulce compañera.
Zeloso suele ser y recatado
El indio con la india que es su amada,
Y dó quiera que va la lleva al lado
En tanto que no ve que está preñada:
Despues suele decir; ya está ocupado
El vientre, y ocupada la posada,
Si mi muger no hubiere de guardarse
Mi obra ya no puede despintarse.
Salió pues D. Gabriel de entre esta gente
Sin hacer el efecto pretendido,
Que el invierno le estaba ya presente,
Por dó dejar la guerra ha convenido.
De Chuquisaca en esto el Presidente
Quiñones con socorro se ha partido,
En busca del Virrey va caminando,
Que á Condurillo viene atravesando.
Al tiempo que el Virrey entró en la Sierra
Con cuatrocientos hombres bien armados,
Con otra mucha gente de la tierra
De todos aderentes pertrechados,
Con fin de reducir por paz, ó guerra
Al indio guaraní con sus estados,
La tierra considera, y la demarca
Desde un pueblo que llaman Chalamarca.
De aquí por su mandado á priesa fueron
Tres hombres con despachos y recados
A Tucuman, dó en breve se pusieron,
Que en el camino estaban bien cursados.
Con esto en Tucuman presto tuvieron
Noticia de Don Diego y de sus hados.
Al Paraguay tambien la nueva viene
Al tiempo que velarse le conviene.
En tal término y punto está la cosa,
Que si Don Diego á caso allá bajára,
Hallára nuestra gente deseosa
De cualquiera revuelta y se holgára.
Mas quiso con su mano poderosa
El Alto remediar; que si la alzára,
El Argentino todo se perdiera
Y en aprieto al Perú todo pusiera.
Alguna vez oí á mis oídos,
Que Don Diego venia levantado,
Y ví que se holgaban los nacidos
En la tierra del caso relatado.
Los pechos de estos fueron conocidos
Cuando despues se hubieron rebelado
En Santa-Fé, en aquel levantamiento,
De que yo en su lugar la verdad cuento.
De allí de Chalamarca pues envia
Despachos el Virrey, como contamos,
Al Rio de la Plata, que temía
El mal que en esta historia ya apuntamos.
A Zárate despacha recta vía,
En busca de unos indios Comogamos;
En Condurillo habita aquesta gente,
Y así es dicho el cacique, muy valiente.
Tambien salió el Virrey á la otra mano,
Por sierras cordilleras de boscage:
En partes pocas hay camino llano,
Que todo es cordillera este parage.
El asiento de Manso está cercano:
Seguro estoy si fuera allá el bagage
Y pueblo, el buen Virrey allí poblára,
Que mucho á su pretenso le importára.
Con gran pujanza vá el Virrey siguiendo
Su derrota y camino comenzado:
El indio guaraní se está riendo,
Por ver que el aparato es escusado;
Y en viendo al Español, tira huyendo
De lejos, el motin haciendo usado:
Don Francisco y su campo van marchando
La vuelta del Perú ya deseando.
Aquí quedan cansados los carneros,
Allí desmaya ya y muere el caballo,
Desean muchos hombres verse en cueros
El hato dejan ya por no llevallo.
A los Charcas salieron mensageros,
Quiñones se dá priesa, que encontrallo
Al Virrey con socorro determina
En el asiento y pueblo de Tomina.
Marucare en aquesto muy furioso,
Huyendo de su asiento y de su casa,
Porque en quemarla nadie esté gozoso,
El propio la ha dejado hecha una brasa.
Con Taboba el valiente y ardidoso,
Sus mugeres y chusma presto pasa
De allí, y tan adentro se ha metido,
Que no podrá jamas ser ofendido.
El buen capitan Zárate bajando
En busca del asiento Condurillo,
Con tan grande trabajo atravesando
La tierra, qué temor me dá escribillo,
Los dias y las noches caminando,
Al fin el indio hubo de sentillo;
Y aunque de sobresalto los cogieron,
La mugeres é hijos escondieron.
Tres casas y buhios muy crecidos
Aquí Zárate halla, dó su gente
Aloja: que los indios escondidos
Vacios los dejaron prestamente.
De á poco con cautela son venidos,
Con cruces en las manos de repente,
Diciendo, que huyeron temerosos,
Y de la cruda muerte recelosos.
Al Capitan decían y culpaban,
Porque nunca avisó de su venida,
Que dias hà que todos deseaban
A los cristianos ver, que conocida
Su bondad y valor, determinaban
La tierra esté al cristiano sometida;
Y porque ellos esto conocian,
Las cruces en señal de ello traian.
Al Capitan con esto procuraban
Entretener los indios, pretendiendo
Hacer así mejor lo que ordenaban,
Y andaban con gran priesa y maña urdiendo.
En tanto que la junta concertaban,
El Capitan su farsa conociendo,
Un fuerte ha fabricado muy aina
De brava palizada, y de fagina.
Apenas está el fuerte fabricado,
Y las paredes del no medio hechas
Estaban, cuando el campo se ha quajado
De los indios, que vienen por sus trechas,
Gran grita y alarido han levantado,
El aire y tierra cubren con las flechas.
La guerra fué sangrienta y bien reñida,
Mas huye, al fin, el indio de vencida.
Los muertos y heridos muchos fueron
De parte de los indios, porque habia
Ochenta arcabuceros que hicieron
Como gente española de valía.
De tres ó cuatro vivos que cogieron,
Traidos acá al fuerte, se sabía
Que los indios llevaban en los brazos
A sus casas los hechos ya pedazos.
De los nuestros quedaron mal heridos
Algunos, pero pocos de esta guerra:
Los indios á gran priesa son metidos
Por la espesura grande de la sierra.
De á pocos dias fueron descendidos,
Bajando el capitan á ver la tierra;
Y á quince que en el fuerte se quedaron,
Las cabras, como dice, acorralaron.
La tierra toda junta se ha juntado
Haciendo para el caso llamamiento,
A los quince del fuerte han apretado
Y puesto en confusion y gran tormento:
Muy grandes baterias les han dado,
La cosa andaba en mucho rompimiento,
Cuando dando la vuelta los cristianos
Del fuerte se retiran los Paganos.
El Capitan estuvo allí tres dias
Rehaciendo su gente; y como viese
Que el estar mas allí, por todas vias,
Dañoso era, ordenóse que se fuese
En busca del Virrey y compañías,
Que no se sabe de él á dó estuviese.
Mas él, tan gran camino vá haciendo,
Que sin poder errar le van siguiendo.
De presto todos juntos se juntaron,
Y dando ya la vuelta presurosos
Con el buen Presidente se encontraron,
De que todos se hallan muy gozosos.
A sus casas alegres se tornaron,
Aunque todos venian perdidosos:
D. Diego de Mendoza tambien viene,
Y oid en otro canto el fin que tiene.

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CANTO DECIMO-SEPTIMO.

En este canto se trata de la muerte y justicia que hizo el Virrey D. Francisco de Toledo, de D. Diego de Mendoza en Potosì, y del gran Señor Topamaro en el Cuzco.

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