Aquel es de valor y grande estima
Que sabe con prudencia gobernarse:
Diremos con razon tener la prima
Aquel que vemos sabe resguardarse
Con gran maña en el arte de la esgrima,
Y à su tiempo procura señalarse:
Aquí apuntando el golpe por lindo arte,
Y al fin haciendo el lance en otra parte.
Aunque el Virrey la causa publicaba
De su salida ser el Chiriguana,
Y al principio de aquesto se trataba,
En Don Diego de dar tiene mas gana.
Y así al punto luego se tornaba,
Sabiendo Santa Cruz estaba llana;
Que no estando la causa sosegada
Allá fuera el Virrey de mano armada.
Bien claro se mostró, pues prevenia
Al Perú, y á las demas gobernaciones,
Que à priesa á todas partes escribia
De Don Diego las vanas pretensiones.
La nueva á Tucuman presto venia,
Que mas vuelan los tres que unos halcones:
Tambien allega al Rio de la Plata
Dó Juan Ortiz echaba la bravata.
Responde con soberbia al mensagero,
Mostrandole desnudo el viejo pecho,
Que diga à Don Francisco, que harnero
Lo tiene por servir al Rey, bien hecho:
Y que tiene de ser siempre el primero
Dó fuere menester ser de provecho:
Que estan muy enseñadas ya sus manos
A derramar la sangre de tiranos.
Mas no fueran bastantes, si bajàra
Don Diego, sus bravatas y sus fieros,
Que mucha gente moza le ayudàra,
Que al fin eran antiguos compañeros:
Y así la cosa acaso le obligára
A buscar su remedio, y agujeros
A donde se meter à priesa listo,
Que no estaba en la tierra muy bien quisto.
Mas no tuvo Don Diego tal designo,
Que puso en el Virrey toda esperanza,
Que habrà de perdonar su desatino,
Y así sale con esta confianza:
Y no ha bien concluido su camino,
Y à Diego Gomez vido que le alcanza;
Que preso le traìan, y á recado,
De que à Don Diego mucho le ha pesado.
D. Francisco saliendo de la guerra,
A Potosì se fué, que deseaba
Juntar los naturales de la tierra,
Porque esto al Gran Filipo le importaba:
De los valles los trajo, y de la sierra,
Y en breve mucho número ha juntado,
Y pòneles la tasa en los jornales
Del trabajo y labor de los metales.
Los indios son en grande muchedumbre,
Que nunca acabaremos describillos:
Difieren en los trajes y costumbre,
Y asì se diferencian sus aillos;
Subidos en los altos de la cumbre
Del cerro, acà parecen pajarillos:
Sacando allì el metal de sus mineros,
Acà al pueblo lo bajan en carneros.
Los ingénios los muelen muy aina,
Por muy graciosa traza y artificio;
Y hecho ya el metal cual pura harina,
Se hace con azogue el beneficio.
En breve sale piña y plata fina,
Y muchas veces hace bien su oficio
El azogue, quedando tan entero
Segun y como estaba de primero.
El grande laberinto, que de Creta
Es dicho, con razon puede llamarse
El cerro Potosí, à dó una veta
A muchos enriquece; y engañarse
A otro fuerza tanto, que te meta
En ella hasta vivo sepultarse;
Quedando sò la tierra sepultado
A vueltas de la plata que ha buscado.
Estando aquì el Virrey, D. Diego viene
Al asiento llamado de Tomina,
A dó un Corregidor, que el pueblo tiene,
Al punto que lo vè con èl camina,
Prendiendole, que quiere que se suene
Que èl mismo á le prender se determina:
A Potosì lo lleva diligente,
Y el pobre de D. Diego và doliente.
A las casas reales fuè llevado,
A dò està la Real Hacienda, y plata;
Allì lo tienen preso, y á recado,
En tanto que su causa se vé y trata.
No estuvo muchos dias, que acabado
En breve su negocio, no dilata
D. Francisco el castigo que queria
Hacer, segun entiende convenia.
La villa Potosí alborotada
Vereis andar la gente dolorosa;
Sabido la sentencia estaba dada,
Y que la ejecucion era forzosa,
Decian "¡Ha de ser ejecutada
La sentencia de muerte rigurosa!"
Algunos se metieron de por medio,
Mas nunca pudo darse algun remedio.
Al fin, pues, en la plaza fabricaron
Un famoso cadalso muy de presto,
Y al pobre de D. Diego le sacaron
Subido en una mula muy de presto.
Al tablado llegando, celebraron
Su muerte, con dolor y luto puesto;
Sintiendo pena de ello y gran mancilla
Los galanes y damas de la Villa.
Tambien á Diego Gomez, el que habia
Al triste caballero aconsejado,
Colgaron; y lo mismo aqueste dia
Al Avila hicieran, que sacado
Con estos tambien fuè, y ya queria
El verdugo colgarle: encaramado
Estuvo en los postreros escalones,
Y à grande priesa viene el de Quiñones.
A no llegar con priesa y diligencia
Perdiera sin falta Avila la vida;
Que el verdugo ejecuta la sentencia
Si no viene Quiñones de corrida.
Por señal el bordon de Su Excelencia
Traia, que es señal muy conocida;
Perdonan al que està medio difunto,
Y parece nacer en aquel punto.
En su túnica y soga muy revuelto,
Pensando ser vision y que soñaba,
A la cárcel ha sido luego vuelto
En tanto que su causa se trataba:
Al fin saliò de à poco libre y suelto,
Y de gozo y placer no se hallaba;
Que es burla muy pesada y que espanta
Verse un hombre la soga à la garganta.
Si solo imaginar un sentenciado
Que habia de morir al otro dia,
Le hizo que el cabello sea tornado
De negro, blanco, luego encanecìa:[76]
Quien se vido en la escala levantado,
Y al verdugo que echarle ya queria,
Diremos que ha probado el trago fuerte
De la descomunal y cruda muerte.
¡O muerte, cuan amarga es tu memoria!
Al hombre que en sus varios bienes fia,
De Reyes, y no Reyes has victoria.
De noche nos combates y de dia,
En esta vida triste transitoria,
Que al tiempo mas florido se desvia.
Habiamos de tenerte por espejo,
Por regla, por medida, y por consejo.

Aquel santo consejo celebrado,
Que dice, del morir nos acordemos
En todas nuestras obras bien notado,
Seguro que in æternum no pequemos,
En nuestro cristianismo consagrado,
Creido, y aun sabido bien tenemos,
Que ataja la memoria del tormento
Y muerte, y gloria al malo pensamiento.
No finjo santidad ni hipocresía,
Que sè soy pecador desconocido:
Mas digo que en el tiempo que tenía
La muerte al ojo, siendo muy sabido,
Que de hambre morian cada dia,
En la parte que arriba he referido,
Tenia la conciencia tan medida,
Cual nunca jamas tuve yo en mi vida.
La muerte de si tiene dar tristeza,
Por no saber el hombre el paradero:
Que si deste se tiene la certeza
Alegre es aquel trance y placentero:
Dejar un mundo tal, y tal vileza
Habia de dar gozo muy entero,
Y en lugar de tristeza gran consuelo,
Pues vemos que salimos de este suelo.
Una generacion muestra contento
Al tiempo de la muerte, y hace fiesta,
En lugar del funesto sentimiento,
Que hace la española gente mesta.
Si se tuviese el buen conocimiento
De aquesta triste vida tan funesta,
Con la muerte contento se tenia
Tomándola por gozo y alegria.
Julio Solino cuenta una costumbre
De aquellos hiperbóreos tan nombrados;
Empero estos carecen de la lumbre
De Fé: aquestos, dice, que cansados
De vivir, y teniendo pesadumbre
De ver tardar la muerte, muy untados
Con cierta uncion, habiendo bien comido,
Pecando así, se dan fin dolorido.
En Tomahavi vide una estrañeza,
Que es digna de contarse de camino:
En un pantano grande de llaneza
De tierra, está temblando de contino,
A dò llegando perros, sin pereza
Bailando como recio torbellino,
Se arrojan en la fuente dó se cuecen,
Y vivos con su baile alli perecen.
Parece que el morir les dà contento,
Y asì muestran querer aquella muerte,
Y vemos frecuentarse aquel asiento
De perros, y morir de aquella suerte.
Yo vide aquesto propio que aquì cuento,
Que por juzgar el caso yo por fuerte,
A verlo fuí, y los perros que allá fueron
Bailando ví, en la fuente perecieron.
El cisne, blanco, bello, dicen; suele
Cantar cuando la muerte le es vecina,
Que dejar esta vida no le duele,
Teniéndola por triste y por maligna.
Razon es, pues, mas justa se consuele
El hombre racional, que à Dios se inclina,
A quien, si vive bien, tiene guardada
Allà en el cielo Dios mejor posada.[77]
Pues vemos que no es cierta y duradera
La ciudad que habitamos sin firmeza,
Busquemos la que es firme y verdadera,
Que dure para siempre en gran alteza.
La muerte viene á priesa muy ligera,
No es justo espante al bueno su fiereza.
Temerla es natural, mas sea de suerte
La vida, que no pese de la muerte.
Sabìa bien la vida que habia hecho
El vaso de eleccion, y deseoso
De ver á Jesu-Cristo satisfecho,
Que muriendo tenia gran reposo:
Pedia con instancia ser desecho,
Y disuelto del cuerpo trabajoso,
Creyendo gozaria en guadio eterno
A Cristo, sumo bien, con fin superno.

Pero, aquel que no sabe ni está cierto,
Mas antes con razon muy temeroso
Lo que ha de ser de si despues de muerto,
Con la vida se halla muy gozoso.
Así lo experimenta quien concierto
No tiene en su vivienda: el virtuoso
No huye de la muerte, cuando entiende
Que en ella hallarà lo que pretende.
Pregunten à los Màrtires gloriosos
De los falsos tiranos afligidos,
Si iban à la muerte muy gozosos
En verse por Jesus ser perseguidos.
No estaban de su prémio recelosos,
Mas con firme esperanza guarnecidos,
Creian les estaba aparejada
La corona de gloria consumada.
Esta hizo al pastor, aunque primero
Por divino secreto fué librado
De la càrcel, que esté como cordero
Humilde á aquel nerónico mandado:
La misma à su querido compañero
Le convida à que sea degollado;
Y como acá en su vida ellos se amaron
En la muerte tampoco se apartaron.
Esta à Bartolomè hizo que diese
Por su Señor la vida y el pellejo:
Esta al buen Andres hizo muriese
En una cruz, con ser ya cano y viejo:
Esta hizo à Santiago que volviese
Otra vez à Judea, donde aparejo
Hallò de conseguir la merecida
Corona que tenia prometida.
Aquesta à los Apòstoles gloriosos
Les hizo que sufriesen con contento
La muerte, y á los monges religiosos
Hacía se privasen del sustento.
¡Qué de santos estàn ahora gozosos
Que por esta sufrieron gran tormento!
Que dà muy gran esfuerzo à la buena alma
Tener allà en la gloria prémio y palma.
El indio Topamaro no sabia
Despues de muerto el fin de su jornada,
Y tanto de la muerte se temia,
Que diera al de Toledo sugetada
La vida á servidumbre, aunque tenia
En otro tiempo fuerza señalada.
Mas el proverbio, y vulgo dice y grita,
Que viva la gallina con pepita.
Aqueste en Vilcabamba residia
Con Incas, y valientes compañeros;
Y como por Señor èl se tenia,
Formaba allà sus leyes y sus fueros.
A cristianos jamas él ofendia,
Ni supe que hiciese desafueros:
En sus tierras se estaba retirado,
Y de los suyos era respetado.
Algunos de los cuales acudian
Al reino del Perú y sus poblados:
Con ellos muchos indios se metian
En Vilcabamba, siendo maltratados
De aquellos españoles que servian:
Que muchos suelen ser desatinados
De tal suerte en mandarles lo que quieren,
Que hacen que los indios desesperen.
D. Francisco, que siempre procuraba
En el real servicio señalarse:
Como supo que este indio se jactaba
De ser Señor, acuerda de tornarse
De Potosí, y al Cuzco se bajaba;
Y sabiendo podia confiarse
De Loyola, esta empresa le ha nombrado,
Y en breve mucha gente le ha entregado.
Martin Garcìa Loyola, caballero
Era del hábito de Calatraba,
Discreto, afable, sábio, compañero:
En cosas de justicia se mostraba
Con grande rectitud muy justiciero;
De remiso ninguno le notaba,
Porque, de mas de ser sabio y prudente,
Es vivo como azogue y diligente.
Saliendo á la conquista ha padecido
Grandìsimos trabajos y fatigas:
En gran tiempo no hubieron parecido
Los indios, aunque son mas que hormigas.
Loyola, porque vé el campo afligido,[78]
Siguiendo aquestas gentes enemigas,
Con solos dos soldados parte un dia,
Con un esfuerzo grande y osadia.
En luengo un grande rio caudaloso
Con sus dos compañeros fué bajando
Tres dias, y en un prado verde umbroso
Que el rio con sosiego va bañando,
Metido en una choza al valeroso
Topamaro le ha hallado reposando,
Sin gente, que no saben la venida
Del Capitan Loyola á su guarida.
Una cadena le echa á la garganta
De fino oro, muy rica y bien labrada:
El Inca luego al punto se levanta,
Sintiendo de esto pena muy sobrada.
Loyola con sus dos victoria canta,
Juzgando por dichosa tal entrada:
Rio arriba se vuelve placentero,
Triunfando del cautivo y prisionero.
Saliò de Vilcabamba victorioso,
Y en la ciudad del Cuzco entra triunfando
Del triste Topamaro doloroso,
Que su miseria viene lamentando.
Hallóse él de Toledo tan gozoso,
Y el caso de tal suerte exagerando,
Que al licenciado Polo, su teniente,
Le dice le deguelle prestamente.
El licenciado Polo le responde,
Que no quiere èl hacer esa torpeza:
Que no halla derecho, ni por donde
A aquel Inca cortarle la cabeza;
Y que si causa él tiene, y no la absconde,
Se la muestre, y harálo sin pereza:
Mas sin otro recado, que no quiere
Ponerse al riesgo y mal que le viniere.

El Virrey replicó, que lo hiciese
Como justicia suya, y su teniente:
El Polo se resume en que escribiese
De su mano el mandato, y que se asiente;
Que no quiere algun tiempo le pidiese
Del Inca aquella muerte algun pariente.
El Virrey ordenó luego un escrito
Del Inca publicando su delito.
Al punto que se supo de su muerte,
Que ejecutarse manda, se juntaron
En breve tanta gente de su suerte,
Que toda la ciudad alborotaron.
Y aunque fué rogado, estuvo fuerte
El Virrey, que con él no aprovecharon
Los frailes, y un Obispo que decia,
Que á España à Topamaro llevaria.
Al fin en una mula le sacaron,
Con un pregon su culpa publicando,
Que los indios por èl se levantaron,
Aquesto iba el verdugo pregonando.
Tantos indios en esto se juntaron,
El Cuzco de tal suerte alborotando,
Que necesario fuè que le rogasen
Al Inca que mandase que callasen.
Allà en el cadalso pues subido,
El Inca en alto levantó la mano,
Al punto el alboroto y el ruido
Cesó: porque veais si aquel pagano
De sus indios sería bien temido.
En esto determina ser cristiano:
Bautìzale un Obispo que está al lado,
Y al punto la cabeza le han cortado.
Fué tanto el alarido y vocería
Que los indios entonces levantaban,
Que el mundo parecía se hundìa
Y las cosas ya todas se acababan.
En tanto este negocio sucedía.
Los tristes zaratinos lo pasaban
Allá en nuestro Argentino de tal suerte,
Que el mal allí menor era la muerte.
De su hambre y desastres trataremos,
Siquiera porque alguno haga memoria
De piedad, y á Dios le rogaremos,
Que tenga à los finados en su gloria;
Y en esto de esta hambre hablaremos,
Como á quien cupo parte de la historia;
Que tal me vide à veces, que rabiaba
Por comer, mas comida no hallaba.
Y así probé manjares, y guisados
Jamas de hombres humanos conocidos.
Allì fueron los monos celebrados
Por cabritos, y mas enternecidos,
Tigres, osos, leones, desusados
Manjares, de la hambre convencidos.
Comiamos: empero tal me via,
Que con la hambre pura no dormía.
Viniendo de la iglesia una mañana,
Que habia sacrificio celebrado,
Una comadre mia, Mariana,
De su pequeña choza me ha llamado,
En una isla dò antes la tirana
Le habia à su marido sepultado,
Y oid lo que me dice muy gozosa,
Aunque del hecho suyo recelosa.
Un solo perro habia en el Armada
De gran precio y valor para su dueño,
Llamado entró ese dia en su posada,
Mas nunca mas salió de aquel empeño;
Porque ella le matò de una porrada,
Al tiempo del entrar, con un gran leño:
Mostràndolo me dice: "¿què haremos?"
Yo dije: "asad, Señora, y comeremos."
Comímonos el perro con secreto,
Aunque ella su negocio exageraba
Por malo: mas yo dije, que el precepto
De no hurtar, jamas se quebrantaba
En casos semejantes; que el concepto
Muy bien en la escritura se esplicaba;
Que entre los sabios es muy ordinario
Carecer de la ley lo necesario.

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CANTO DECIMO-OCTAVO.

En este canto se trata cuan mal lo pasaba la gente de Juan Ortiz en San Salvador, y como, ido al Paraguay, muriò, dejando por Gobernador á su sobrino Diego de Mendieta.

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Pobreza, dice el vulgo, no es vileza,
Ni menos hambre ó de otros bienes falta
Mas hace venga el hombre en tal bajeza,
Y mas cuando la gracia de Dios falta,
Que no basta el valor y la nobleza,
Que sobre el bajo cobre mal se esmalta:
El pobre jamas halla en cosa abrigo,
Y así, dice el refran, no tiene amigo.
¿Quien vido bizarria y gentileza,
Crianza, policìa y buen donaire
De galanes, y damas tal belleza,
Postrada por el suelo con desaire?
Al fin todo este mundo, y su braveza,
Su vana presumpcion, es humo y aire,
Y todo es burlería prestamente,
Sino servir á Dios Omnipotente.
La gente sin ventura zaratina,
Que digimos estaba rancheada,
La muerte cada paso por vecina
Tenia con la vida muy tasada.
Seis onzas dan escasas de harina
Hedionda, sin virtud, y mal pesada:
Así se và la gente consumiendo,
Hoy diez, mañana veinte, se muriendo.
Sin esto Juan Ortiz daba baldones
A todos, con denuestos en la cara,
Al tiempo del partir de las raciones,
Por dò era la racion doblada cara.
"Malditos, endiablados comilones,
Tragones, apocados, gente avara,
Que os trage yo de España á sustentaros,
¿Qué os debo? estoy à punto por dejaros."
¡Oh! cuantas veces, dijo un tesorero,
(Hernando de Montalvo se decia)
Si Dios llevase aqueste vocinglero,
El miserable pueblo quedaria
Alegre, muy contento y placentero,
Y luego nuestro mal se acabaria:
Mas suelen durar mucho aquestos tales,
Para enmienda y castigo de mortales.
Con esta falta estando de comida,
Llegó del Paraguay socorro y gente,
Que habiendo allá llegado de corrida.
Garay, la despachò muy prestamente.
Celebròse con gozo tal venida,
Porque era necesaria de presente,
Que à tal punto llegò nuestra miseria,
Que vide à un religioso en tal laceria.
Al bosque yendo un dia desganado,
Muy falto de consuelo y de alegria,
Encontré con un fraile muy honrado,
Fray Alonso La-Torre se decia.
De letras y virtud era dotado,
A su Padre Seráfico servia:
Preguntándole yo ¿Qué estais haciendo?
Al punto este me dice respondiendo.
"Entiendo que en muy breve he de acabarme
Y he salido á cortar, y no aprovecho,
Madera: si os plugiese de ayudarme
Haré para morir un candelecho,
Que no espero jamas de levantarme,
Segun estoy sin fuerzas y deshecho.
Aquesto me diciendo, hácia el cielo
Los ojos levantando, dió en el suelo.
Yo viendo su fatiga, muy lloroso
Y triste, que le amaba en sumo grado,
De presto de aquel prado, verde, umbroso,
Cortè para su lecho buen recado.
Del suelo se levanta algo gozoso
Por verme à mí, de varas bien cargado;
Llevéselas à cuestas que el tal iba,
Que ya no figuraba cosa viva.
Algunos otros vide en este estado,
Soldados, sacerdotes, religiosos:
Que no tiene respeto al esforzado
La vil hambre, ni teme poderosos;
Ni mira al que es filòsofo ó letrado,
Ni menos à los nobles generosos;
Que al Papa, Rey, y bajo zapatero,
A todos los iguala por rasero.
El socorro que digo, pues, venido
Alegra nuestro ejército hambriento,
Y en gozo y en placer es convertido,
El pasado dolor y gran lamento:
Mas nuestro Yamandú ya arrepentido,
De estarse con nosotros tan de asiento,
En una tenebrosa noche y prieta,
Sin nadie lo sentir, huyendo aprieta.
No se tiene esperanza que parezca,
Ni que vuelva á nosotros de su grado,
Sino es para causar alguna gresca
Conforme à las demas que él ha forjado.
Roguemos, pues, à Dios que no se ofresca
En que el haga su oficio tan usado,
Porque él en hacer mal està tan diestro,
Que puede en el infierno ser maestro.
Gran priesa Juan Ortiz para partirse
En este tiempo tiene, el rio arriba;
Mas no podrà aquí Trejo escabullirse,
Pues materia nos dá que de él se escriba.
Por cierto que él que no sabe medirse
En su lengua, no siente en que se estriba:
Hablar, muy muchas veces ha pesado
A muchos; mas callar nunca ha dañado.
En el Perù sabemos que acontece
Perder por el hablar muchos la vida,
Y él que à hablar se atreve, mal padece;
Y escapa quien obrò, y merecida
La muerte bien tenia, que se ofrece
A veces tropezon en la corrida.
Gran cosa es el secreto y de gran precio,
Pues vemos no le tiene el hombre necio.
A Trejo, Juan Ortiz bien respetaba,
Y por vicario puesto le tenia,
En tanto que de arriba se enviaba
El recado que en esto convenia:
Es cierto (que yo lo vi) le regalaba,
Con ser la falta grande en demasia,
Al Trejo no faltó jamas comida,
Mas él suelta su lengua desmedida.
En público està un dia entre soldados
Hablando de las cosas que hacia
El Juan Ortiz: trató descompasados
Negocios este Trejo en demasia;
De suerte que ya tuvo amotinados
A muchas con las cosas que decia:
Entre ellas, dice, aqueste es mal cristiano,
Conviene muy en breve echarle mano.
Hacer informacion que roba á todos,
Que nunca hace cosa en buenos puntos,
Habiéndonos robado por mil modos
A cada uno por si, y à todos juntos:
Que trata à todos mal, y por los lados
A todos echa; y de esto los trasuntos
A nuestro Rey envìen en proceso,
Y á vueltas en cadenas, èl, y preso.
El Juan Ortiz, que supo esta maraña,
Comienza de hacer informaciones;
Convièrtese el amor en pura saña,
Y dice del vicario mil baldones:
Al fin se dá en la cosa tanta maña,
Que sube Trejo arriba con prisiones,
Dejando en este puerto mal parada
La gente que ha quedado de la Armada.
Partido Juan Ortiz, y comenzando
A caminar por brazos, por esteros
Que el rio por allí lleva, formando
Mil islas de onsas, tigres, osos fieros
Pobladas: mas no salen rescatando
Los indios, como suelen, con sus cueros
Ni carnes, ni pescado; que es indicio,
Que quieren intentar otro ejercicio.
Sospéchase de cierto, pues no vienen
Los indios al rescate acostumbrado,
Que guerra concertada alguna tienen,
Y el falso Yamandú la habrá forjado:
Pues ya seguro estoy, por cierto, suenen
Muy pocos arcabuces, que el soldado
Desnudo, desarmado y desembrido,
Cansado de remar, està dormido.
Al fin á Santa-Fé, tiempo gastando,
Se llega, dò poco antes los vecinos
Salieron à nosotros navegando
En balsas, y canoas los Calchinos,
Mepenes, Chiloazas voceando;
Tambien salen por tierra á los caminos,
Celebrando con gozo la venida
A quien quitar quisieran alma y vida.
Estaba esta ciudad edificada
Encima la barranca, sobre el rio,
De tapias, no muy altas, rodeada,
Segura de la fuerza del gentío.
De mancebos está fortificada:
Procura el indio de ellos el desvío,
Que son diestros y bravos en la guerra
Los mancebos nacidos en la tierra.
Subiendo, pues, el Rio de la Plata,
Al Paraguay se llegua muy ameno,
El cual con menos furia se desata,
Y en su corriente viene mas sereno.
Por sus riberas caza bien se mata.
Que el campo de venados està lleno,
Y en él muchos dorados y patìes,
Corvinas, palometas, y mandíes.
Con esto á la Asumpcion llega la gente
Con gran placer, contento y alegría,
Y con mucho socorro, que el teniente
Al camino enviado nos habia.
La gente paraguense alegremente
A nuestro Adelantado recibía,
El cual de à poco tiempo que ha llegado
Abajo bastimentos ha enviado.
Holgó la gente, en ver que el bastimento
Llegase à tan buen tiempo, que tenían
Gran falta de comida y de sustento,
Y mucha hambre todos padecian.
Dejémoslos ahora en su contento
Pues ha tan poco tiempo que plañian
Que no durarà mas el alegria,
Que suele, al que es tahur, en su porfia.
La nao vizcayna, que plantada
Dejamos en la tierra á su aventura,
Habiendo sido de indios visitada,
Con fuego la consumen su hechura.
Mirad si fué la cosa bien pensada,
En no dejar en ella criatura,
Que alli fuera del fuego consumida,
Sin poder escapar libre la vida.
El Juan Ortiz arriba con presteza
Su oficio de justicia gobernaba,
Con gran solicitud, y sin pereza,
Quimeras nunca oidas inventaba.
Aquel haberse visto en gran riqueza,
Y verse de ella ageno, le cegaba
Su razon de manera, que tropieza
Por esto, é hiere siempre de cabeza.
No quiere sujetarse á otro consejo;
El suyo, dice, que es el mas seguro.
Un dia le hallé con sobrecejo,
Pregúntole, qué hace? Dice, juro
Por Dios, que si me viese en aparejo,
Y á punto de perderme, y un maduro
Me diese algun consejo, mas querria
Perderme, que hacer lo que él decia.
Los reyes, yo le dige, que tomaban
Consejo y parecer de sus letrados,
Las ciudades tambien se gobernaban,
Por hombres en las cosas mas versados:
Y que solos aquellos acertaban,
Que de consejo bueno son guiados.
Antes, dice, querré se pierda todo,
Que no tomar consejo de un beodo.
Vivió en el Paraguay algunos meses,
Poniendo á muchos malos duro freno:
Mas tuvo mil dislates y reveses,
Que fué de caridad quito y ageno.
De ver por cierto es, tucumaneses
Nunca gobernador hallaron bueno;
Los nuestros Paraguenses cosa mala
Jamás confesarán que hizo Irala.
Y no lo tengo cierto á maravilla,
Que aquesto del gobierno está en ventura,
Y mas cuando no acierta la cuadrilla
A ser de buena masa y compostura;
Que no basta razon para regilla,
Pues que carece della y de cordura:
Bien claro está que mal será regida
La cosa que no tiene en sí medida.
Los soberbios y vanos, los altivos,
Muy mal vemos que dejan gobernarse;
Los hombres zahareños, los esquivos,
Que no quieren á yugo sugetarse;
Aquestos son muy malos y nocivos,
Y no puede con ellos bien tratarse.
¿Pues qué hará quien manda con tal gente
Que de toda razon es careciente?
Habrá de armarse el tal con un escudo
De gran paciencia y grande sufrimiento;
Pedir á Dios favor muy á menudo;
Mostrar con un sagaz contentamiento
Amor á cada cual, por torpe y rudo
Que sea, procurando que su intento
Con el divino sea regulado,
Con que en el gobernar será acertado.
En la Escritura vemos claramente
Constar esta verdad muy á la larga,
Cuando para regir Moisés su gente
Ayuda pide á Dios, y le descarga
De la carga pesada; en consiguiente
A aquellos buenos viejos se la encarga:
De Moysés y su espirítu quitando
Aquello que á los viejos Dios fué dando.
Aunque el Adelantado procuraba
Guardar cuanto podia la justicia,
Y al malo con presteza castigaba,
Se veia que pecaba de malicia:
Con todo en gran manera le cegaba
Al tiempo el menester, mas su codicia;
Por donde vimos todos claramente,
Que estaba muy malquisto entre la gente.
El vulgo, en general, mal le quería,
Y su vivir les daba grande pena;
Y viendo que en la cama adolecía,
Lo tuvieron los mas á dicha buena.
El Santo Sacramento recibía
En un dia, y estando casi agena
El alma de su cuerpo, por gran ruego
Testó, y apenas firma, y muere luego.
Murió con mucho ánimo y con brio,
Diciendo, ¡si podremos con la muerte!
Yo mismo se lo oí, ¿y desafio
Haceis, entonces dige, con el fuerte?
Mas ella diò con él al traves frio,
Tomando contrayerba de esta suerte
En el caldo deshecha, por huylla,
Y hállala mas presto en la escudilla.
Habia Pedernera, un hombre viejo
Rogádole la tome, que seria
Remedio saludable y aparejo
Para sanar del mal que padecia.
Pues quiere aprovecharse del consejo
Al punto que su vida fenecia,
Quien de consejo en vida no curaba,
Segun él poco antes blasonaba.
Dejó en su testamento declarado,
Que sea su legítimo heredero
La hija que en los Charcas ha dejado,
Y aquel que fuere esposo y compañero
Suceda en el gobierno y el estado,
Segun como lo tuvo él de primero:
Y mande y rija, en tanto que ella viene,
Su sobrino Mendieta que allí tiene.
El cabildo y ciudad le han recibido,
Comienzan á llamarle Señoria;
Es mozo que veinte años no ha cumplido
Y en seso mayor falta padecia.
Désque se vé en su trono ya subido
A todos hace agravio y demasia:
Al tio yo le oí pronosticarlo,
Y harto duro estuvo de nombrarlo.
Nombróle coadjutor que le ayudase,
Que fué Martin Duré: mas el Mendieta
Dice á Martin Duré no le pasase
Por pensamiento tal, ni se intrometa
En cosa que hiciese èl ó mandase;
Que en el punto que tal cota acometa,
Sin duda le hará tan crudo juego,
Que tenga menester ageno ruego.
Quedando con poder solo absoluto,
Comienza de enfrascarse en desatinos,
En obras y palabras disoluto,
Haciendo mucho agravio á los vecinos.
Por verle en sus costumbres tan corrupto
Buscaban todos ya nuevos caminos,
Y yo quiero buscarle en canto nuevo,
Que ya en este decir mas no me atrevo.

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CANTO DECIMO-NONO.

Trátase del mal gobierno de Diego de Mendieta, y de como fué preso en Santa Fé, y de como saliò Garay al Perù, y volvió huyendo, y en su seguimiento el capitan Valero.

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