El título Over the Andes debe tener un atractivo especial para los viajeros, porque él ha sido empleado frecuentemente y acaba de serlo de nuevo en las obras referidas, por una turista inglesa, Miss May Crommelin y por el escritor americano Mr. Hezekiah Butterworth. El libro de la primera es una narración incolora, una repetición insulsa de todas las candideces de uso frecuente en los libros consagrados a South America. La autora empieza por encontrar muy cómico que las aguas turbias de nuestro gran río hayan dado origen a los primeros exploradores para llamarlo Silver River! Sus impresiones más agradables de Buenos Aires son las de su permanencia en casa de Mr. Pakenham, el ministro inglés que la tuvo por huésped. Después insiste de una manera deplorable sobre las persianos de las casas, y otros detalles por el estilo. La parte más interesante de ese libro, generalmente mediocre, y también la más exacta, es la pintura de la travesía de los Andes. Todo el que ha tenido que pasar una noche en la inmunda pocilga de Punta de Vacas y cruzar por los barrancones de Puente del Inca, de las Cuevas y del Juncal se imaginará el horror con que una señorita inglesa debió contemplar esas posadas en su fatigosa marcha por la cordillera. La absoluta falta de confort y hasta de limpieza, de aquellas ventas desamparadas, dan una triste idea del grado de civilización de las dos grandes potencias americanas. Verdad que esa incuria es un vicio de raza; son los últimos restos del hidalguismo rancio que aún queda en nuestro continente y que hace mirar con desdén a nuestros licurgos los detalles materiales de la existencia. Miss May Crommelin y sus compatriotas no aceptan este pliegue especial del carácter sudamericano y debemos confesar que en este punto comprendemos y disculpamos su sorpresa.

El libro de Mr. Hezekiah Butterworth Over the Andes or our boys in new South America, engloba en una narración novelesca de viajes y aventuras en la nueva Sud América, como dice el autor, todos los datos que éste ha recogido respecto a nuestros países. Parece que Mr. Butterworth visitó a Buenos Aires en 1895, cruzó también la cordillera por Uspallata y recorrió las principales ciudades del Pacífico. Es un admirador entusiasta de Sarmiento, cuyas obras cita frecuentemente, y, en general, se muestra simpático a nuestro país, aunque, dado el método seguido en su obra, las nociones que respecto a éste se sacan de ella son bastante confusas, y no pocas veces extravagantes. Así, al ocuparse de nuestra literatura, después de hacer unos elogios merecidos de Guido y Spano y otros escritores argentinos, salta hasta la cubana doña Gertrudis Gómez de Avellaneda. El conocimiento que de nuestra lengua posee Mr. Butterworth, no debe ser muy extenso, a juzgar por las citas que intercala en su narración. «¡Que sont Buenos Aires esos!», según él exclamó el primer aventurero español que llegó a nuestras playas. En fin, estos son detalles y, mucho debe perdonarse a un escritor que, a pesar de las deficiencias de su trabajo, muestra su simpatía por el padre de nuestra patria, y encuentra acentos calurosos para enaltecer su gloria en la oda que dedica A la Tumba de San Martín. Llegué extranjero a esta tumba solitaria—dice,—en que el arte divino ha pagado su tributo al noble, y hecho florecer el sólido mármol para aquel que vivió para los hombres, pero que no fué de la tierra.

I came a stranger to that lonely tomb
Where art divine had paid her dues to worth,
And made for him the solid marbles bloom,
Who lived for man, but was not of the earth...

Las palabras que pone en boca de nuestro héroe en su sobriedad y sencilla grandeza, tienen el mérito de la verdad y deben ser agradecidas por todo el que siente en el fondo de su alma, las santas palpitaciones del patriotismo: «Patriotas, parto para no regresar jamás; no busco honores para la obra que he realizado; dejadme ver arder el océano en el Poniente y ascender una vez más los Andes del sol. Tres dorados imperios extienden sus manos hacia mí, con títulos, ofrendas y pompas de los viejos reyes. Si las aceptara enajenaría mi libertad. Combatí por la justicia, y no por el oro. Un soldado no debe vivir donde supo triunfar. Su fama debe ser un haz de luz viviente inmaculada y diáfana. ¡Adiós, cielo del Pacífico! ¡Adiós, Perú! Voy a través de los mares, a vivir y morir con aquellos que no me conocieron, pero con el alma libre, ahora que mi misión está cumplida».

Patriots, I go, and never to return:
I seek no honors for the work I’ve done;
Let me but see the sunset ocean burn
And climb once more the Andes of the sun.
Three golden empires lift their hands to me
With titles, gifts, and pomps of kings of old!
Did I accept them, I would not be free!
I fought for right; I did no fought for gold!
A soldier should not live where he has won;
A shaft of living light his fame should be
Unsullied and unthroned! Farewell, Pacific sky!
Farewell, Perú! I go across the sea,
With those who knew me not, to live and die,
But free in soul, now that my work is done!...

Las cartas de Carpenter tienen un carácter más serio y una información mucho más exacta que la que campea en las producciones anteriores. Su autor empezó su viaje sudamericano por el Pacífico, y, naturalmente, al encontrarse en Chile, sintió cierto menosprecio por el país cosmopolita que se le pintaba desorganizado y afeminado, del otro lado de los Andes. Con la llegada a nuestra capital, sus prevenciones empezaron a desvanecerse, y se advierte que a medida que tenía oportunidad de estudiar más a fondo nuestra vida y nuestros recursos, hasta los defectos más salientes de nuestro carácter, empieza a hallar circunstancias atenuantes ante sus ojos. «La República Argentina me asombra, dice al principio de una de sus cartas. Esperaba encontrar aquí algo análogo a los Estados Unidos, pero ello es tan distinto como los limones de las calabazas. A veces me parece que los Estados Unidos son el limón y la Argentina la calabaza; pero más a menudo me sucede lo contrario.» Desde luego, la diferencia de raza entre nuestro pueblo y el del resto de Sud América le llama la atención: «Estos argentinos no son como los sudamericanos de la costa occidental. No tienen gotas de sangre india en sus venas. Son de pura extracción europea. No son españoles, ni franceses, ni italianos, ni anglosajones. Están desenvolviendo una combinación de todas estas sangres con un elemento latino predominante. Como nosotros formamos en Norte América otra combinación en que predomina el elemento anglosajón. Creo, sin embargo, que nuestro tipo es muy superior al que se produce aquí.»

La influencia del elemento extranjero es señalada por Mr. Carpenter, así como la importación de nuevas ideas que recibimos de todas partes y que se manifiesta en adelantos materiales de diversas clases. Nuestra capital, especialmente, llama profundamente su atención. «Buenos Aires es el Londres, el Nueva York, el París de la República Argentina. Es aún más. Puede casi llamarse la Argentina misma. Controla este país como ninguna otra capital del mundo, la tierra que se supone dominar. Es un viejo aforismo que París es la Francia. No lo es hasta el grado que Buenos Aires es la Argentina. Hay en Francia una media docena de ciudades que son centros comerciales independientes. París, de ningún modo es toda Francia industrialmente. Lo es artística, social y tal vez, intelectualmente. Buenos Aires es la capital política de la Argentina, es su capital comercial, su capital industrial, su capital financiera, social e intelectual. Políticamente, la mayor parte de los congresales argentinos son ciudadanos de Buenos Aires. Muchos de ellos, que representan distritos lejanos, practican aquí la abogacía. Viven todo el año en la ciudad, aunque de cuando en cuando vayan a ver a sus electores. La república se compone de suburbios suplidos por hombres de Buenos Aires. El resultado es que cuando Buenos Aires toma rapé, estornuda la Argentina entera.»

En medio de las observaciones de Mr. Carpenter, para no faltar a la regla común de los viajeros, se deslizan monstruosidades como la siguiente: «La República Argentina, es uno de los pocos países que no tienen tratados de extradición.» Este hallazgo sorprendente de Mr. Carpenter, es traído a colación para señalar el hecho, desgraciadamente exacto, de que viven entre nosotros muchos ciudadanos de la gran república que no podrían regresar impunemente a su propio país, without fear of the sheriff, como dice nuestro autor. Otras veces, sus juicios a nuestro respecto parecen por lo menos algo exagerados, aunque tal vez esto sea un simple error de apreciación nacido de la dificultad con que uno se juzga a sí mismo. Parece, en efecto, según Mr. Carpenter, que somos los seres más fatuos y pagados de sí mismos que habitan en la redondez de la tierra: «Pensé siempre—escribe el viajero americano—que los neoyorkinos, los bostonianos y los chicagoenses estaban tan orgullosos de sus respectivas ciudades como el más pretensioso ciudadano encontrado en mis viajes; pero estos argentinos llegan al climax. Háblese con cualquier hombre en Buenos Aires, respecto a su ciudad, y su cabeza se hincha al instante y toma las proporciones de una pelota de football. Piensan que el sol y la luna se levantan y se acuestan sólo para la Argentina. No se preocupan de los extranjeros, y los únicos héroes que reverencian, son los que viven aquí. Hablaba noches pasadas con Mr. William Bullfin de la Southern Cross. Es un periodista importante de aquí. Me referí a la faz mencionada del carácter argentino. «Usted tiene razón—-me dijo—sobre la propia estimación que tienen los argentinos. No creo que exista en Europa o en América un solo hombre que pudiera interesar al común de las gentes viniendo a visitarnos. Dudo si Li Hung Chang llamaría la atención en Buenos Aires de otros que los vendedores de billetes de lotería, que como usted sabe, están a la pesca de los recién llegados. Todo lo que deseamos saber es si usted habla español y si está convencido de que Buenos Aires es la más grande ciudad del mundo.» Pienso que Mr. Bullfin ha dado en la tecla, pero, a pesar de todo, estos argentinos no son mala gente. Tienen un carácter propio, y después de andar algún tiempo con ellos uno se encuentra haciendo lo mismo que los demás. En mi hogar, yo tomaba mis alimentos a la moda americana y atendía a mis negocios con regularidad diaria. Aquí me basta el café con leche por la mañana, almuerzo a las 12, y a eso de las 5 de la tarde me sorprendo a mí mismo paseando a lo largo de la calle Florida, como todos los demás habitantes, admirando a las muchachas. He estado tentado varias veces de comprar un billete de lotería y me he detenido tres veces en la escalinata de la Bolsa inclinado a redondear algunos centavos apostando sobre el alza o la baja del oro. Pienso que si permaneciera aquí acabaría por convertirme en un boomer argentino y llegaría—¡Dios no lo permita!—a absorber algo del carácter nacional.»

Mr. Carpenter consagra una de sus cartas al cultivo del trigo en la República Argentina, mostrando con bastante exactitud las perspectivas que para la agricultura ofrece nuestro país y la capacidad productiva que él tiene y cuyo desarrollo se encuentra apenas en la infancia. Nuestra importancia como país agrícola, sin embargo, le parece trivial, comparada con nuestra potencia ganadera. Reconoce con justicia que tenemos los prados naturales más hermosos y dilatados de la tierra. El negocio de la cría de ovejas y de la exportación de carnes le ha dado tema para dos de sus cartas más interesantes. Los datos consignados por Mr. Carpenter dan una idea clara del estado de aquella industria en nuestra patria y han despertado un vivo interés en este país, donde tan poco se conoce la vida y los recursos de las demás naciones de nuestro continente. En este sentido, la publicación de las impresiones de viaje de Mr. Carpenter son ventajosas para nosotros y contribuyen a disipar muchos errores que, como artículos de fe, circulan a nuestro respecto.

El presidente de la república es descripto de la siguiente manera en las cartas de Mr. Carpenter... «Es el general Grant de la República Argentina, y ha sido comparado a aquél en carácter. Es todavía un hombre fuerte, con nervio suficiente para llevar a cabo sus planes sin mirar los obstáculos que se le pongan al frente. Es un hombre tranquilo. Posee el don dorado del silencio y cree en el viejo proverbio español que «en boca cerrada no entran moscas». La elección de Roca significa que habrá estabilidad durante los seis años próximos en la República Argentina... Fué siempre un luchador... Ha sido al mismo tiempo un diplomático, y su gabinete responde a la idea de armonizar todos los partidos. Goza de la confianza de los capitalistas extranjeros, que creen que mantendrá la paz, y la paz en la Argentina significa progreso. El presidente Roca tiene 55 años de edad. Pertenece a una familia distinguida y nació en la provincia de Tucumán, al norte de la república. Es un hombre de estatura erecta, bien constituído y de anchas espaldas, y su rostro no parecería extranjero en Washington o Londres, aunque no pasaría inadvertido en ninguna parte. Parece más un inglés o un americano que un argentino. Lo creeriais más bien descendiente de anglosajón que de latino. Su rostro es casi hermoso. Su frente es alta y amplia, sus ojos brillantes y penetrantes, su nariz pronunciada y su mandíbula fuerte. Es sencillo en su traje y maneras y camina por las calles de Buenos Aires como cualquier ciudadano. Nunca ha cultivado las artes del salón ni tiene gustos literarios pronunciados, aunque es competente en historia e ilustrado en materias políticas. Hay en él más del estadista y del soldado que del mundano, y ha sido llamado el maestro de la ciencia política en la Argentina.»