Uno de los edificios más antiguos, es el granero, en cuyo piso inferior se encuentran espaciosos establos perfectamente ventilados y mantenidos en un estado de absoluta limpieza. El estudiante examina allí prácticamente representantes típicos de las crías de ganado más populares. Un galpón especial está consagrado a las vacas lecheras, y en otros adyacentes se encuentran caballos y yeguas, un pequeño rebaño de ovejas y cierto número de cerdos. En otra de las divisiones del mismo local se encuentran muestras de las más usuales máquinas agrícolas, entre las cuales me fué señalada, como práctica y reciente, una para recoger la cosecha de papas. El colegio posee, además, otro granero y establo donde se llevan a cabo experimentos especiales sobre la cantidad de alimentos que requieren los animales y el valor nutritivo de los diferentes forrajes. A los establos se encuentra anexa una cremería cuya instalación me pareció muy deficiente, lo que tal vez explica por qué cerca del establecimiento existen otras de propiedad particular y dotadas de todos los elementos necesarios en que los alumnos pueden estudiar con mejor provecho los procedimientos necesarios para la fabricación de la mantequilla. Aunque el trabajo de chacra no es obligatorio la mayor parte de los estudiantes toman parte en él con mayor o menor empeño, y, en todo caso, los experimentos de las estaciones agrícolas anexas al Colegio les ofrecen amplias oportunidades de observación y de estudio. En este año, se ha añadido a las instalaciones de aquel importante plantel un departamento de veterinaria dotado de todos los elementos necesarios para la preparación de diversos serums y de un hospital para animales enfermos que permitan a los estudiantes practicar y observar las enfermedades más comunes del ganado. El departamento de veterinaria posee un Museo incipiente de anatomía, entre cuyos objetos me fué especialmente señalado el esqueleto del primer caballo de cría, Morgan, origen de esa raza tan conocida entre nosotros. Las demás preparaciones del museo carecen de importancia y se limitan a esqueletos de ovejas y de cerdos y a modelos de papier maché, de fabricación francesa, para ilustrar las diferencias que la edad produce en la dentadura de los animales. Tratándose de un país como los Estados Unidos, la pobreza relativa de aquel museo pronto será salvada por alguno de esos regalos de que los ricos americanos son tan munificentes, sobre todo cuando se trata del adelanto intelectual de las nuevas generaciones de su país.

La biblioteca del colegio de agricultura ocupa un edificio gótico y cuenta con 26.000 volúmenes. En el piso superior del edificio se encuentra la capilla que sirve al mismo tiempo de sala de conferencias y de local en que se realizan las fiestas escolares. En aquel amplio local caben con comodidad 500 personas y su interior está decorado con esa sobriedad elegante y severa común a los templos protestantes de este país.

Las principales investigaciones llevadas a cabo por la estación experimental anexa al colegio de agricultura se refieren al uso de los abonos o fertilizantes naturales y químicos. Una tablilla marca en cada sección cultivada la substancia empleada para alimento de la planta y la simple inspección de los resultados obtenidos basta para mostrar cuáles son más ventajosas y cuáles se muestran defectivas en su tarea vivificante. Pero la estación experimental no se limita a este trabajo práctico, sino que una de sus labores más serias es la de analizar todas las muestras de abonos que se ofrecen en el mercado para poder responder de su eficacia y asegurar al chacarero de la bondad del artículo que se le ofrece. Por una ley del Estado de Massachussetts en el envase de todos esos abonos comerciales debe estar indicada la fórmula de su composición, de manera de hacer posible el control del departamento de Agricultura y aplicar a las falsificaciones o adulteraciones un castigo severo. He visto no menos de 300 muestras en el laboratorio químico, prontas para ser analizadas por los encargados de aquel trabajo.

El Colegio de Agricultura de Amherst, en conjunto, es sin duda de los más completos e importantes que existen en los Estados Unidos, y la impresión que su visita me ha causado hace alto honor al distinguido presidente de aquel establecimiento, Mr. Henry Hill Goodell, y a Mr. W. P. Brooks, profesor de agricultura, que comparte sus tareas y dirige los trabajos de la estación experimental.

V
VIAJEROS EN SUD AMERICA

No conozco lectura en cierto modo más interesante que la de los libros de viajeros que en diferentes épocas han cruzado nuestro territorio. Desde el famoso Ascarate du Biscay, en cuyas páginas polvorosas se encuentra el primer esbozo de nuestra Buenos Aires primitiva, las observaciones que nuestro país ha merecido de los que lo han visitado son dignas de conocerse y meditarse, por fantásticas o injustas que nos parezcan algunas veces. Ese interés aumenta a medida que la obra se refiere a un tiempo más lejano y evoca a nuestra mirada escenas desvanecidas en las brumas del pasado, o se refiere a hechos de nuestra historia. Es el encanto que tienen para nosotros las Cartas de Robertson, reeditadas no hace mucho, el Viaje de un naturalista, de Darwin, que he releído últimamente con inmenso placer y que tan sabrosos párrafos dedica a nuestro país, los viajes de Basil Hall en Chile y el Perú, donde tuvo ocasión de ver a San Martín. Sin necesidad de referirse a obras tan conocidas como éstas, hay otras de autores menos ilustres, en cada una de las cuales se encuentran detalles que hoy tienen un sabor especial para nosotros y que arrojan una luz curiosa sobre muchas particularidades de nuestra vida doméstica.

Naturalmente, los errores, las injusticias, las falsas apreciaciones son frecuentes en obras de ese género. Es el mal común a todos los viajeros, exagerar y desfigurar los cuadros que encuentran a su paso. Muchas veces la falsedad de la pintura no obedece a malicia, sino a diferencias de comprensión o de criterio. Otras veces, son intereses materiales heridos, rozamientos de vanidad, los que originan el libelo agresivo. Por ejemplo Mr. de Beaumont, que según él conoció íntimamente a Rivadavia en Londres, se muestra irritado por el mal éxito de una empresa que en 1826 lo trajo a nuestras playas. No escasea sus críticas a nuestro gobierno, a la inseguridad de nuestra política y lentitud de nuestra justicia. Su libro no hace sino repetir muchos de los datos contenidos en las conocidas Noticias históricas, de Don Núñez, como dice Beaumont... Ello importa muy poco: la obra entera es digna de conservarse, aunque sólo sea por la descripción que contiene de una entrevista personal en Buenos Aires con el presidente Rivadavia.

«A la hora citada—dice nuestro viajero, describiendo lo que llama «audiencia con Don Rivadavia»—busqué puntualmente al presidente, a quien había tenido la desgracia de ser presentado en Londres y de conocer por sus actos en Buenos Aires. Al presentarme en la residencia de su excelencia, en el Fuerte, me recibió un edecán vestido de uniforme... El sonido de una campanilla de plata en el cuarto vecino llamó mi atención, ¡cuando zás! la puerta se abrió con solemne lentitud y descubrió al presidente de la República Argentina, avanzando gravemente y con un aire tan digno, que era casi aplastador. El estudiante de la pieza de mágica El Diablo en dos palos, no pudo sorprenderse más al romper la redoma que yo con lo que ví. Cada detalle relativo a un grande hombre en general, interesa al público; no estará de más en consecuencia, dar una corta descripción de la persona y aspecto de su excelencia. Don Bernardino Rivadavia parece de cuarenta a cincuenta años de edad, tiene cerca de cinco pies de alto y casi la misma medida de circunferencia; su apariencia es obscura, pero no desagradable, denota agudeza, y con sus facciones parece pertenecer a la antigua raza que primeramente habitó en Jerusalén; su levita es verde, abotonada a la Napoleón; sus pantalones están sujetos a la rodilla con hebillas de plata, y el corto resto de su persona ataviado con medias de seda, zapatos de etiqueta y hebillas también de plata; su aspecto general no se diferencia mucho de los retratos en caricatura de Napoleón; hasta se dice que gusta mucho de imitar a aquél en un tiempo gran personaje en las cosas que están a su alcance, tales como el color de una levita o la inflación de una frase. Su excelencia avanzó lentamente hacia mí con sus manos cruzadas en la espalda; si esto era también hecho en imitación del gran conquistador, o por ganar una especie de contrapeso por el volumen que llevaba por delante, o para guardar su mano del tacto deprimente de la familiaridad, es igualmente difícil de determinarlo; pero su excelencia avanzó lentamente, y con un aire formalmente protector me hizo conocer al instante que mister Rivadavia en Londres y Don Bernardino Rivadavia, presidente de la República Argentina no debía ser considerado una misma persona.» Descartad los rasgos grotescos de la charge, y esa corta descripción expresa mejor que nada el fondo fundamental del carácter del personaje, la solemnidad.

Más entretenidos que los viajes del caballero de Beaumont, son los Twenty four years in the Argentine Republic, un volumen publicado en Nueva York en 1846 por el Col. J. Anthony King, pero realmente escrito por su amigo Thomas R. Whitney, a quien el primero narró verbalmente los hechos de su fantástica odisea, para que éste les diera forma literaria. El degüello de nombres, localidades y sucesos históricos a que se asiste en el curso de la obra hace su lectura algo difícil para el que no conoce a fondo el país y sus hombres prominentes. Mr. Whitney probablemente no estaba en ese caso, y con una tranquilidad pasmosa traduce de oído el nombre de los personajes que desfilan en ella, sin tener en cuenta el spelling, rompecabezas de los escolares americanos. Así, nuestro general Lavalle aparece transformado en Lavalia, el gobernador Heredia, de Tucumán, es bautizarlo Aradia, y surgen sucesivamente en la escena Carrere, Bustas, Arouz, Ramerez, etc., etc. Mr. King, del mismo modo, nos informa que «durante sus campañas era una cosa común para oficiales y soldados hacer lo que llaman bottes de patre, especie de bota hecha del cuero sacado de la pata de un potrillo». A pesar de estos frecuentes lapsus, su libro se deja leer como una novela sensacional. Su autor nos informa que en 1817 huyó de su hogar paterno en Boston y se embarcó ocultamente en Norfolk, en un buque que salía con destino al Río de la Plata, aparentemente cargado de mercaderías comunes, pero en realidad provisto de elementos de guerra. Al llegar a nuestras playas, el capitán del buque lo puso en tierra sin un centavo en el bolsillo, sin conocer la lengua del país, y para mantenerse sentó plaza de soldado. Enviado como emisario a Ramerez, que estaba en la Rayada, el joven recluta cayó en el engranaje de la serie interminable de las aventuras de la guerra civil. Todos los sucesos de ese período aparecen travestis en el libro de King, y me parece excusado advertir que el que trate de estudiar en la narración de sus proezas, los accidentes de nuestra historia, sacará el mismo resultado que el que quiera aprender geografía en los viajes de Simbad el Marino.

Insensiblemente, la pluma ha resbalado sobre el papel, apartándome de mi objeto que es dar una idea de las descripciones de nuestro país que se encuentran en dos libros recientes de lengua inglesa, así como tratar especialmente de las cartas sobre el Río de la Plata de Mr. Frank G. Carpenter, que vienen apareciendo simultáneamente en los siguientes diarios americanos: Boston Globe, Chicago Herald, Louisville Courier Journal, St. Louis Republic, Philadelphia Press y Washington Star.