Respecto a los resultados económicos obtenidos por el desarrollo extraordinario de las pesquerías americanas, baste decir que esta industria produce una renta anual de más de 45 millones de dólares, que la introducción de la alosa en el Pacífico da un rendimiento anual de 20.000 dólares y el mismo pez, en el Atlántico, rinde dos millones de dólares anualmente, y eso debido principalmente a los trabajos de la comisión de pesquerías. Añadiendo que más de un millón de hombres, mujeres y niños dependen de esta industria y se mantienen merced a ella, se tiene una idea aproximada de la magnitud a que ahora alcanza en esta nación tan opulenta y progresiva.
Un distinguido escritor francés, que es al mismo tiempo un hombre de ciencia bien conocido, M. Henry de Varigny, ha hecho plena justicia a la organización admirable de la institución de que vengo ocupándome, y como sus palabras sintetizan en una forma brillante los resultados de sus observaciones sobre las labores que ella lleva a cabo, no puedo hacer nada mejor que transcribirlas a continuación:
«Bajo el punto de vista de la piscicultura,—dice,—el nuevo Continente ha marchado con pasos gigantescos. En la actualidad existen en los Estados Unidos y en el Canadá 80 estaciones de incubación, de las cuales 66 corresponden a los Estados Unidos y que producen una cantidad de pescadilla de 15 a 20 especies diferentes que varía entre un billón y medio a dos billones anuales. La Europa, que tiene más de 400 estaciones análogas, verdad que en su mayor parte pequeñas y mal acondicionadas, no alcanza a producir 300 millones de pescadilla y en ese total la parte de la Francia es muy reducida, pues la mayor parte corresponde a la Alemania y a la Deutsche Fischerel-Verein. La piscicultura, sin embargo, nació en Francia y tomó allí su primer impulso. ¿Deberemos creer que las instituciones, como las especies animales o vegetales, prosperan mejor en un medio nuevo que en el de su origen? La comisión federal de pesquerías, en todo caso, ha hecho maravillas. Dispone de un buen presupuesto, pero saca de él un partido excelente. Su obra es muy variada y el programa de su trabajo es muy amplio. Ha hecho mucho por repoblar los ríos y aclimatar en ellos especies nuevas. El cat-fish, por ejemplo, ha sido objeto de sus cuidados, pero ha hecho más todavía en favor de las especies que son objeto de industrias importantes. Tal sucede con la alosa. Este pez, muy bueno y muy apreciado en otro tiempo, abundó mucho en la costa atlántica de los Estados Unidos; pero perseguido en la época reproductora cuando deja el mar y a la manera de los otros anadromos se introduce en los ríos para depositar allí sus huevos, esta especie ha disminuido considerablemente. Uno de los primeros cuidados de la Fish-Commission, desde su origen, fué tentar la piscicultura de esta especie. No ha tenido mucho trabajo para realizarlo. La recolección de los huevos es fácil: basta apretar suavemente el vientre de las hembras y los huevos salen casi por persuasión; el germen prolífico de los machos se obtiene del mismo modo y los huevos se fecundizan lo mismo en un receptáculo que en el fondo de un río, o aún mejor, pues los riesgos de pérdida disminuyen y el número de fecundaciones aumenta en proporción. En consecuencia, se han instalado estaciones para la recolección de los huevos y para la incubación de éstos.
«Para producir dicha incubación basta algunos receptáculos en que el agua se renueva incesantemente: aparatos muy ingeniosos han sido inventados por Mr. Marshall MacDonald en particular, y en 5 o 6 días, si el tiempo es propicio, la pescadilla aparece bullente, delicada, casi transparente. Se le lanza al agua para que cada uno se maneje como pueda. Los resultados son tan buenos que para aumentar el número de la pescadilla se ha inventado la construcción de un vapor acondicionado para estación de Piscicultura. Dicho vapor se dirige a las proximidades de los puntos de pesca; envía sus botes hacia las barcas en que un empleado experto recoge los huevos y los gérmenes, que son conducidos a bordo e instalados en aparatos de incubación algunos de los cuales ocupan un laboratorio especial y otros cuelgan en el agua sobre los bordes del navío, alternativamente sumergidos y sacados del «radical húmedo» por medio de una excéntrica. Todo eso ha sido concebido muy ingeniosamente, funciona a la perfección y a la labor de la comisión se debe la repoblación gradual que beneficia a los pescadores.
«La alosa no existía en el Pacífico y se pensó que tal vez sería posible aclimatarla en él. Con transporte de los huevos, de la pescadilla o de vagones especialmente acondicionados para el transporte de los huevos, de la pescadilla o de los pescados adultos, éstos hicieron la travesía de los Estados Unidos en 1871 en número de 12 mil y fueron arrojados a las aguas del río Sacramento. Más tarde se transportó cerca de un millón de partidas sucesivas. El resultado no se hizo esperar: dos ó tres años después de la primera siembra se encontraban alosas adolescentes en el Sacramento, que con el tiempo se convirtieron en respetables matronas, madres Cigogne por la fecundidad, como la mayor parte de los pescados, pues es sabido que un solo bacalao encierra a veces hasta 10 millones de huevos. El medio les convenía a las mil maravillas. La especie se multiplicó y se extendió. Del mar a donde bajaba en el otoño remontó a la primavera a casi todos los ríos de la costa del Pacífico, y en la actualidad desde San Francisco a Vancouver, la alosa abunda en 3.200 kilómetros de costa. Una prueba bien sencilla de su abundancia se encuentra en el hecho de que al principio la alosa valía en California de 6 a 7 francos la libra: actualmente se vende de 10 a 20 centavos. Esta pesquería produce cerca de 150 mil francos por año y para establecerla se han gastado 25 mil. Ha sido un buen negocio y una buena acción. Es también un experimento interesante. Se ve por él que la naturalización aún a distancias considerables es perfectamente posible y este es un ejemplo alentador. Podría suceder muy bien que la tentativa de que se trata tuviera consecuencias imprevistas y no sería sorprendente que la alosa franqueara la distancia relativamente corta que separa la América del Asia y se instalara sobre la costa Oriental de la última.»
XI
JOHN HAY
El telégrafo ha llevado a todos los ámbitos del orbe civilizado la noticia de la suspensión de las hostilidades, como un preliminar del tratado definitivo de paz entre los Estados Unidos y España, que debe ser ajustado por una comisión mixta de representantes de ambas naciones, que se reunirán en París, antes de octubre próximo. Las negociaciones han sido rápidas, merced no tanto al deseo de la península, como a la energía del embajador francés, M. Cambon, que actuó como su representante y que explicó claramente al señor Sagasta la inutilidad de pretender apelar a términos dilatorios. Así, hasta el fin de esta deplorable cuestión, los políticos españoles han actuado con una ignorancia incomprensible del carácter de este pueblo y de los procedimientos de su diplomacia. Al recibir la respuesta del gobierno de Washington, estableciendo las exigencias de los Estados Unidos para terminar la campaña, ellos creyeron posible, por medio de notas y argumentos jurídicos, obtener una modificación de las condiciones impuestas. La pretensión de España fué considerada como un acto de mala fe por los leaders americanos, y por un momento todo estuvo en peligro de malograrse. Felizmente, M. Cambon obtuvo aplazar el rompimiento de las negociaciones, y el gobierno de Madrid tomó al fin el camino único que le quedaba, y se sometió sin reserva a la ley del vencedor.
Si los consejeros de la reina regente hubieran demostrado la misma sensatez y cordura en su manejo de la cuestión de Cuba, desde el principio de sus dificultades con la gran república, ¡cuánto sufrimiento y cuántos sacrificios se habrían evitado! Desgraciadamente, desde el primer momento reinó entre ambos adversarios un mal entendu completo y permanente. Jamás podrá caber en la cabeza de un americano que un gobierno que puede vender por una fuerte suma de dinero un territorio que no está en condiciones de defender, y que infaliblemente tendrá que perder por la fuerza, se obstine en no realizar una operación comercial a todas luces ventajosa. Entre el castellano y el yankee hay un abismo insalvable de ideas, de educación, de carácter, de instintos y modalidades que han llevado a ambos países a la crisis terrible que termina con el desastre de España. Si hay algo incomprensible, sin embargo, en la presente cuestión, es la ignorancia absoluta de los políticos de la península, sobre el poder efectivo y los recursos militares de esta nación. ¿Cómo pudieron imaginarse un solo minuto los estadistas españoles, que estaban en condiciones de ofrecer a este coloso la más mínima resistencia? Lo único que disculpa esta ceguedad, es que ella era más general en Europa de lo que cualquiera imaginaría.
El embajador francés M. Cambon ha sido durante una semana el hombre más en evidencia en los Estados Unidos. Es un diplomático distinguido, y sin duda un hombre de suerte. No ha permanecido seis meses en los Estados Unidos y las circunstancias lo han puesto en el caso de escribir su nombre al pie del protocolo que termina la campaña hispanoamericana. Su antecesor, M. Patenôtre, que hace muchos años estuvo en Buenos Aires como secretario de legación, está hoy en Madrid. Casado con una americana, su posición aquí era excelente y debe sentir sin duda su alejamiento de un país que conoce a fondo, y donde pudo prestar servicios de importancia.
Con la firma del protocolo del día de hoy, el secretario de estado Mr. Day abandona su cartera para tomar un descanso exigido por su salud antes de empezar las nuevas tareas que se le han confiado, de presidente de la comisión americana, destinada a ajustar los términos del tratado de paz definitivo. El funcionario que sale, posee dotes de circunspección y de carácter altamente apreciables. Es un hombre silencioso y frío, de aspecto tímido y delicado. Durante el tiempo en que Mr. Sherman figuró a la cabeza del departamento de estado, el verdadero secretario fué Mr. Day. Un ministro extranjero, famoso por sus bons mots, refiriéndose al estado mental de Mr. Sherman, al mutismo de Mr. Day y a la sordera del segundo subsecretario, Mr. Adee, decía en aquel tiempo: «Es imposible entenderse con un departamento compuesto de un hombre que no piensa, un hombre que no habla y un hombre que no oye». Las condiciones cambiaron pronto. El juez Day ha estado acompañado por Mr. John B. Moore, internacionalista y profesor de gran mérito, que también anuncia su intención de retirarse, y en cuanto al señor Adee, que habla el español y el francés con rara perfección, sus dotes son tan caballerescas y distinguidas que solamente como una broma sin importancia puede repetirse el chiste en que su nombre está envuelto.