La gran República del Norte ha encontrado en este escritor un intérprete a todas luces digno de su renombre.
Después de sus poesías, de sus libros de viajes, de sus ensayos sobre Echeverría y Alberdi, de sus páginas de historia, el señor García Mérou debía darnos una obra de observación personal, de sólida información, de crítica penetrante y provechosa lectura. Felizmente ha realizado dicha obra en el pleno desarrollo de su inteligencia, en el completo dominio de sus facultades, de su madurez de criterio.
El autor de Echeverría y poeta de los Cuadros Epicos pertenece a una generación de hombres de talento. El, con Benigno Lugones, Joaquín Castellanos, Leopoldo Díaz y quizás algún otro, se iniciaron bajo la buena influencia romántica. Los poetas del año 30 han sido en esto afortunados. Los poetas argentinos de aquella época, y también los de las otras repúblicas de Sud América, tenían por aquellos hombres, Hugo, Lamartine, Byron, Alfredo de Musset, y Vigny, un culto imponderado. Era, sin duda alguna, una pléyade entusiasta, amante como ninguna otra de la belleza del arte.
Pero de lo que carecía era de voluntad, salvo, necesariamente, sus excepciones. Ella no aceptó o no pudo aceptar las severas responsabilidades del ideal. Se hubiese dicho que por sus venas corría la floja sangre de Rolla, hacia el cual tendían instintivamente o al que disculpaban por lo menos. El ideal era demasiado vasto, demasiado difícil, y como se pedía todo a las fuerzas naturales, mucho al corazón y nada absolutamente al cerebro, las energías faltaron. De esa generación, inteligente y poética, poco o nada fundamental ha quedado.
Con excepción de dos o tres cantos de un sentimentalismo soñador, impregnados de escepticismo amable, de melancólicos ayes, de postrimeros adioses, la literatura pocas piezas nuevas pudo agregar a su repertorio selecto. La forma escasas transformaciones obtuvo; la imagen, el ritmo, la música, lo que constituye, en una palabra, el verso, permaneció estacionario. Era el mismo metro usado por los poetas españoles, la misma tendencia que con diferentes matices se reproducía en los países de América.
La imitación era casi incondicional, sin limitaciones visibles. Siempre que se imitara a Lamartine o a Hugo, estaba bien. Los recursos era lo de menos. Y conste que yo soy partidario de la influencia en literatura; pero, naturalmente, siempre que el influenciado proceda con la prudencia y la cautela necesarias. Estoy con los que piensan que un gran autor puede encaminar a un cerebro por un camino maravilloso. Pero es indispensable también que la lectura de ese autor, que su influencia pujante se vea discutida por otras influencias; de modo que alguien pueda emitir al respecto una opinión personal y que lo que resulte sea de su propia cosecha.
Martín García Mérou, que pertenece a aquella generación, fué tal vez el único que se sintió capaz de realizar una obra buena, de trascendencia y valor.
Durante su juventud escribió y dió a luz muchos versos, que más tarde, allá por el año de 1885, se publicaron en libro. En esas poesías hay algo más que el simple sentimiento traducido en una forma más o menos feliz.
Pero es porque ya en aquella época García Mérou poseía un espíritu cultivado por excelentes lecturas. Vese en ellas, al poeta que, atraído por la grandeza y majestad de los modelos, hace lo posible por sacudir su yugo, sirviéndose para ello de su inspiración propia y del conocimiento que él mismo ha conseguido retener de las cosas que lo rodean y de los fenómenos de su reino interior.
El poeta lucha también por que su idioma, plegándose a sus caprichos, le dé el estilo con que sueña para encerrar bellas ideas, y por que a más de la hermosura de la forma, la originalidad venga asimismo en su ayuda; y si bien es cierto que no logra siempre su objeto, es preciso reconocer que en muchas ocasiones el triunfo ha estado de su parte.