Little Breeches, a pesar de estas condiciones y de esta precocidad, se pierde en medio de una tormenta de nieve y su padre lo busca en vano desesperado y lleno de angustia. Al fin, cuando ya lo considera muerto por el frío, el famoso Pantaloncillos es hallado debajo de uno de esos cobertizos donde se refugian los corderos durante la noche, alegre y calentito, y su primera palabra es para pedir «una mascada». ¿Quién pudo llevarlo allí? se pregunta el padre de Pantaloncitos, y su ingenua filosofía encuentra inmediatamente la solución del problema: «Los ángeles. Nunca pudo haber marchado en medio de esa tormenta, si ellos no lo hubieran acarreado y conducido hasta el punto en que se encontraba sano y caliente. Y pienso que salvar a un muchachito de esa manera, es un negocio mejor que estar haraganeando alrededor del Santo Trono»:
¿How did he git thar? Angels.
He could never have walked in that storm.
They jest scooped down and toted him
To whar it was safe and warm.
And I think that saving a little child
And fotching him to his own,
Is a derned sight better business
Than loafing around the Throne.
Las observaciones del sargento Tilmon delante de un comité de la punta de Spunky, y que relata la acción heroica de Banty Tim, son aún más difíciles de saborear para un paladar extranjero y lo mismo sucede con el episodio del bizarro Golier, que cubre con su cuerpo el de un niño y le sirve de escudo, recibiendo las balas que podían haber cortado el hilo de aquella frágil existencia:
Said he, «When they fired, I kivered the kid.—
Although I am’t pretty I’m middlin’ broad;
¡And look! he ant’t fazed by arrow nor ball,—
¡Tank God! my own carcase stopped them hall.»
Then we seen his eye glaze, and his lower jaw fall—
And he carried his thanks to God.
Pero no está de más repetirlo: la mención descarnada de los argumentos de estas canciones no da siquiera un pálido reflejo de su gracia, de su originalidad, de la perfección de sus versos repletos de humour y de color local. Ninguna crítica puede definir y reproducir estos matices, a menos de comentar y explicar largamente, palabra por palabra, cada una de estas curiosas producciones. Pero al leerlas se comprende la justicia de la popularidad de que gozan y los elogios que su sola mención provoca en cualquier grupo literario.
Ningún contraste más marcado que el que existe entre las cinco Baladas del Condado de Pike, y el resto de los Poems de John Hay. Las peculiaridades de su estilo le dan un puesto aparte en la literatura poética de su patria. Los temas que busca, el modo de tratarlos, su preocupación de asuntos políticos de actualidad, el cosmopolitismo de sus ideas, y de sus conocimientos literarios son otros tantos rasgos que definen sus personalidad y caracterizan su talento. Al final del volumen se encuentran algunas bellas traducciones de Henry Heine; y la predilección que John Hay muestra por este poeta arroja una nueva luz sobre su modalidad intelectual. Hay en muchas de sus composiciones, en efecto, algo que recuerda la manera alternativamente humorística y melancólica del autor del Reisebilder, una emoción contenida que se disfraza en una sonrisa burlona, un fino sentimiento de la ironía y un amor a la libertad que se manifiesta, por ejemplo, en La esfinge de las Tullerías o en la Aurora en la plaza de la Concordia. El poeta alemán reclamaba como su mejor título a la gloria, el haber sido «un bravo soldado en la guerra libertadora de la humanidad». Creo que algo semejante puede decirse del distinguido autor americano, del secretario de Lincoln, aquel protector de los humildes y los esclavos, enemigo de todos los despotismos y de todos los lazos que traban la independencia moral y política de las naciones. Recorramos ligeramente la poesía últimamente citada. Es en el año 1865 y el poeta se encuentra al despuntar el alba en los Campos Elíseos. Los últimos girones de las sombras nocturnas cuelgan sus crespones en el techo de las Tullerías, y cubren con una nube vaporosa la espiral del obelisco de Luxor. A las dudosas claridades del alba «con sus crines de mármol encendidas, se encabritan los blancos caballos de Marly». La plaza de la Concordia «descansa en el silencio de la muerte debajo de los cielos cenicientos». La leyenda del pasado se presenta a sus ojos en una evocación solemne. «Ve la mística llanura en que el ejército de espectros sacrificados en la larga vida de guerra del emperador marchan con pasos sin resonancia al sonido de trompetas cuya voz ha muerto. Su jefe espectral todavía los encabeza—el relámpago de ultratumba de su acero, como un cometa, brilla distante a través de la bruma, y la hueste silenciosa corre, invisible a los ojos del gendarme, a lo largo de la ancha vía obscura y misteriosa donde tronó el ejército de Italia cruzando al marchar por el grande y pálido Arco de la Estrella»:
I see the mistic plain
Where the army of spectres slain
In the Emperor’s life-long war
March on with unsounding tread
To trumpets whose voice is dead.
Their spectral chief still leads them.
The ghostly flash of his sword
Like a comet through mist shines far.
And the noiseless host is poured,
For the gendarme never heeds them.
Up the long dim road where thundered
The army of Italy onward
Through the great pale Arch of the Star.
La legión solemne se desvanece, para dar lugar a otro grupo de sombras que desfilan y llenan el aire haciéndose más obscuras mientras el día invade el silencio de la plaza. «Hay una que parece un rey, y se diría que la forma aurea de una corona todavía sombreara su cabello emblanquecido en la prisión; puedo oir el pesado sonido de la guillotina, como su nota regicida resonó aquí, cuando aquél entregó su vida cansada y creció valiente en su última desesperación. Y una mujer hermosa y frágil que llora al dejar un mundo de amor, de alegría y de pecado para ser violentamente arrojada al vasto desconocido (¡ay! ¡su vida profana era tan dulce con reyes a sus pequeños y blancos pies!). Y otra verdadera reina en toda su persona, reina en la vida y en la muerte, cuya sangre bautizó la plaza en los días de la locura y del terror,—y cuya sombra jamás ha tenido igual en su doble don de gracia y majestad». El enjambre de los asesinos, de los sacrificadores, que fueron a su turno sacrificados, repugna a la conciencia noble y varonil del poeta. En las manos de la libertad él ve las manchas indelebles que mostraba Macbeth, la sangre de aquel rey y de aquella reina mezclada a la de tantos valientes anónimos y generosos que clama al cielo con mayor justicia que la de los grandes de la tierra. ¿De qué ha servido tanto sacrificio y tanto dolor? se pregunta con angustia. «Cuando la Libertad, con los ojos resplandecientes, se mostraba contenta a través del dolor de su alumbramiento, ¿qué madre hubiera conocido que su dolor y su esfuerzo iban a ser vanos? Un amable servidor sonreía cuando ella le confió el cuidado de su hijo: ¿conoció acaso que pensaba ahogar al niño cuando descansara adormecido en sus brazos?».
As Freedom with eyes aglow
Smiled glad through her childbirth pain,
How was the mother to know
That her woe and travail were vain?
A smirking servant smiled
When she gave him her child to keep.
Did she know he would strangle the child
As it lay in his arms asleep?
La tristeza de los tiempos no nubla la esperanza del porvenir y del triunfo inevitable de la buena doctrina: «Y cuando en la buena hora de Dios, llegue el tiempo de los bravos y los sinceros, la Libertad se levantará de nuevo con una llamarada en sus temibles ojos, que fulminará a este asaltante del poder, como el sol seca al rocío. Que esta plaza resuene con la voz del alegre pueblo triunfante, y los cielos se regocijen con el repique de los bronces que saluden con júbilo ruidoso desde lo alto de cada campanario, el anuncio de la venida de los tiempos mejores. Que los primeros resplandores de la Libertad que despierta esparzan sus rayos a lo lejos, como el día que está rompiendo en el grande y pálido Arco de la Estrella, y vuelen a través de la gran ciudad, mientras tocan las campanas de la alegría turbulenta, para coronar la Gloria que brota de la Columna de Julio».