And when in God’s good hour
Comes the time of the brave and true,
Freedom again shall rise
With a blaze in her awful eyes
That shall wither this robber-power
As the sun now dries the dew.
This Place shall roar with the voice
Of the glad triunfant people,
And the heavens be gay with the chimes
Ringing with jubilant noise
From every clamorous steeple
The coming of better times.
And the dawn of Freedom waking
Shall fling its splendors far
Like the day which now is breaking
On the great pale Arch of the Star,
And back o’er the tonn shall fly,
While the joy-bells wild are ringing
To crown the Glory springing
From the Colum of July.
Esta nota social y humanitaria se repite varias veces en el volumen de los poemas. Hemos mencionado La esfinge de las Tullerías, destinada a predecir el advenimiento de un Pueblo-Edipo que destruya el poder de la fiera dinástica. En la Oración de los romanos resalta el mismo voto en favor de la libertad vencedora al fin del báculo y la corona. Cuando la visión de una humanidad mejor no exalta la imaginación del poeta e inspira himnos triunfales a su musa, él hace oir la elegía dolorosa que llora la decadencia de una nación y su sometimiento al yugo extranjero. Es necesario recorrer en el original inglés La rendición de España, para ver hasta qué punto es en él elocuente la expresión de estos sentimientos que ¡ay! tienen hoy una actualidad dolorosa y palpitante. «Tierra del indomable Pelayo; tierra del Cid Campeador!—¡madre de hombres ceñida por el mar! ¡España! nombre de gloria y poder;—cuna de emperadores que han apresado el mundo, tumba del descuidado invasor,—¡cómo has caído, España mía! ¡cómo te has hundido en esta funesta hora! En otros tiempos tus magnánimos hijos pisaban victoriosos los pórticos del Asia;—en otro tiempo las olas del Pacífico se encrespaban gozosas para mirar tus banderas,—por tí fué que Trajano condujo las águilas de la batalla a Dacia;—por tí fué que Cortés plantó tu estandarte en los confines del mar.—¿Has olvidado esos días iluminados de gloria y honor,—en que las lejanas islas del mar se estremecieron bajo la pisada de Castilla?—¿en que cada tierra bajo los cielos estaba cubierta por la sombra de tus pendones? ¿en que cada rayo del sol fulguraba en tu conquistador acero?—Entonces, a través de rojos campos de matanza, a través de muerte, desastres y derrotas,—todavía flameaba enhiesta tu bandera hecha girones, pero sin mancha,—y ahora al advenedizo Saboya te encorvas para pedir un amo. ¡Cómo la roja llama de su vergüenza mancha la altiva belleza de España! ¿Acaso se ha enfriado la enardecida sangre que hervía en el Genil y en el Darro? ¿No son ya cantados a los hijos los altos hechos de sus mayores? ¿En las sombrías colinas del norte no has oído hablar de ningún labriego Pizarro? ¿No vaga ningún porquero Cortés oculto por las silvestres orillas del Tajo? ¿Otra vez debe Hispania inclinarse bajo el yugo de un extranjero? No, ella se erguirá de nuevo arrojando sus grillos al mar. ¡Pequeño príncipe del Piamonte! inconsciente te has desposado con la duda y con el peligro, Rey de hombres que han aprendido todo lo que cuesta ser libres.»
Al lado de estos acentos vibrantes que resuenan como un toque de clarín, los Poemas de John Hay contienen numerosas composiciones cortas, verdaderos lieders a la manera de Heine y de Goethe, por la artística belleza de su forma, tanto como por el sentimiento profundo que las inspira. La índole tan peculiar de la lengua inglesa hace sumamente difícil traducir en verso cualquiera de esas piezas delicadas y elegantes. Su concisión terrible, el vigor de sus expresiones, la exactitud de sus términos, desafían todo esfuerzo y hacen la empresa casi insuperable. La única manera de dar una pálida idea de ellas, algo semejante a lo que el gran poeta alemán llamaba du clair de lune empaillé, es tal vez apelar a nuestra fácil rima asonante en los octosílabos, para trasladar la medida de la séptima forma del verso yámbico inglés. Si alguien desea intentarlo, le recomendamos que lo haga con la balada titulada Ernst of Edelsheim.
La influencia germánica que se nota en ella persiste en muchos de los lieders que llenan una de las secciones del libro New and Old. Y aplicamos de nuevo este nombre a ese género de poesía, porque creemos que ningún otro conviene mejor a estos cantos de dimensiones reducidas, en que la idea se cristaliza en una forma diáfana y transparente que concentra la emoción y la espiritualiza. ¿No os parece oír el eco lejano de esos delicados suspiros poéticos de la musa alemana, al leer poesías como la siguiente? «Cuando las violetas brotaban y la claridad del sol llenaba el día, y las aves gozosas cantaban himnos al mes de mayo,—una palabra que llegó a mi oído obscureció la belleza de la escena y en mi corazón era invierno, aunque los árboles estaban verdes. Ahora las ráfagas del vendaval arrebatan las hojas muertas, amarillentas y secas; las selvas lamentan la agonía del año; me llega una palabra que ilumina con éxtasis el espacio, y en mi corazón es verano, aunque los árboles estén marchitos y desnudos.» Sin duda, no hay en esta dulce canción, ningún arrebato lírico, ninguno de esos grandes pensamientos que, en un relámpago genial, hacen penetrar sus rayos hasta el fondo de las simas más obscuras. Pero la ingenua dulzura de su ritmo, la sencillez tierna y melancólica de sus versos, dan a esta clase de inspiraciones un encanto seductor, y es tal vez en ellas donde se encuentra esa gota del néctar divino de la verdadera poesía, que brota desde el fondo del alma y fluye sin esfuerzo como el agua de un manantial cristalino.
Es necesario no tomar desde luego por rasgos definitivos y permanentes lo que sólo son detalles pasajeros en la obra poética de John Hay. Lo que predomina en ella, sobre todo, y lo que la caracteriza mejor, es la variedad de los tonos de su paleta y de las notas de su lira. Así, incurriría en un craso error el que juzgando sólo por Ernst of Edelsheim o el lieder a que acabo de referirme, englobara a su autor en el número de los imitadores más o menos felices de Goethe o Heine que existen en la literatura actual de todas las naciones. La verdad es que donde quiera que se abra el volumen de los Poemas resalta un cuadro original, una inspiración personal, el eco de una suave sinfonía. Y al pasar de un poema a otro, admira esa condición que un crítico francés llama la permeabilidad del talento, don del artista de organización sensible, apto para trasladarse con el pensamiento a todas las regiones y a todas las épocas, y multiplicar su alma en avatares sucesivos.
Hemos hablado del cosmopolitismo de las inspiraciones de John Hay y en las pocas poesías citadas hemos dado, sin pensarlo, un ejemplo palpable de esta condición. Hemos visto, en efecto, cómo este ciudadano eminente de la gran república que marcha hoy a la cabeza de los más viejos pueblos de la tierra, ha pensado como un francés meditando en la Plaza de la Concordia y refiriéndose a la esfinge de las Tullerías, como un español sublevándose ante la dominación de Amadeo, como un italiano cantando el advenimiento de la nueva Roma. Su amplia simpatía liberal y humana, comprende todas las causas nobles y las apoya sin esfuerzo. Y como si esto no satisficiera su sed insaciable de emociones diversas y de espectáculos nuevos, también ha cultivado el exotismo, de que es un espécimen curioso el poema titulado Sueño de bric-à-brac. La escena de esta graciosa fantasía se desarrolla en la patria de Mme. Chrisanthème, en el pintoresco Niphom, donde el poeta se imagina «viajando entre campos de te, reclinado en su jinrikisha, y viendo a través de las ondulosas llanuras levantarse y perderse entre los cielos azules el alto cono del señorial Fusi-yama». Al fin ordena a los portadores que se detengan delante de lo que parecía un almacén de porcelana y penetra en él. «Una medrosa alegría, semejante a la de un dulce pecado, atravesó mi pecho mientras observaba todo sorprendido, transportado y maravillado. Porque toda la casa estaba compuesta de un solo cuarto y en una transparente y agradable opacidad, llena de esos aromas extraños y fuertes que pertenecen al maravilloso Oriente, ví, arriba, alrededor, debajo, un espectáculo capaz de inflamar el corazón ardiente, y colmar el alma más ansiosa,—una infinita riqueza de bric-à-brac». Todo el que tiene algo de artista, comprende el encanto del poeta ante aquellas estatuas de bronce viejas y raras, formadas con destreza insuperable, con trajes que ondulaban en el aire, henchidas por la eterna voluntad del arte; y delicados netsukes de marfil, más ricos en tono que el queso de Cheddar, de santos y de ermitaños, de gatos y perros, torvos y disformes guerreros y estáticos batracios. Y sigue así el catálogo brillante, fantástico de las riquezas acumuladas en aquel recinto, dos páginas de exuberante colorido, cuya fraseología exótica recuerda algunos capítulos de la descripción que de su casa hicieron los Goncourt, y cuya riqueza descriptiva emula la del Gautier de Albertus al pintar el antro de Verónica. Sólo que en este cuadro japonés las tintas son más dulces y risueñas, los colores más claros, las imágenes más seductoras, y en vez de la vieja bruja, hermana de Meg y de Circé, en el fondo de la tela aparece una delicada figurita de geisha, infantil y pequeña, que parece resumir toda la belleza del lugar, tan llena se mostraba de gracia oriental, desde sus oblicuos ojos y rostro bruñido, hasta sus pequeños pies bronceados y dorados. «Era una muchacha del viejo Japón; su diminuta mano sostenía un abanico dorado, que esparcía fragancia por todo el cuarto; sus mejillas ostentaban la pálida frescura de los pimpollos; en sus ojos obscuros brillaba un lánguido fuego, y sus labios rojos respiraban un vago deseo; sus dientes, de perla inmaculada, dulcemente proclamaban su estado de doncella. Su traje estaba tieso con el oro bordado, sus misteriosos pliegues se enroscaban alrededor del cuerpo sin permitir sospechar en dónde sus exquisitas formas abrigadas, podían reposar perfectamente escondidas, semejante a una perla encerrada en una concha demasiado grande. ¡Era tan acicalada, tan pequeña, tan suave, que se hubiera dicho que algún dios jocoso, con un festivo gesto, hubiera tomado una larga y flexible muchacha y hecho con ella un gracioso nudo. Traté de hablar y encontré ¡oh felicidad! que no necesitaba intérprete; conocía suficiente japonés para besar—no tenía otro pensamiento sino éste; y ella con sonrisa y sonrojo divino pareció propicia a mi balbuceante plegaria; mi pensamiento era suyo, el de ella era mío en la suave lógica de mi sueño. Mis brazos colgaban alrededor de su talle sutil, cuya forma trazaban a través del oro y la seda, y alegre cual la lluvia que sigue la sequía, besé y besé sus brillantes labios de carmín.»
So quaint, so short, so lissome, she,
It seemed as if it well might be
Some jocose god, with sportive whirl.
Had taken up a long lithe girl
And tied a graceful knot in her.
I tried to speak, and found, oh, bliss
I needed no interpreter:
I knew the Japanese for kiss,—
I had no other thought but this:
And she, with smile and blush divine,
Kind to my stammering prayer did seem,
My thought was hers, and hers was mine,
In the swift logic of my dream.
My arms clung round her slender waist,
Through gold and silk the form I traced,
And glad as rain that follows drouth,
I kissed and kissed her bright red mouth.
Todos estos brillantes arabescos, estos juegos malabares de la rima y del pensamiento, no muestran sino una de las formas más fugitivas de la poesía de John Hay. Para penetrar hasta el fondo del alma y del sentimiento de este autor es necesario leer varias veces las poesías de argumento místico que contiene el volumen de los Poemas. Es en ellas donde aparece de cuerpo entero el hombre de su raza, y de su pueblo, el filósofo y el moralista cristiano, imbuído en ese profundo espíritu de religiosidad que es el distintivo más marcado de la civilización a que pertenece. La unción de esos cantos que se llaman Mount Tabor, Religion and Doctrine, Sinai and Calvary, Israel Guy of the Temple, etc., es la manifestación más franca del talento simpático que se muestra en todas las páginas de los Poemas. En ellos todo es solemne y elevado, todo tiene la pureza de la palabra evangélica que ilumina el corazón y lo redime. Al abordar estos temas, parece que la misma forma del verso se purifica y depura. Las baladas populares con su slang humorístico y sus proezas de negros se olvidan por completo; las chinoiseries curiosas y las leyendas germánicas desaparecen para dar lugar al acento de la verdadera inspiración que dilata en el verso sus vibraciones sonoras corno resuenan bajo las bóvedas de un templo las notas del órgano majestuoso.
Castilian Days es un libro de juventud, de impresiones vibrantes, de cuadros rápidos trazados con empuje entusiasta y ardorosa independencia, de fallos y condenaciones apasionadas, mezclados con elogios justicieros y algunas veces exagerados. Su autor, al publicarlo muchos años después de escrito, se vió ante la disyuntiva de rehacerlo de nuevo o dejarlo intacto en su forma primitiva, y optó con acierto por el segundo término del dilema. El conjunto de ese curioso panorama en que desfilan las costumbres, la política, el arte, la historia contemporánea y el recuerdo persistente del pasado, es excelente e interesante. Las páginas de la obra palpitan, sacudidas por una ráfaga de inspiración que no decae. Las agitaciones de los acontecimientos de aquellos días revolucionarios, que preceden y siguen el efímero reinado de Amadeo y a la frágil república de retóricos encabezada por Castelar, trasmiten a los Días Castellanos un carácter de actualidad palpitante y le dan una importancia histórica que aumenta y hace resaltar la belleza literaria. Porque es necesario decirlo claramente: este libro es uno de los más interesantes que ha inspirado la tierra legendaria y seductora, amada de los artistas y de los poetas, que vió nacer a Cervantes, y cuya historia ha llenado el mundo con el prestigio de su grandeza y el brillo de sus hazañas. No pocos de los episodios que relata el autor, y que en su tiempo conmovieron al mundo entero, hoy tienen una poderosa seducción retrospectiva en su dramática sencillez. Tal sucede con el famoso duelo del duque de Montpensier y el príncipe Enrique de Borbón, de resonancia tan universal y de resultados tan trágicos y que está narrado en los Días Castellanos con un arte admirable que despierta la emoción del lector y la mantiene en una tensión incesante. La rápida sucesión de los acontecimientos de nuestra época envuelve aquel suceso en las brumas de un pasado ya muy distante. La transformación que, a partir del año 70, ha experimentado la Europa, hace que las luchas de aquellos días nos parezcan más lejanas de lo que en realidad lo están por el cómputo del tiempo. El adversario feliz en el desgraciado encuentro, después de una larga vida de retiro y soledad, descansa también en el eterno sueño. Y al recorrer hoy la crónica narrada por el señor Hay, de los antecedentes y de los detalles de aquel combate singular que por sus proporciones y por sus circunstancias se diría una página arrancada de la historia medieval, se desprende un sentimiento de melancólica filosofía ante la fugacidad de las pasiones y de los odios sangrientos, que pasan y se desvanecen con el tiempo, y la eterna verdad que nos enseña la infinita vanidad de todas las ambiciones y lo efímero de las glorias y los triunfos de la tierra.
Castilian Days no es tan sólo un libro hermoso, sino también un libro original. Pocas naciones como España han tenido el privilegio, no diré si feliz o desgraciado, de tentar la pluma de los escritores amantes de lo pintoresco y del color local. Es difícil, por eso, al ocuparse nuevamente de la descripción de sus costumbres y sus monumentos, no repetir algo de lo que otros han dicho con mayor o menor elegancia y exactitud. Así, a pesar del indudable talento descriptivo de D’Amicis, su Spagna trae involuntariamente a la memoria, a cada instante, esa maravilla de estilo que Gautier llamó Tras los montes y que como todas las obras del mismo género de su autor, es un libro difícil de superar. Gautier y D’Amicis, por otra parte, son talentos de la misma índole, de la misma escuela y de la misma sangre: Las originalidades de la tierra del Cid, lo realmente característico de las modalidades del carácter castellano, no puede ser apercibido en sus matices más finos, en sus gradaciones más ínfimas por un escritor de la raza y de la escuela de aquéllos. Hay todo un orden de sentimientos y de sensaciones que, naturales en mayor o menor grado a todos los hombres de nuestra sangre, despiertan profundamente el interés de un descendiente de anglosajón. Las ceremonias del culto católico, tan curiosas en España, por ejemplo, tan llenas de colorido y tan dignas de llamar la atención del filósofo y del artista, no pueden herir el espíritu de un italiano o de un francés con la misma violencia que el de un alemán o un norteamericano. Y esta misma observación se aplica a todo un orden de ideas que se relaciona con la política, con la literatura, con el arte. Así, el duelo de los Borbones, descripto por un D’Amicis o un Dumas, daría lugar a un cuadro palpitante de realidad y de vigor, notable sobre todo por su faz plástica y pictórica. Bajo la pluma del señor Hay, él adquiere proyecciones considerables y de su narración se desprende un sentimiento nuevo que no hubiera tenido cabida ni ocasión de manifestarse en la obra de un escritor menos preocupado por su origen y sus sentimientos religiosos, de la lección moral a que se presta el encarnizamiento sanguinario de aquel combate. Leed la página siguiente relativa al Corpus Christi y veréis resaltar la forma especial en que en esta obra interesante, se mezcla la descripción y el comentario de las escenas que hieren la imaginación del autor. «El gran día de fiesta de la iglesia durante el año, es el de Corpus Christi. En este día la hostia es conducida, en solemne procesión, a través de las calles principales, acompañada por los altos funcionarios del estado, por varios batallones de cada arma del ejército, en uniforme de gala, y un vasto séquito de eclesiásticos en las más suntuosas estolas y casullas que contiene su grandeza. Las ventanas, a lo largo de la línea de marcha, están alegremente decoradas con estandartes y tapices. El trabajo se suspende en absoluto y la población entera se viste de fiesta. La Puerta del Sol,—que en esta estación fulgura con luz deslumbrante,—rebosa de pacientes madrileños cubiertos con sus mejores trajes, las doncellas de mejillas morenas con sedas flotantes como en un salón de baile y sin protección contra el cielo ardiente a no ser el abanico, que sostienen con sus manos sin guantes. Como todo es tardío en esa bendita tierra, hay dos o tres horas de charla callejera, antes que la sagrada presencia se anuncie por el sonido de campanillas de plata. Mientras la soberbia estructura de filigrana de oro adelanta, un movimiento de reverente homenaje vibra a través de la multitud. Olvidados de las sedas y de los bordados y de la conversación, todos caen de rodillas en una masa colorida, e inclinando sus cabezas y golpeándose el pecho, murmuran sus mecánicas plegarias. Hay pensadores que dicen que estas exhibiciones son necesarias; que la mente latina necesita ver con ojos absortos las cosas que reverencia, so pena de que el objeto adorado se marchite en su corazón. Si no existieran catedrales y misas, dicen, no existiría religión; si no hubiera rey, no habría ley. Pero no podemos aceptar con demasiada prisa esta teoría etnológica de la necesidad que rechazaría todos los principios del progreso y del bien positivo y condenaría a la mitad del género humano a niñez perpetua».