John Hay es un hombre de gran fortuna y personalmente un caballero de prendas distinguidas y de trato muy agradable. Su residencia en Washington es una de las más espléndidas y elegantes de la capital, edificada en estilo romanesco, con un amplio hall ricamente amueblado, un hermoso comedor en que durante su permanencia en la ciudad se dan espléndidas fiestas semanales y una biblioteca magnífica tapizada de obras de arte. Mr. Hay tiene ahora 60 años y es en todos respectos uno de los tipos representativos más interesantes de esta democracia pujante y dominadora.

XII
«AMERICAN IDEALS»

La terminación de las hostilidades con España pone a los hombres públicos de esta nación en el caso de encarar los problemas de la guerra. A la verdad, ellos son complejos y numerosos; pero nadie los contempla con desconfianza, sabiendo que después de todo, serán resueltos de una manera tranchante y de conformidad con los intereses de la gran república. A medida que pasan los días y que van llegando informes del campo de las operaciones militares, salen al mismo tiempo a lucir muchos detalles que no parecen calculados para mantener el prestigio administrativo de este país. Sin duda, las críticas son todavía veladas y reticentes, porque entre las virtudes americanas figura más de lo que se cree, una que desgraciadamente no poseen los argentinos y que forma en cambio uno de los rasgos más característicos de la modalidad de nuestros amigos los chilenos. Me refiero a esa cordura nacional, a ese excesivo pudor patriótico que trata de ocultar hasta donde es posible todas las faltas al extranjero. De esta manera se mantiene más fácilmente el prestigio exterior que proclamando urbi et orbe los defectos y vicios del propio temperamento, exagerando las faltas y deficiencias más pequeñas e ilustrando con deplorable sagacidad todas las debilidades y defectos de la raza.

No obstante esa prudente práctica americana, la prensa, aun de tintes menos amarillos, tiene tal potencia inquisitiva en este país, que poco a poco veremos salir a luz detalles inesperados de la campaña. Por lo pronto, es un hecho ya conocido y admitido públicamente que el servicio de transportes del ejército ha sido deficiente, que el servicio de sanidad no le ha ido en zaga, que lo que aquí se llama «comisariado», se ha mostrado de una incompetencia digna de nuestras repúblicas. Los oficiales y soldados, enfrente de Santiago, han pasado las mayores penurias, mientras a pocas millas de distancia se amontonaban montañas de suplementos y provisiones, sólo por falta de orden y de organización adecuada.

Pero, en fin, todo esto pertenece al pasado, constituye ya la historia de esta campaña, que será seguramente escrita muy pronto y puesta a luz plena en todos sus detalles y complicaciones; lo que nos interesa por el momento. es el futuro de esta gran nación y ese es el problema que hoy preocupa principalmente a sus personajes dirigentes. Las deficiencias señaladas podrían tener importancia en uno de esos países que conocemos demasiado bien y en el que el mal no produce la reacción inmediata que lo corrige y lo evita para el futuro. Aquí podemos estar tranquilos. Si el comisariado ha mostrado defectos de organización, ellos serán salvados al instante. Cada cual recibirá su merecido y las lecciones del presente no caerán en saco roto. ¡Quién pudiera decir lo mismo de nuestras pobres repúblicas latinas, tan españolas todavía, en el sentido doloroso de desorden y de incuria que ha puesto nuevamente de manifiesto la palabra, envidiables nidos de politiqueros que nada aprenden y de generales que se preparan por la guerra civil y la aventura política a la defensa de la bandera, generales que se sublevan y pelean en las calles como ese Esteban del Uruguay, de que hace pocas semanas habló el telégrafo, o coroneles no menos guapos como ese Morales de Guatemala que acaba de morir como un perro rabioso, acorralado en el fondo de una cueva, donde se había guarecido después del desbande y derrota de sus genízaros libertadores.

¿Será entre tanto exacto, como lo pretende Mr. Books Adams, en el Forum, que la guerra española-americana constituye un eslabón en una larga cadena de acontecimientos, que una vez completa representará una de esas memorables revoluciones en que las civilizaciones pasan de una vieja a una nueva forma de equilibrio? ¿Será verdad que así como Waterloo señaló el fin de un régimen histórico, la campaña actual marca el principio de una evolución igualmente importante? ¿Deberemos creer con el mencionado escritor, que así como en 1760 Holanda contenía el centro económico del mundo civilizado, así como ese centro se movió hacia 1815 al noroeste de la boca del Támesis, las consecuencias de la última guerra y la coalición anglosajona que parece su consecuencia inmediata, lo dislocarán más hacia el occidente, y la «sociedad humana será absolutamente dominada por una vasta combinación de pueblos, cuya ala derecha descansará en las islas Británicas, cuya ala izquierda se cernirá sobre las provincias centrales de la China, cuyo centro se acercará al Pacífico, y que circundará al océano Indico como si fuera un lago, a la manera que los romanos circundaron el Mediterráneo?».

Ese sueño de supremacía y dominio universal, de hegemonía política y económica deslumbra hoy a una gran parte de los hombres intelectuales de este país. Un grupo de ellos, de todos los partidos, encabezados por la Federación Cívica de Chicago, acaba de asistir a la conferencia de Saratoga, convocada para responder a esta pregunta: ¿cuál debe ser la futura política exterior de este país? Ningún momento más propicio para estudiar este tema. Hace seis meses nadie hubiera pensado que la gran república se vería inclinada a apartarse de las tradiciones de los padres, que aconsejaron no estrechar alianzas aventuradas y mantenerse fuera de las contiendas del viejo continente. Ahora, una gran parte de la opinión aconseja abandonar de una vez por todas el sistema del aislamiento histórico y tomar un puesto prominente en el concierto de las naciones que dominan el mundo. Las deliberaciones de la conferencia han durado varios días y los miembros de la asamblea, antes de separarse, han adoptado por unanimidad una serie de declaraciones que, sin pronunciarse abiertamente por la retención de todas las colonias españolas, aconseja que no se abandone a los pueblos redimidos y que éstos se deben considerar como los «pupilos» (wards) del poderoso tutor americano. Los argumentos en contra del imperialismo romano o inglés que apasiona a tantos espíritus, no han escaseado, sin embargo, ni han carecido de fuerza y de elocuencia. Entre éstos, los más notables sin discusión, han sido desarrollados en un discurso de Carl Schurtz.

El conocido publicista germanoamericano, examina la cuestión de la anexión definitiva de las islas tomadas a la España bajo el aspecto moral, bajo la política institucional y bajo el de los intereses comerciales. Sobre el primer punto, Carl Schurtz recuerda que el presidente en su mensaje de diciembre último, estampó esta frase: «No hablo de la anexión por la fuerza, porque no puede pensarse en esto. Ella, ante nuestro código de moralidad, sería una agresión criminal». Más lejos insiste que la guerra con España, por resolución del congreso de abril 19, fué iniciada con el objeto de «hacer al pueblo de Cuba libre e independiente» y que movido de ese interés, el presidente pidió el retiro de las fuerzas españolas de Cuba, habiendo sido autorizado por las cámaras para usar las fuerzas de mar y tierra «hasta el punto que sea necesario, para llevar a efecto estas resoluciones», o sea sólo para libertar a Cuba. «Esta resolución fué adoptada para justificar nuestra guerra con España ante la opinión pública del género humano. Todo el mundo debía entender que solamente el sentimiento del deber ponía las armas en nuestras manos; que estábamos impulsados por un alto propósito de noble desinterés; que éste iba a ser una guerra de liberación y de humanidad, no de conquista y de propio engrandecimiento. Proclamamos esto altamente. Al proclamarlo pedimos al mundo que creyera nuestra palabra. Es evidente que si esta proclamación debe interpretarse en el sentido que, mientras no anexemos a Cuba, podemos anexar cualquier otro territorio que se cruce en nuestro camino, ella hubiera sido recibida con ironía y desprecio general. Nuestro propio pueblo hubiera protestado con indignación contra la burla, y cuando algunos periódicos extranjeros nos acusaron de hipocresía y predijeron que esta guerra de liberación y de humanidad terminaría en un plan de asalto territorial, nos ofendimos profundamente y rechazamos en alta voz la vil imputación. Puedo ser anticuado, pero creo todavía que una nación, como un individuo, está obligada por el honor a mantener su palabra; que ella no puede ni preservar su respeto propio ni salvar los principios de la moralidad entre su propio pueblo, ni la estimación y confianza del género humano—a menos que sea fiel a su palabra, y que el mantenimiento de la perfecta buena fe acabará por ser finalmente la mejor inversión de fondos—que la honradez es siempre y seguirá siendo la mejor política. Y ahora pregunto a los abogados de la anexión entre nosotros, si esta república, bajo cualquier pretexto, anexa cualquiera de las posesiones españolas,—¿no convierte acaso esta guerra solemnemente proclamada de liberación y de humanidad, en una guerra de engrandecimiento propio? Les pregunto ¿quién nos creerá de nuevo, cuando aparezcamos una vez más delante del mundo con finas palabras sobre nuestra devoción abnegada y altruista por la emancipación de los pueblos y la humanidad? ¿Les pregunto si, como hombres patrióticos, realmente piensan que convenga a esta república americana presentarse ante las demás naciones de la tierra como una nación cuyas más solemnes promesas no pueden ser creídas?...».

Las objeciones institucionales no son menos irrefutables, según el criterio de Carl Schurtz. Las instituciones democráticas le parecen dignas de ser conservadas en toda su pureza, a pesar del gran número de los que se cansan de oir mencionar este tema y sólo desean mirar estas cuestiones bajo el aspecto comercial. «Si esas colonias son anexadas, ellas deberán llegar a ser estados de la Unión o tendrán que ser gobernadas como provincias sujetas. ¿Y son acaso esas colonias susceptibles de ser convertidas en estados, no solamente para gobernarse a sí mismas en sus asuntos domésticos, sino también para ayudar a gobernar a la Unión participando en la formación de las leyes y en la elección de los presidentes?». «Todas ellas—dice Schurtz—están situadas en los trópicos; están más o menos densamente pobladas. En Cuba y en Puerto Rico su población consta de criollos españoles y de gente de piel negra, con algunos españoles nativos y una ligera adición de norteamericanos, ingleses, alemanes y franceses; en las Filipinas, en medio de una gran masa de asiáticos más o menos bárbaros, se ven descendientes de españoles, mezclas de sangre asiática y española, un cierto número de nativos de España y un número reducido de gente del norte». Con estos elementos, Carl Schurtz desafía a cualquiera a que establezca gobierno democrático. El afirma que no existe democracia en los trópicos. Cita el gobierno de México como un ejemplo de habilidad de Porfirio Díaz, aunque sea sólo una dictadura militar, pero a la muerte del dictador se pregunta con alarma cuál va a ser el destino de aquel pueblo. A los que sostienen que las condiciones de los territorios anexados cambiarán con una corriente de inmigración anglosajona, les contesta que esa corriente nunca se precipitará a un país tropical hasta el grado de imprimir en una raza el carácter germánico o anglosajón. La India con 300 millones de habitantes, no tiene más de 200.000 ingleses, la mayor parte en el empleo del gobierno. Las islas de Hauaii con más de 100.000 habitantes no tienen 3.000 americanos. Además, es un hecho reconocido por todos, que el pueblo de las islas que se piensa anexar, no está en aptitud de fundar un gobierno libre e independiente. «No hace mucho tiempo leí en un periódico—y todos ustedes pueden oir lo mismo de labios de muchas personas—que si los cubanos, habiendo tenido ocasión de gobernarse, se muestran incapaces de hacerlo, deberemos anexar la isla y dividirla en dos estados. En otros términos ¿si los cubanos son irremisiblemente incapaces de gobierno propio, debemos permitirles que ayuden a gobernar a nuestro propio pueblo?».

En el curso del elocuente alegato de Carl Schurtz, ocurren frecuentes menciones a la política y a las condiciones institucionales de nuestras repúblicas hispanoamericanas, y con humillación confieso que ellas hieren profunda, aunque merecidamente, el sentimiento de nuestro patriotismo. La verdad es que el desgobierno sudamericano es ya tan general y proverbial, que su mención ocurre como un lugar común en el texto de cualquier escrito o discurso en que se desea sentar un caso típico de desorganización política o administrativa. Con la anexión de Cuba y Puerto Rico, Carl Schurtz mira con horror la perspectiva de una «inundación de políticos hispanoamericanos, notoriamente los más desordenados, arteros y corrompidos políticos sobre la faz de la tierra» (notoriously the most disorderly, tricky, and corrupt politicians on the face of the earth). Este juicio perentorio no dejará de indignar a los que creen todavía que en el estado actual del mundo es lícito hacer del nepotismo, del desorden administrativo, de la incapacidad intelectual, la regla común de un ciclo de inmoralidad crónica. ¡Qué diablo! dirán, si estos males existen como una condición sine qua non del gobierno sudamericano, también tenemos la panacea que todo lo cura, la revolución, el pronunciamiento, el motín de cuartel, el «Sánalotodo» de nuestros Dulcamaras demagogos, el sic semper tirannis de los Estevan y los Morales, los Barrios, los Saravia o los Alfaros, guatemaltecos, uruguayos, ecuatorianos, etc., porque la raza es numerosa y sus ramificaciones se extienden a través de todo un continente convertido en ludibrio y en ejemplo característico de barbarie y falta de integridad. Cuando se vive en países como éste y se escuchan los comentarios que provocan los síntomas de descomposición y de incurable enviciamiento político que revelan las incursiones saraviescas de Río Grande, la patriada de los generales que hace poco pelearon en las calles de Montevideo, que ha inspirado comentarios tan dolorosos para el que tiene un átomo de dignidad nacional en la prensa europea y de este país,—se comprende el odio invencible de un Sarmiento por las personificaciones y los frutos del caudillaje y se suspira con angustia por el día en que esa lepra vergonzosa desaparezca del organismo de nuestras pobres repúblicas hispanoamericanas. Por lo tanto, Carl Schurtz y los hombres de su altura moral, tratan de evitar la introducción de ese mal en cualquiera de sus formas. «Hemos librado a esas islas de la desorganización española y dádoles una oportunidad de gobernarse a sí mismas—dice. Los gobiernos que reciban no serán gobiernos ideales. Serán gobiernos hispanoamericanos, algo temperados y mitigados, tal vez, por la influencia que las empresas americanas les harán sentir. Pero en todo caso, esos gobiernos serán suyos y si degeneran en corrompidos y desordenados, por lo menos no inficionarán con su desorden y corrupción nuestra república». Ese peligro es temible para los pensadores de esta nación que no están perturbados por el sueño imperialista y que quieren salvar a su patria de «la contaminación de los políticos hispanoamericanos o hispanoasiáticos», puestos al mismo nivel, lo que tampoco es muy halagador para nosotros.