En naciones como los Estados Unidos, en que el pueblo gobierna y los mandatarios ejecutan sus mandatos, no se concibe el tipo del gobierno común a una parte de nuestro continente, y eso explica la franqueza de las frases de Carl Schurtz. Aquí son todavía una fuerza las cualidades morales, la inteligencia, la energía del carácter y la integridad de la conducta. No se comprende la rotación de los puestos públicos entre parientes y allegados, ni la imposición de la voluntad de un solo hombre que se encarga de pensar y obrar por toda una nación. Así se levantan sobre el escenario político por su propio mérito y sin que tengan que arrimarse a pedir su calor a las esferas oficiales, hombres como ese Teodoro Roosevelt, el tipo más pintoresco de la campaña, un escritor elocuente y sincero, altivo y honrado, que dejó su puesto de subsecretario del departamento de marina, para formar el famoso regimiento de los Rough-Riders, que se distinguió y sufrió fuertes pérdidas en la acción de la Guásima; un carácter y una inteligencia puestas siempre al servicio de la patria; un político de segunda fila que hoy se encuentra llevado por el pueblo de Nueva York a la primera, que hoy se impone a la voluntad de los caciques o bosses más refractarios a sus dotes como Platt, y que será elegido gobernador de ese estado si alguna combinación improbable de última hora no lo hace abandonar la contienda en que hoy figura como favorito merced a sus propias obras y al influjo de la ola popular.

El carácter de Roosevelt está impreso en sus obras y es digno de la distinción que sus compatriotas le preparan. En las Cacerías de un ganadero (Hunting trips of a ranchman), él ha trazado esbozos pintorescos del sport cinegenético en las grandes llanuras pastoriles del norte. En la Guerra naval de 1812 (Naval war of 1812) ha dejado una historia elocuente e interesante de los hechos gloriosos de la escuadra americana en la última guerra con los «primos de la Gran Bretaña», que hoy se quiere elevar a la categoría de hermanos. Estas obras le han dado una reputación merecida de escritor fácil y patriota sincero. Pero ninguna representa con tanta fidelidad las diversas facetas de su espíritu como su último libro de artículos sueltos, American ideals and other essays.

En los Ideales americanos, Roosevelt empieza por exaltar esa tradición de gloria y moralidad que deben los americanos a los fundadores de su nación, y especialmente al padre de la gran república, de quien ha dicho con justicia Goldwin Smith que la historia has hardly a stronger case of an indispensable man para su patria. «Cada gran nación—dice Roosevelt debe a los hombres cuyas vidas han formado parte de su grandeza, no solamente el efecto material de lo que hicieron, no solamente las leyes que sostuvieron o las victorias que alcanzaron contra enemigos en armas,—sino también la inmensa aunque indefinida influencia moral producida por sus hechos y palabras. Sin Washington jamás probablemente habríamos ganado nuestra independencia de la corona británica, y casi seguramente hubiéramos dejado de ser una gran nación, permaneciendo más bien como un conjunto de pequeñas comunidades y derivando hacia el tipo de gobierno que prevalece en la América española. Sin Lincoln tal vez no hubiéramos podido conseguir la unidad política que hemos ganado; y aunque ella hubiera sido lograda, la lucha que debimos mantener y los resultados de esa lucha, hubieran sido tan diferentes que su efecto sobre nuestra historia nacional habría sido profundo. Sin embargo, la deuda de la nación hacia esos hombres no se limita a lo que ella les debe por su bienestar material, por más incalculable que sea. Arriba del hecho de que somos hoy una nación independiente y unida, con medio continente por herencia,—descansa el hecho de que cada americano es más rico por la herencia de nobles hechos y nobles palabras de Washington y de Lincoln. El que lee la proclama de Gettysburg o el segundo discurso inaugural del más grande de los americanos del siglo diez y nueve, o el que estudia las largas campañas y nobles dotes de estadista de aquel otro americano que fué aún más grande, no puede dejar de sentir dentro de sí mismo una tendencia hacia cosas más altas y más nobles que las que se obtienen por el goce de la mera posteridad material.»

Este culto platónico por las lecciones de las grandes personalidades morales de la nación, es un buen sentimiento para un futuro gobernante y es prenda segura de que él tratará de ajustar su conducta pública a los modelos que admira. Pero no sólo en las frases anteriores se nota la elevación de miras y de propósitos de Roosevelt. En su espíritu la admiración por los grandes hechos de los buenos se une al odio y el desprecio por los vicios de los malvados. «Del mismo modo—añade más lejos—que nos sentimos mejores por los actos de los hombres dignos que han servido bien a la nación, así nos sentimos peores por los actos y las palabras de los que han tratado de causar males a nuestra tierra. Afortunadamente, nos hemos librado del peligro del más temible de todos los ejemplos. No hemos tenido que luchar contra la influencia ejercida sobre la mente de hombres ávidos y ambiciosos por la carrera del aventurero militar que encabeza con éxito algún movimiento revolucionario o separatista. Ningún hombre causa un mal tan incalculable a un país libre, como el que enseña a los jóvenes que uno de los senderos que conducen a la gloria, a la fama y al éxito temporal, se encuentra en la línea de la resistencia armada al gobierno, en la tentativa de derrocarlo.» Son frases como las anteriores las que debían ser inculcadas en las generaciones nuevas de nuestro continente, y los principios morales que ellas enseñan son tan aplicables a los hombres de nuestra raza, que si el espacio me lo permitiera, continuaría transcribiendo in extenso la prosa fuerte y colorida de Roosevelt.

A pesar de esta limitación forzada, creo interesante reproducir el siguiente párrafo que pinta una clase social que, no obstante nuestra reducida población, ya tiene más de un representante entre nosotros. «Existen,—dice Roosevelt—culpables más numerosos que los que cometen abiertamente el acto injurioso. No se puede increpar bastante a los ricos que todo lo sacrifican a la acumulación de su riqueza. No hay en el mundo un carácter más innoble que el del mero acaparador de fortuna (money getting) americano, insensible a todo deber, indiferente a todo principio, preocupado solamente de acumular una fortuna y confinando esa fortuna a los usos más bajos—ya sea que la emplee en especular en títulos o permita a sus hijos llevar una vida de loca y derrochadora ociosidad y libertinaje, o ya sea que compre algún aventurero de alta posición social, extranjero o nativo para su hija. Ese tipo de hombre se hace tanto más peligroso si ocasionalmente ejecuta actos como el de la fundación de un colegio o dotación de una iglesia, que obliga a una parte del buen público a olvidar su iniquidad. Esos hombres son igualmente malvados con el obrero a quien oprimen y con el estado cuya existencia ponen en peligro. No hay muchos de ellos, pero son numerosos los que se acercan más o menos al tipo, y mientras más próximos a él se encuentran, más funestos son para la nación. El hombre que se contenta con dejar que la política vaya de mal en peor, chanceándose con la corrupción de los politiqueros, el hombre que se contenta con la mala administración de la justicia sin hacer un esfuerzo resuelto e inmediato para reformarla, falta a su deber y prepara el camino para males infinitos en el futuro. La dura, la brutal indiferencia hacia el derecho y la miopía igualmente brutal respecto a los resultados inevitables de la corrupción y de la injusticia, son deplorables en extremo, y sin embargo son rasgos característicos de un gran número de americanos que se consideran a sí mismos perfectamente respetables y que son considerados así por una gran parte de sus poco descontentadizos conciudadanos... Otra clase que se confunde con ésta, aunque se distingue de ella por ser menos peligrosa, es la de los hombres cuyo ideal es puramente material, que lucharían por el buen gobierno si estuvieran seguros de ser pagados, que todo lo someten a la vara de medir, que son incapaces de apreciar ninguna cualidad que no sea un objeto mercantil; no entienden que un poeta puede hacer más por su país que el propietario de una fábrica de clavos, y no conciben que ningún grado de prosperidad comercial puede suplir la falla de las virtudes heroicas o resolver por sí misma los terribles problemas sociales que todo el mundo civilizado debe afrontar... El hombre de esta clase representa individualmente un elemento casi imponderable en la obra y el pensamiento de la comunidad; pero en medio de la masa permanece como un real peligro, porque encarna un sentimiento visible en los últimos tiempos entre mucha gente respetable. Las personas que se jactan de tener un ideal puramente comercial, ignoran aparentemente que ese ideal es el más sórdido y mezquino que puede haber en el mundo y que ninguna comunidad de bandoleros de la Edad Media puede haber llevado una vida más ingrata que la que sería la de hombres para quienes el comercio y las manufacturas fueran todo y para quienes las palabras como el honor y la gloria nacional, el valor y la intrepidez, la lealtad y la abnegación, hubieran perdido su sentido. El ideal puramente material, puramente comercial, el ideal de aquellos «cuya patria es la gaveta», es en su esencia degradante e inferior. Hoy es más cierto que nunca que ni el hombre ni la nación viven solamente de pan. El ahorro y la industria son virtudes indispensables; pero ellas no bastan. Debemos basar nuestras aspiraciones a un mejoramiento cívico y nacional en condiciones más nobles que las de la simple habilidad para los negocios».

Si el coronel Roosevelt es elegido gobernador del estado de Nueva York, en su alta posición política tendrá oportunidad de luchar por esos «ideales americanos» cuya defensa y comentario forma la materia de su último libro. ¿Realizará la obra de purificación y del desarrollo del bossismo, que pervierte la vida municipal de la gran comunidad que deberá dirigir, se librará de la contaminación de los Platt y los Crocker, que hoy dominan omnipotentes en aquel estado? El problema es de difícil solución para un hombre de partido, por aquella razón dada a Hamilton en una forma incisiva hace muchos años por el espíritu volteriano del gouverneur Morris, una de las figuras más interesantes de la intelectualidad americana: «Es peligroso ser imparcial en política. Usted que es templado en la bebida, habrá notado tal vez la torpe situación del hombre que continúa sobrio después que sus compañeros se han embriagado.» «You who are temperate in drinking have perhaps noticed the awkward situation of a man who continues sober after the company are drunk.»

XIII
DAVID AMES WELLS

David Ames Wells, muerto hace pocos días en Norwich (Connecticut), era un hombre de reputación universal, y su desaparición enluta al mundo científico americano. Como casi todos los estadistas eminentes de la gran república, sus comienzos fueron arduos y modestos. Después de haber intentado diferente ocupaciones, entró en el periodismo, y mientras permanecía en él tuvo la suerte de inventar la primera máquina de doblar mecánicamente los periódicos y los pliegos de los libros, que le proporcionó medios con que continuar sus estudios científicos en una escala superior. Observador infatigable y dotado de una inteligencia brillante, más que en los libros recogió su enseñanza en la vida y en la práctica diaria de los negocios, y más tarde controló con las lecciones teóricas de los maestros las ideas y principios originales que había descubierto por sí solo en su incesante labor.

Sus primeros escritos lograron despertar la atención del público; pero sólo después de la guerra civil su nombre adquirió una notoriedad envidiable. La gran república salía de la lucha fatigada y desconfiando de sí misma, bajo el peso abrumador de una deuda colosal. Se dudaba por los más patriotas que ella pudiera levantarse ni ser fiel a sus compromisos. Fué entonces que David Wells encaró el problema con su fino análisis y su amplitud admirable de información, publicando un libro que tuvo enorme resonancia, bajo el título de «Nuestra carga y nuestra fuerza» (Our Burden and our Strength). Lo que nadie había visto, aparecía de bulto a los ojos del economista eminente; la potencia y vitalidad enorme de esta nación; la inagotable fuente de sus recursos naturales, la promesa segura de su destino. Esta obra le abrió las puertas de la vida pública. El presidente Lincoln lo llamó a colaborar en el gobierno como presidente de la comisión de impuestos, en cuyas funciones mostró sus dotes admirables de estadista y la solidez de sus principios económicos.

Cuando el término de los trabajos de la comisión de impuestos hubo concluido, el presidente Lincoln nombró al señor Wells comisario especial de impuestos por el período de cuatro años. «La gran obra de reconstruir, abrogar y modificar leyes relativas a los impuestos internos,—dice uno de sus biógrafos,—fué desde entonces confiada a su criterio, y la realizó en una forma que le dio títulos a la gratitud permanente de su país. Puede decirse que él originó todas las grandes reformas que en el sistema de impuestos se adoptaron por el Congreso hasta 1870 y que llevó a cabo muchas de ellas en medio de una fuerte oposición, por el poder convincente de su raciocinio. Entre estas reformas se cuentan el nuevo plan de todo el sistema de leyes de impuesto interno, diminución y abolición final del impuesto al algodón, a las manufacturas y petróleo crudo, la creación de distritos de inspección y la aplicación de estampillas para la recaudación de impuestos al tabaco, a los licores fermentados y a los espíritus destilados. La corrupción había llegado entonces en Washington a su mayor altura y los mismos absurdos e iniquidades del impuesto contaban con fuerzas poderosas interesadas en su mantenimiento. En el libro de Mr. Wells, titulado Economía práctica, publicado en 1885, se conserva la más instructiva colección de ensayos sugeridos por la experiencia de aquel período. Allí se ve cómo los destiladores de Whiskey más de una vez prevalecieron en el Congreso haciendo elevar el impuesto sobre su propio producto, exceptuando el que ya estaba en depósito, y obteniendo de esta manera ganancias de más de cien millones de dólares.»