El señor Romero fué uno de los miembros más prominentes del Congreso Panamericano que se reunió en Washington en 1889, y su artículo consagrado a la histórica conferencia es uno de los más interesantes de la colección. En él se estudia especialmente la actitud de los delegados de la República Argentina, cuyas vistas generales sobre los fines y los objetivos reales del congreso diferían radicalmente de las del ministro de Méjico. El señor Romero, en términos correctos y serios, deja entender que la susceptibilidad de los señores Quintana y Sáenz Peña más de una vez fué un obstáculo al éxito de los trabajos de aquella reunión diplomática. Sin embargo, él paga un alto tributo a la corrección de procedimientos, a la inteligencia y dotes personales distinguidas de los delegados argentinos.
«Teniendo el señor Quintana—dice—la conciencia de su mérito y de su valer, y obrando siempre en virtud de convicciones firmes, no se prestaba fácilmente a ceder ni aún en aquellos puntos que pudieran considerarse secundarios, y en los cuales muchas veces es necesario transigir para obtener el acuerdo espontáneo y cordial de una asamblea en la que necesariamente están representadas varias opiniones. El tacto que en casos como éste consiste en ceder en lo secundario para asegurar lo principal,—aunque frecuentemente hay divergencias de opiniones entre lo que es principal y lo que es secundario—es acaso condición de espíritus menos privilegiados.
«Mr. Henderson, presidente de la delegación de los Estados Unidos, participaba en parte de esas condiciones y por ese motivo las discusiones que asumieron un carácter más vivo, que algunas veces llegó a ser personal, fueron las sostenidas entre este caballero y el doctor Quintana. Los delegados argentinos, inspirados por el gran progreso de su país y sin intereses, relaciones políticas, ni negocios con los Estados Unidos, no solamente tenían una independencia muy loable en todos los casos, sino que a veces y debido tal vez a sus condiciones personales, mostraron una exquisita susceptibilidad. Lo que pudo haber habido de desagradable en los discursos de la conferencia, terminó, sin embargo, de una manera satisfactoria con la explicación que al cerrarla dió Mr. Henderson en estos términos: «Si en la libertad de la discusión se ha escapado una palabra acre y malsonante, unámonos ahora para considerarla borrada de nuestras actas y decidamos olvidarla para siempre.»
«A poco de reunida la conferencia, empezaron algunos periódicos de este país a atacar con dureza, tan extraordinaria como injustificable, a los delegados argentinos, llegando hasta el grado de acusarlos de ser agentes de Inglaterra, para lograr que fracasaran los objetos de la asamblea. Ataques tan inconvenientes como infundados provocaron, como era natural, una fuerte reacción, que vino a hacer resaltar el mérito de aquellos caballeros y a refutar de una manera tan completa las inculpaciones que se les hacían, que sus acusadores tuvieron que abandonar el campo por completo. El desagrado que esos ataques les causara, fué abundantemente compensado por la satisfacción que debieron sentir al verse defendidos tan decidida como victoriosamente.»
El distinguido diplomático que trazó los párrafos anteriores será irremplazable para su país en el puesto que desempeñaba. El se inició en la vida americana en una época ya distante, en que los agentes extranjeros tenían más oportunidades que hoy de tratar a los estadistas de la gran república, y el vasto número de sus amigos personales le facilitaba el fácil cumplimiento de la misión política confiada a su celo y competencia. Hoy los horizontes de este país se han extendido demasiado y sus hombres dirigentes como los de Europa, tienen la mirada fija en el Extremo Oriente donde encuentran o creen encontrar un campo más favorable a la expansión del comercio que el que a su juicio podría hallarse vinculando íntimamente a las naciones de nuestro hemisferio.
Con el año que termina, puede decirse que se cierra todo un ciclo de historia americana y que se abre para la gran república el camino de la conquista gloriosa pero aventurada, el período de la espada subyugadora de pueblos. El señor Romero veía con aprensión la alborada de la nueva época. El, que asistió al desenvolvimiento poderoso de esta nación y acompañó sus triunfos pacíficos, comerciales e industriales, ha abandonado la escena terrestre en un momento de transición, y su nombre será recordado como el de uno de los más fieles adeptos y creyentes en los viejos ideales de la democracia que a muchos parecen hoy envejecidos y marchitos.
XV
HENRY CABOT LODGE
En una alocución dirigida a los estudiantes de Harvard por el actual senador Henry Cabot Lodge a propósito de los usos y responsabilidades de la independencia de los hombres de fortuna, el distinguido orador aconseja a los que se encuentran en condiciones de no tener que luchar para ganar el pan «emplear su actividad en aquellos terrenos en que se necesitan hombres que puedan trabajar, sin provecho pecuniario, en beneficio público». No son pocos los medios que se ofrecen a los que quieran pagar en esta forma la deuda que cada ciudadano contrae para con su patria. Uno de ellos es la literatura, tomada en su aspecto serio y profesional, otro es dedicarse al estudio de grandes cuestiones sociales como la educación popular, la administración de la beneficencia pública, etc. Finalmente, la política les ofrece un campo ventajoso para ensayar sus aptitudes y combatir por la felicidad y la gloria de su pueblo. Pero cualquiera que sea la senda elegida, según Cabot Lodge, lo esencial para un hombre útil, para un espíritu bien intencionado es «simpatizar con su país, pues es más fácil de lo que parece divorciarse de los movimientos de la época en que uno vive». Otro escollo que es necesario evitar «es hacerse meramente negativo y crítico...». «El que se contenta con la crítica y la negación, no sólo está expuesto a llegar a ser estrecho y arrogante, sino ineficaz. Para mantener el equilibrio y ser útil es necesario ver lo bueno al mismo tiempo que lo malo de los hombres y de las cosas. Es comparativamente fácil detenerse y atacar a los que están luchando en la corriente de la vida política, pero es mejor entrar en ella y tratar de hacer algo y contribuir a la realización de algún plan definido». Solamente lanzándose al terreno de la acción desinteresada y fecunda, consagrando los ocios del bienestar al servicio público, el hombre de fortuna se convierte en el más útil y el más ocupado de los ciudadanos.
Se diría que al pronunciar las palabras citadas, el senador Cabot Lodge estaba trazando el programa de su propia vida. El pertenece, en efecto, a esa clase feliz de los que poseen suficientes medios para emanciparse de la terrible preocupación de la vida material. Nacido en 1850, se encuentra hoy en pleno vigor físico y mental. Desde los primeros años de su vida, sus tendencias lo impulsaron a la literatura, donde ha obtenido éxitos duraderos. Más tarde, entró en la vida política y representó en el congreso a su estado natal. Hoy es uno de los más jóvenes miembros del senado y uno de los publicistas más brillantes de los Estados Unidos.
Editor un tiempo de la North American Review, y de la International Review, sus estudios abarcan un vasto campo intelectual. Graduado de Harvard y de la escuela de derecho, su tesis sobre la «Ley de tierras de los anglosajones» le valió el título de doctor en filosofía. En 1885 dirigió la publicación de las obras de Alejandro Hamilton, cuya biografía había escrito poco tiempo antes, así como la del eminente orador y estadista Daniel Webster. Poeta correcto y tierno, orador vibrante y nervioso, crítico y ensayista penetrante, historiador ameno, a pesar de su relativa juventud, el señor Cabot Lodge, como Roosevelt, de quien es grande amigo, ha demostrado prácticamente cuánto puede esperarse de los hombres independientes que consagran su tiempo al trabajo intelectual y al servicio de su patria, con aspiraciones nobles y estímulos elevados.