Una rápida revista de sus obras va a mostrarnos las diversas facetas de este espíritu brillante y distinguido. Entre las de carácter biográfico, es necesario señalar desde luego las consagradas a la vida de Washington, de Hamilton y de Webster, publicadas en la serie de los American Statesmen. En todas ellas resalta un método crítico excelente, un estudio profundo de los orígenes históricos del pueblo americano, un vivo sentimiento de patriotismo y una familiaridad perfecta con los más serios problemas resueltos en la crisis de la vida de esta nación. La figura noble y luminosa del guerrero y del estadista que arrojó los cimientos de la gran república, se destaca en las páginas del libro de Cabot Lodge con esa majestad dignificada y tranquila que realza el carácter del héroe y que está impresa, como un sello indeleble, en las menores acciones de su vida. Su carrera benéfica es seguida paso a paso por el escritor, desde el comienzo de su educación, hasta que el llamado en su juventud the rising hope of Virginia terminó su vida cargado de años y de gloria. Pagado este tributo respetuoso al padre de la patria, el señor Cabot Lodge ha mostrado en su estudio sobre Hamilton las dotes eminentes de uno de sus grandes colaboradores. Hamilton, en efecto, según el juicio unánime de los más distinguidos publicistas de este país, figura por su talento y dotes extraordinarias a la cabeza de los estadistas de la que llama Goldwin Smith, la vieja escuela política americana. Como nuestro general Belgrano, que siendo un hombre de carácter esencialmente civil se vió arrastrado al servicio de las armas, cediendo a las exigencias de los tiempos, el famoso jefe de los federalistas también prestó en el ejército servicios apreciables, pero su gloria imperecedera está basada en sus trabajos constitucionales, en su genio creativo, en su administración celosa y acertada del tesoro público.

En una época de confusión y de caos financiero, Hamilton supo arrojar los cimientos del sistema rentístico que con pequeñas modificaciones se prolonga en este país hasta nuestros días. La disrupción de la confederación primitiva, había obedecido a causas económicas. La enfermedad que había consumido aquel organismo podría caracterizarse de anemia fiscal. Era, pues, entonces, como ahora y siempre, el régimen financiero del estado, el más importante problema planteado ante el genio de los hombres de gobierno. Hamilton lo afrontó con maestría y lo resolvió con éxito. Su programa era vasto y lleno de responsabilidades. Según sus propias palabras citadas por Cabot Lodge, «justificar y mantener la confianza de los más ilustrados amigos del buen gobierno; promover la creciente respetabilidad del nombre americano; responder a los llamados de la justicia; restaurar la propiedad territorial a su justo valor; dotar de nuevos recursos a la agricultura y al comercio; cimentar más estrechamente la unión de los estados; fortalecer su seguridad contra el ataque externo; establecer el orden público sobre la base de una política recta y liberal; he aquí los grandes fines que debemos alcanzar, proveyendo en el período presente de una manera adecuada y propia, al sostén del crédito público.»

Asumiendo la deuda de los estados, consolidando las obligaciones diversas que pesaban sobre la nación y, finalmente, estableciendo un sistema de contribuciones internas, Hamilton realizó el plan que se había trazado, restauró de una manera brillante el crédito perdido, saneó la moneda depreciada, e inauguró por esos medios una era de prosperidad comercial. Sus memorables informes sobre materias fiscales son hoy clásicos en la literatura económica de los Estados Unidos y objeto permanente de análisis y de estudio por parte de la juventud americana. Ellos figuran con razón, después de la declaración de la independencia y de la constitución, en ese vade-mecum del ciudadano, publicado bajo el título de Select Documents of United States History. En su segundo informe sobre el crédito público, Hamilton proyectó el establecimiento del excise o la contribución interna. «Mostró,—dice Cabot Lodge,—que podían hacerse algunas adiciones a los impuestos, pero ellas eran insuficientes y fué necesario obtener rentas en otra parte. La teoría general de Hamilton era recurrir lo menos que fuera posible al impuesto directo y levantar toda la renta compatible con una percepción segura, gravando los artículos de lujo. Habiendo llevado los derechos de importación hasta un límite que consideró prudente, se fijó naturalmente en la fabricación doméstica de alcoholes como el recurso mejor y más apropiado. Nadie pone en duda hoy que, de acuerdo con los mejores principios de economía política, Hamilton había acertado en su elección y que escogió el artículo más conveniente para la contribución. Siendo esencial la renta, aquella era la menos onerosa para colectar, y el artículo era uno de aquellos que por su naturaleza debería siempre ser gravado primero que todos y hasta el límite que pudiera soportarlo. A la luz de los principios económicos, el impuesto sobre alcoholes, sugerido por Hamilton, no requiere ni explicación ni defensa. La real dificultad era política y no económica». Es inútil detenerse más sobre este asunto. Digamos, sin embargo, antes de terminar, que Hamilton logró vencer todas las resistencias y que su organización, o por mejor decir, fundación del sistema rentístico americano, se completó con la creación de un banco nacional y una casa de moneda.

Penetrando en el terreno de la política el señor Cabot Lodge estudia con sagacidad y noble ecuanimidad de criterio las discusiones que surgieron en el seno del gabinete de Washington y en que tomaron una parte tan prominente Hamilton como leader de los federalistas por un lado y Jefferson como leader de los demócratas por otro. Aquellas organizaciones tan diferentes estaban destinadas fatalmente a chocar. Hamilton nunca fué popular ni simpatizaba con la multitud. Su misma superioridad intelectual lo impulsaba al aislamiento. Bajo el ataque solapado y tortuoso de su adversario, encontró frases hirientes y ofensivas que detuvieron su avance. Por un tiempo, mediante la intervención amistosa de Washington, pareció renacer entre ambos la armonía. Más tarde, la derrota final de su partido y el triunfo de su rival lo hicieron volver a la vida privada y a la práctica de la jurisprudencia. El choque entre el estadista eminente y Aaron Burr, «político bajo, de superficialidad brillante y dotado del talento del conspirador para fraguar intrigas de toda clase», según lo define Cabot Lodge, ilumina el fin de Hamilton con el resplandor rojizo de la tragedia. «Cada uno de los adversarios se preparó para el encuentro a su manera: Burr practicando la pistola en su jardín, Hamilton poniendo en orden los asuntos de sus clientes. A medida que el día fatal se acercaba, Hamilton desplegaba una alegre tranquilidad, digna de un hombre valiente, de carácter firme, y escribió cartas de adiós a su esposa, llenas del más intenso sentimiento y la elocuencia más conmovedora. Burr tomó las precauciones necesarias para la destrucción de cartas comprometedoras de mujeres que había seducido. Se encontraron al fin, en una hermosa mañana de julio, cerca de los bancos del Hudson. Hamilton cayó al primer tiro, mortalmente herido, descargando en el aire su propia pistola. Conducido a su hogar, sobrevivió algunas horas en medio de sufrimientos terribles y murió rodeado de su familia desesperada. Burr se alejó impune, para comprometerse en una traición abortiva, y convertirse en un errante y un proscrito sobre la faz de la tierra.»

Las mismas condiciones que hacen de la biografía de Hamilton una lectura agradable e instructiva, predominan en la de Daniel Webster. Las figuras intelectuales del carácter de la de este eminente estadista y orador, ejercen una atracción irresistible sobre el escritor y el político, que en su propia esfera sigue las huellas de aquellos grandes representantes del genio americano. Entre las cualidades tan distinguidas de Daniel Webster, ninguna tan digna de estudio sincero y respetuoso como su talento envidiable de orador. Es en la arena del parlamento, en medio del choque vibrante del debate político, en los duelos memorables de la palabra, que la figura del tribuno alcanza proporciones gigantescas. El señor Cabot Lodge analiza con especial simpatía esta faz de su héroe. Se ve a través de sus páginas que el crítico está preparado como pocos para comprender y apreciar las excelencias de la figura que modela. Aquel cuadro famoso de la réplica a Hayne, revive en las páginas de Cabot Lodge con todo el colorido y la solemnidad de la histórica escena.

«En medio del silencio de la espera,—dice el crítico,—en aquel silencio muerto que es tan peculiarmente opresivo por ser sólo posible cuando muchos seres humanos se encuentran reunidos juntos, Mr. Webster se levantó. Había permanecido sentado, impaciente e inmóvil, durante todos los días precedentes, mientras la tormenta de la argumentación y de la invectiva batía sobre su frente. Al fin había llegado su hora; y al levantarse y permanecer en pie erguido en todo su tamaño, su grandeza personal y su calma majestuosa impresionaron a todos los que lo miraron. Con perfecto reposo, sin emoción aparente por la atmósfera del sentimiento intenso que lo rodeaba, dijo en un tono bajo e igual: «Señor presidente: Cuando el marino ha sido batido por las olas durante muchos días, en medio de la cerrazón y de un mar desconocido, se aprovecha naturalmente de la primera pausa en la borrasca, de la primera aparición de un rayo de sol, para tomar la latitud y asegurarse hasta dónde los elementos lo han apartado de su derrotero. Imitemos esa prudencia; y antes de flotar más lejos en las ondas de este debate, recordemos el punto de la partida para poder conjeturar por lo menos en dónde nos encontramos. Solicito la lectura de la resolución pendiente ante el senado.»—Aquella frase de entrada era un trozo de arte consumado. La imagen simple y apropiada, la voz apagada, el continente tranquilo, calmaban la excitación tirante de la audiencia que hubiera podido concluir por desconcertar al orador si se hubiera prolongado. Todos sintieron un alivio; y cuando cesó la lectura monótona de la resolución, Mr. Webster era dueño de la situación y tenía bajo su control al auditorio. Sus oyentes lo siguieron conteniendo el aliento a medida que prosiguió. Las fuertes sentencias viriles, el sarcasmo, la elocuencia, el raciocinio, los ardientes llamamientos al amor del estado y del país, fluyeron sin interrupción. A medida que sus sentimientos se caldeaban, la llama brillaba en sus ojos; sus atezadas mejillas estaban ligeramente encendidas; su fuerte brazo derecho parecía barrer delante de sí la falange entera de sus opositores, y las profundas y melodiosas cadencias de su voz, resonaban como notas armoniosas de un órgano al llenar la cámara con su música. Las últimas palabras expiraron en el silencio; los que habían escuchado se miraron maravillados los unos a los otros, conscientes de que acababan de escuchar una de esas grandes oraciones que son como piedras miliarias en la historia de la elocuencia; y los hombres del norte y de Nueva Inglaterra se separaron llenos del orgullo de la victoria, pues su campeón había triunfado y abrigaban la seguridad de que el mundo entero comprendía que sus palabras no tenían respuesta.»

Penetrando en el análisis frío de las condiciones que hicieron de Webster el primer orador americano de su época y uno de los más grandes de la humanidad, exhibe el señor Cabot Lodge su sagacidad crítica y el estudio especial consagrado a esta faz de su asunto. Sus reflexiones en esta parte de la biografía de Webster son excelentes. Ellas encierran en una forma concisa, una definición de la oratoria moderna y en este sentido merecen transcribirse porque dan una idea clara del método y estilo de su autor. «Un análisis de la réplica a Hayne,—dice el señor Cabot Lodge,—nos facilita todas las condiciones necesarias para tener idea correcta de la elocuencia de Mr. Webster, de sus rasgos característicos y de su valor. La escuela ática de la oratoria subordinó la forma al pensamiento, para evitar el derroche de la ornamentación, y triunfó sobre la práctica más florida de los llamados «asiáticos». Roma dió la palma al aticismo y la oratoria moderna ha ido aún más lejos de la misma dirección, hasta que su cualidad predominante ha sido la de hacer llamamientos sostenidos al entendimiento. Las condiciones esenciales de la oratoria moderna son la vigilancia lógica y la larga cadena del raciocinio, desdeñada por los antiguos. Muchos hombres distinguidos han obtenido éxito por esas condiciones como oradores fuertes y convincentes. Pero la gran elocuencia de los tiempos modernos se distingue por explosiones de sentimiento, de imágenes o de invectivas unidas a la argumentación perfecta. Esta combinación es rara y cuando encontramos un hombre que la posee, podemos estar seguros que en grado mayor o menor él es uno de los grandes maestros de la elocuencia, tal como nosotros la entendemos. Los nombres de los que en medio del debate, o en las luchas del jurado o en la práctica diaria, se han mostrado fuertes y eficaces, estremeciendo y haciendo vibrar a grandes masas de hombres, fácilmente ocurren a nuestra memoria. A esta clase pertenecen Chatham y Burke, Fox, Sheridan y Erskine, Mirabeau y Vergniaud, Patrick Henry y Daniel Webster. Mr. Webster, naturalmente, era esencialmente moderno en su oratoria. Confiaba principalmente en el llamamiento sostenido al entendimiento y fué un ejemplo conspicuo del carácter profético que el cristianismo, y con especialidad el protestantismo, ha dado a la elocuencia moderna. Al mismo tiempo, Mr. Webster era en ciertos respectos más clásico y se acercaba más a los modelos de la antigüedad que cualquiera de los que hemos mencionado como pertenecientes a la misma clase elevada. Estaba acostumbrado a derramar la copiosa corriente de observaciones sencillas e inteligibles, y cedía con agrado a esa inclinación a herir el sentimiento, la memoria y el interés que lord Brougham considera característica de la oratoria antigua. Se ha dicho que mientras Demóstenes era un escultor, Burke era un pintor, Mr. Webster participaba distintamente del primero más que del último. Raras veces amplificaba o modificaba una imagen, una descripción y en esto seguía al griego más que al inglés. El doctor Francis Lieber, escribe: «Para probar la oratoria de Webster, que ha tenido siempre grandes atracciones para mí, leo una parte de mis discursos favoritos de Demóstenes, y luego, siempre en voz alta, trozos de Webster; luego vuelvo al ateniense, y Webster resiste la prueba.» Fuera del gran cumplimiento que esto encierra, aquella comparación es muy interesante, pues muestra la semejanza que existe entre Mr. Webster y el orador griego, e indica que entre él y el ateniense son más los puntos de contacto que las diferencias inevitables nacidas de la raza y de la época. Sin embargo, no hay indicaciones de que Webster estudiara jamás los antiguos modelos o tratara de imitarlos.»

Los ensayos literarios y políticos de Mr. Cabot Lodge, ocupan varios volúmenes de una lectura tan interesante como variada. Uno de ellos, publicado en 1885, se titula Studies in History. Los Historical and Political Essays, pertenecen al mismo género de trabajos; y finalmente Certain accepted Heroes and other essays completan la serie de artículos consagrados a diversos temas, cada uno de los cuales atrae por algún motivo la atención del lector y muestra la fecundidad de ingenio del publicista americano. No hay tal vez lectura más atrayente que la de este género, especialmente inglés, que ha hecho la reputación de Macaulay en Inglaterra y que en Francia fué cultivado con tanto éxito por Sainte Beuve. El escritor de quien nos ocupamos carece del brillo imaginativo, de la rapidez y de la profusión del primero y está lejos de la pureza de líneas y delicadeza de matices que caracteriza la prosa labrada y pulida del segundo. Sus rasgos distintivos son la independencia de juicio y la firmeza de las convicciones. Huye de las medias tintas y de las vaguedades y todas sus opiniones son expresadas en una forma enérgica y cortante. En realidad, parece que el señor Cabot Lodge en algunos asuntos duda demasiado poco. El peligro de los entusiastas y de los hombres de partido es caer en el fanatismo o en el dogmatismo, igualmente peligrosos para la salud mental. Por otra parte, para los hombres que unen el pensamiento a la acción y que figuran en las filas de un partido político, herederos forzosos de una larga tradición histórica y defensores obligados de ella, es muy difícil emanciparse de las influencias que actúan sobre su espíritu y dejar de teñir sus juicios con las preocupaciones de la actualidad. Las obras de estos escritores militantes, en cambio, tienen un encanto especial para el que busca en ellas las palpitaciones de la vida y trata de desentrañar de su lectura la filosofía de una época y las peculiaridades de un escritor. El señor Cabot Lodge ha llegado a la madurez en momentos en que una gran parte de los hombres políticos americanos sentían una recrudescencia de nativismo o nacionalismo y en que la antigua madre patria era convertida en macho cabrío propiciatorio destinado a cargar en sus anchas espaldas todos los pecados y recriminaciones de su raza.

No es extraño que en estas circunstancias, en todos los escritos del distinguido publicista, se note una reacción vigorosa contra lo que él llama «Colonialismo», refiriéndose a la influencia moral y política ejercida por la Inglaterra sobre el genio de América. El señor Cabot Lodge quiere borrar esa influencia, no solamente en la política interna y externa, sino en la administración fiscal, en el desarrollo económico del país, en el terreno científico y en el terreno literario. La dependencia intelectual de América en relación con Inglaterra señalada por el profesor Lounsbury en su Vida de Cooper, le parece una desgracia y una humillación. Sus ideales son puramente americanos; sus aspiraciones, hacer de la tierra de su nacimiento la más grande y poderosa de las naciones del globo; infundirle un carácter propio; dotarla de un arte propio; no deber nada al extranjero ni imitar nada del extranjero y especialmente nada de Inglaterra. Hasta la sensibilidad ante el juicio extraño le parece deprimente y se subleva contra ella. «La sensibilidad por la opinión extranjera—dice en los Studies in History,—que ha sido uno de los rasgos marcados de nuestra condición mental antes de la guerra de secesión, ha desaparecido. Se ha desvanecido en el humo de la batalla, como el espíritu colonial desapareció de nuestra política en la guerra de 1812. Ingleses y franceses han entrado y salido, han escrito sus impresiones a nuestro respecto y hecho pequeños salpicones en la corriente de los tópicos diarios, siendo olvidados después. Precisamente ahora es la moda de todo inglés que visita este país, particularmente si es hombre de importancia, al volver a su tierra decir al mundo lo que piensa de nosotros. Alguno de esos escritores lo hacen sin tomarse siquiera el trabajo de venir aquí primero. Algunas veces leemos por curiosidad lo que dicen. Aceptamos lo verídico, desagradable o no, filosóficamente, y sonreímos de lo que es falso. El sentimiento general es de absoluta indiferencia. No encontramos la salvación y la felicidad en la opinión extranjera favorable, ni nos entristece la adversa. El espíritu colonial en esta dirección está también prácticamente extinguido.»

Con un criterio conformado de esa manera, no es de extrañar que los temas tratados en los ensayos del señor Cabot Lodge se refieran, casi siempre, a hombres, instituciones y episodios históricos americanos. Esto mismo hace la lectura de sus escritos sumamente agradable para un extranjero que quiera ver cuáles son los principios e ideas dominantes en los hombres de la generación actual americana que más directamente influyen en el destino de la nación. Por sus vinculaciones partidistas y por su figuración especial, aparte de su propio mérito intelectual, el señor Cabot Lodge está en mejores condiciones que nadie para facilitar este estudio al observador imparcial. En realidad, él sigue tan fielmente los consejos a que nos referimos al principio de estas páginas, él es un hombre que está en armonía tan perfecta con su época, que sus escritos derivan como pocos en la corriente de la actualidad y reflejan como ninguno los cambios producidos en las opiniones del pueblo americano.