Nada más característico a este respecto que lo que pasa en referencia con la política exterior. El señor Cabot Lodge consagra a este tema uno de los estudios más vigorosos de Certain accepted Heroes and other essays. Escrito ese ensayo en momentos en que las relaciones con Inglaterra pasaban por un momento difícil, él está imbuido en un espíritu poco cordial hacia aquella nación. El señor Cabot Lodge señala la avidez con que impulsadas por condiciones económicas en cuyos detalles es inútil entrar, las naciones del viejo mundo se han lanzado a apoderarse y dividirse el Africa y las islas de Oceanía. Mientras estas adquisiciones no cruzaban los planes o intereses americanos, el señor Cabot Lodge no veía razón para oponerse a ellas. Cuando aquel apetito territorial se aproximó a las fronteras de este país y a la esfera de influencia que legítimamente le corresponde, la cuestión varió de aspecto. La política de expansión europea obligó a los Estados Unidos a garantizar el futuro, salvando por lo menos una parte de los territorios sobre los cuales no se había extendido aún la mano codiciosa de las grandes potencias. Así explica el distinguido publicista la ocupación de una parte de Samoa y la anexión del Hauaii. Como aquellas páginas fueron escritas antes de la última guerra, naturalmente ellas no se refieren al dominio colonial recientemente adquirido, obedeciendo tal vez a los mismos principios de propia defensa.

Al ocuparse especialmente del incidente de Venezuela, el señor Cabot Lodge señala los peligros que entrañaba para el futuro de este país permitir que una nación europea se apoderara por la fuerza de cualquier parte del territorio sudamericano, destruyendo por su base la doctrina de Monroe, y en este sentido aplaude sin vacilaciones el famoso mensaje de Mr. Cleveland. «Inglaterra se sorprendió de él,—dice,—en parte con razón y en parte sin ella. Se sorprendió con razón, porque el embajador americano y los corresponsales americanos de diarios de Londres, en aquel tiempo, la habían engañado respecto a los sentimientos e intenciones de nuestro pueblo. Se sorprendió sin razón, porque había interpretado torcidamente nuestras corteses observaciones hechas durante veinte años sobre el asunto. Los ingleses son inclinados a confundir la civilidad con la servilidad. Estas palabras tienen un sentido análogo, pero existe gran diferencia entre ellas, y fué justamente en eso en lo que consistió el error de Inglaterra. Se expresaron quejas en aquel país y en éste, de que el mensaje de Mr. Cleveland, y especialmente la última cláusula, era áspero y poco diplomático. Era duro, en verdad, pero donde la suavidad fracasó, la aspereza tuvo éxito. Donde las observaciones corteses probaron ineficaces, unas pocas palabras claras arreglaron la materia. Thackeray dice en alguna parte: «Si el pie de un hombre está en su camino y no quiere sacarlo, déle usted un pisotón. Seguramente usted no le será simpático, pero sacará su pie del camino.» Es muy desagradable hacer esas cosas, pero algunas veces es absolutamente necesario. Mr. Cleveland fué duro; el congreso y el pueblo lo sostuvieron y hemos arreglado la cuestión de Venezuela. La doctrina Monroe ha sido vindicada y Sud América no será tratada como África.»

La última obra del señor Cabot Lodge, The Story of the Revolution, fué escrita en ese estado de espíritu y la nota patriótica predomina en el curso de aquella narración lírica y entusiasta. Más que el relato de la revolución, podría llamarse aquel libro el poema de la guerra revolucionaria que empieza en Lexington y termina en Yorktown. El estilo fácil, pintoresco y brillante del señor Cabot Lodge se presta como pocos para una obra de aquel género, que en ciertos momentos recuerda las páginas coloridas de Motley y en otros los apóstrofes deslumbrantes de Burke. Las batallas de la independencia están pintadas en grandes pinceladas, a la manera de los cuadros de Vernet, y producen en el espíritu del lector una impresión intensa que despierta la atención y la mantiene durante el curso de la leyenda emancipadora. Al lado de esas grandes telas, abundan las pinturas de género tales como la descripción de los delegados que en «Carpenter’s Hall» formaron el congreso de Filadelfia. Un soplo guerrero circula por los capítulos de ese libro candente que se diría escrito para inflamar a los soldados que en los momentos de su aparición se disponían a recoger laureles para su bandera en Cuba y en las Filipinas.

Las enseñanzas filosóficas que se desprenden de la guerra de la revolución americana han sido sumariadas por el señor Cabot Lodge en el último capítulo. La ayuda prestada por Inglaterra a los Estados Unidos con motivo de la última campaña, pone pedales en ella al tono ditirámbico de la narración. La antigua enemiga pasa a ser su aliada, aliada complaciente y fácilmente contentable, pues en esta inesperada explosión de fraternidad todas las complacencias hasta hoy pertenecen a la madre patria y ninguna a la hija pródiga, que encuentra muy cómodo y satisfactorio recibir sus caricias maternales. «Menos de hace un año,—dice el señor Cabot Lodge,—debiera haberme detenido aquí, con palabras de sentimiento por no haber aprendido Inglaterra la lección de la revolución americana, en la parte que a los Estados Unidos concierne, y con la expresión de la más sincera esperanza de que el aprendizaje de su significado no habría de demorarse mucho más. Ahora ya no es posible detenerse aquí. Los acontecimientos han demostrado que la lección de la revolución ha sido por fin comprendida, y que todo lo que se ha dicho sobre la facilidad con la cual los Estados Unidos pueden obtener la amistad de Inglaterra, está más que justificado. No podía ser de otro modo, toda vez que se empleaban razonables métodos; la amistad entre las dos naciones es natural, no sólo por la lengua común, esperanzas, creencias o ideales, sino por los lazos mucho más fuertes de intereses positivos, mientras que la enemistad, lejos de ser natural, sólo hubiera podido crearse con esfuerzo.

«Los Estados Unidos se lanzaron a la guerra con España. Ahora se ve fácilmente que el conflicto era inevitable... El despotismo colonial español y el gobierno libre de los Estados Unidos no podían existir por más tiempo uno al lado del otro. El conflicto que se ha evitado durante un siglo era tan inexorable como entre la esclavitud y la libertad. La guerra vino ahora en lugar de venir más tarde, eso es todo. Una vez envueltos en ella, los Estados Unidos ni necesitaron ni desearon la ayuda de nadie. Pero las naciones como los individuos, aprecian la simpatía. En los pueblos del continente encontramos neutralidad, pero también críticas, ataques y toda clase de manifestaciones de disgusto en grado mayor o menor... De parte de Alemania notamos una hostilidad apenas velada... Pero del pueblo inglés vino, por otra parte, una simpatía espontánea y el gobierno mostró que aquellos sentimientos populares eran compartidos por sus leaders. Eso fué todo lo que necesitaba, todo lo que antes necesitó. No importa la causa, el hecho estaba allí. La lección de la revolución americana era clara al fin y la actitud de simpatía, la política que pudo haber prevenido la revolución, al fin se daba a la gran nación brotada de las colonias que Washington condujo a la independencia. Cómo América ha respondido a la simpatía de la Inglaterra, todos lo sabemos, tal vez mejor en los Estados Unidos que en cualquier otra parte. La comunidad de simpatía e interés hará más fuerte la amistad de los dos países que la que todos los tratados podrían conseguirlo. Las barreras artificiales han caído y los hombres de buena voluntad a ambos lados del Atlántico, deben esforzarse en probar que no es un fácil optimismo el que cree ahora que la amistad propuesta tan largo tiempo y tan llena de promesas para la humanidad y la civilización, será duradera. Los millones de hombres que hablan la lengua inglesa en todas partes del globo, verán seguramente ahora que una vez unidos, podrá decirse, como Shakespeare dijo hace trescientos años: «Acudan los tres extremos del mundo en armas, y los rechazaremos.»

Con este abrazo de reconciliación y este grito de legítimo orgullo termina el relato de la epopeya revolucionaria nacional americana, escrita por el señor Cabot Lodge. Su situación política y la justa autoridad intelectual de que goza, dan a sus palabras un significado de que carecerían las de un simple literato profesional. Ellas han sido acogidas por eso como una revelación elocuente del cambio producido en gran parte de la opinión pública de este país y que tiende a la unión íntima de las dos grandes ramas de la familia anglosajona.

ÍNDICE

Págs.
[Martín García Mérou.][4]
[Martín García Mérou, por Eugenio Díaz Romero.][7]
[I.—Impresiones de Boston.][21]
[II.—De paso por Chicago.][37]
[III.—En Saint-Louis.][53]
[IV.—Una visita a Amherst.][63]
[V.—Viajeros en Sud América.][81]
[VI.—Temas de verano.][99]
[VII.—Un poco de filosofía política.][113]
[VIII.—Gobierno municipal americano.][129]
[IX.—El Congreso.][167]
[X.—Maravillas de la piscicultura.][197]
[XI.—John Hay.][213]
[XII.—“American ideals”.][247]
[XIII.—David Ames Wells.][267]
[XIV.—Un Christmas sombrío.][281]
[XV.—Henry Cabot Lodge.][295]

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Nota